Tres años de amor de verano

Llegaste en un paquete raro de más allá de Los Alpes, 1996, con el bárbaro salvaje Micky y el pequeño Coco cubierto de miel, tan dulce y bonito. Cara de niño, parecer callado, todavía dibujabas sirenas en la playa cuando te encontramos, seguro que leyendo ya a Sartre hasta las tantas en cualquier rincón de Montpellier, perdiéndote en el Fabre con un walkman y cualquier mierda extraña sonando. Tú, que fuiste la apuesta de Toshack -mito galés, profeta en Donosti, coruñés fallido-, una de tantas, que te trajo a tus 23, ya capitán en las inferiores de Francia, ya tan extraño, ya tan ansioso por deambular sin rumbo en las noches de La Corogne. Mira el francés cómo galopa la banda, cómo su centro toma la rosca y muerde tenso, cómo retorna atusándose el pelo, pasando de todo quisqui. Con Silva, Corral y los brasucas ya te habías comido a Nando. Eras el puto ídolo, Jérôme. El amor de la grada. Y, de repente, la chispa que encendía tus demonios. Antisocial, malvado rostro de galán francés, oscuro Vincent Gallo en Tetro. Pero tu canción seguía sonando. General clamaba por ti. Todos los niños clamábamos por ti.

“Aquello que viene al mundo para no perturbar nada no merece ni consideraciones ni paciencia”, René Char, poeta parisino.

No lo viste mientras hacías el amor con los chicles en el banquillo, Jabo. No viste que venía a corromper para siempre la banda izquierda, que nada más había que ponerlo hasta arriba de morfina, nada más que mamadas diarias y chococrispis para desayunar. No lo viste, no querías verlo, lo que él merecía. Preferiste la simpleza, lo plano, lo laxo. Tenías la curva y los picos, la clase y el talento, el aforismo irreductible, el temperamento de un rebelde. Teníamos a Jérôme y nos lo arrebataste, pasaste de paciencias y cuidados. ¿Para qué otro gallo en el corral? Ya sudabas frío con Feitosa y Noureddine apareciendo en tu cama del Tryp todas la noches, moviendo las cortinas y tirando la foto de tu familia al suelo, descolocándote los cromos de ciclistas. Miraste para otro lado. Vete lejos, le dijiste todas las semanas, enjaulando a la fiera. Vete lejos, no quiero más tijeras, que no quiero que también a mí me rompas la nariz.

Así cedió Iruretagoyena, camelado por el víbora Romero, jerezano de izquierda suave y falsa sonrisa. Te mandaron al matadero los dos y levantaste el vuelo orgulloso para volver a cantar La Marsellesa camino de Burdeos, dejando posos de poesía y garra, desequilibrio y roturas. Una zurda de encaje, el temperamento de los grandes. Fuego y hielo. Indescifrable mirada, un libro bajo el brazo, ataques de ira. Pequeño demonio solitario, intelectual agresivo, odio repentino, el puto Michael Douglas en un Día de Furia destrozando kinitos de Vilaboa.

Aún te seguimos bancando, cabrón auténtico. Tan intenso como un amor de verano, tan fetiche con manga larga y barba sucia. Un polvo encima del capó de un Renault 5 mirando los barcos muertos de Oza. Bañarse desnudo en Santa Cristina, follar con las estrellas. El último trago a morro, abrazarse a la botella de Jack Daniel’s. Tres años de amor de verano. Fugaz idilio, nos dejaste a medias. Te echaron y te dejamos marchar. Olvídate de todo y busca un heredero. Olvídate de todo y vuelve con nosostros, Bonnissel.

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