Pródigo

Pensábamos que allí solo había plátanos, playas pedregosas, camareros en tanga, yonkis gallegos trabajando en la construcción y matrimonios de mediana edad y media clase dejándose llevar un poco más por la decadencia. Pensábamos que ese sol africano solo podía parir talentosos atacantes de piernas esqueléticamente feas y andares torpemente bellos. O morenos de gimnasio para exportar al Royale y lo que surgiese. Pensábamos. Pensar lleva al error. (Casi) Siempre lleva al error. Un amigo, de visita en su puticlub de confianza (uno de ellos), ya estaba medio empalmado cuando el boss, al verlo aparecer, le dijo que le tenía una maravilla guardada. Se recreó entonces en el whisky asintiendo ilusionado. Por las largas y rojas escaleras enmoquetadas bajó una señora grande, rolliza, con los cuarenta dejados lo suficientemente atrás, pintada como para una guerra y a medio vestir. “Ti es a da limpiesa, ¿non?”, le inquirió sorprendido con palabras mezcladas, valientes y temblorosas, impertinentes y miedosas, entre la decepción, el odio y la desgana.

“NO, YO SOY LA PUTA”, asegura entre risas mi amigo que le espetó con naturalidad la mujer siempre que sacamos al tema. Pensaba en otra clase de maravilla, el pobre infeliz. ¿Quién iba a pensar que un chulo mintiese? ¿O que tuviese mal ojo para las maravillas? ¿Quién no iba a pensar en la inocente dulzura del putero? Por eso es mejor no pensar que de Canarias un portero no podía salir. Cómo va a salir un portero de Canarias. Cómo va a salir un portero de Canarias, si para uno que tuvo el Dépor en curación lo echó, o se fue, o se dejaron ir. Una huida casi tan brusca como cuando me largaron del autobús de donar a sangre a patadas.

Aferrados pues al empirismo de Abegondo y el ojo del César, era imposible que un portero saliese de Canarias. Pensábamos. Y el portero canario del Dépor desapareció por Andalucía buscando sol y gloria y la Primera y la Segunda y nadie sabe qué hizo desde entonces, aunque muchos sostienen que lo hizo bien y trabajó duro y todas esas cosas que se dicen de los que uno no sabe nada, todo eso que se dice y que no vas a comprobar. Mientras, nosotros bajamos, subimos y volvimos a bajar.

Entre tanto, y con un portero riojano porque de La Rioja sí creemos que salen porteros hasta que demuestran lo contrario, fuimos, como ahora, al Calderón del Cholo. El Calderón del Cholo. Ya suena a sadismo de solo decirlo. A fuego, cuero y metal. Madera, clavos y cuerdas. Fustas, sangre y barro. Allí se presentaron Insua y Roderick como dos quinceañeras viendo su primera polla en una peli porno. Pero no era una peli. Sí muy porno. Falcao la sacó y no supieron qué hacer con ella cuando se la restregó por la cara. Nos empotró el Cholismo luego de atarnos a la cama por si se nos ocurría movernos o, peor aún, salir corriendo, que alguno lo hubiese intentado. Nos reventó y volvimos desangrados, si es que volvimos. Se fraguó de nuevo la B en el Calderón del Cholo. Al Cholo lo cabalgas o el Cholo te rompe, dicen. Lobo hambriento, huele el miedo y la carne. No sé quién dice. No sé quién lo cabalgó. “Uno está lleno de dudas. Yo tengo dudas en todo”, decía Arsenio.

Bajamos, pues. Cómo no íbamos a bajar si lo único que queríamos era subir. Llegó entonces, como para hacer bulto, como para que Lux tuviese pinche en los asados, un portero que decía ser canario y, además, portero. Decía, también, ser el mismo que pegó un portazo (sin ruido) al salir. Entre las mechas traía historias del Betis y el Recre y que si una transfusión de caldo que se había hecho en Vimianzo y no sé qué más, pero nadie le hizo caso. Solo le creímos que era él. Le creímos a sabiendas de que de Canarias un portero no podía salir. Le creímos a sabiendas de que nos resultaba lo suficientemente agradable para sentarse en un banquillo y no molestar. Muchos, escépticos, insistían que no, que no era el mismo. Que no podía serlo. Pero, coño, lo parecía. Cómo no íbamos a creerle si en Canarias no salían porteros y éste era el único que ya conocíamos. Decía ser Fabricio. Tenía que ser Fabricio.

Después de bajar subimos, claro, que para eso habíamos ido. Y esta semana volvemos al Calderón sin portero riojano, ni argentino, y llenos de dudas. Dudas y más dudas. Entre tantas, porque tenemos un canario que no ha encajado en cuatro de los últimos cinco, que dice no sé qué web de estadísticas que es el portero más en forma de Europa y es probable que cualquier día lo veamos tirando besos por el Paseo Marítimo subido a una carroza, estrella de rock. Dudamos porque de Canarias no podía salir un portero. Pensábamos.

El chico para, grita, tiene un par de huevos para salir, parece que le falta un hervor y se está comiendo la portería y lo que se lo pone por delante. Estamos seguros de que el mismo no es. Ahí no dudamos. No descartamos que sea un impostor huido de alguna clase de justicia o régimen que prepare porteros de nivel en cualquier búnker secreto con porterías y máquinas escupe pelotas, pero no puede ser aquel tal Fabricio Agosto. No puede ser aquél que echaron, o se fue, o se dejaron ir. Ése que volvió una vez descendidos. No, no. Estamos seguros de que el mismo no es.

Pensábamos que allí en Canarias podía haber muchas cosas, pero no un portero. Pensábamos. Se equivoca mucho uno cuando piensa. Ahora sabemos, ahora no pensamos. Sabemos que los hay. Al menos uno. El nuestro. El que portará la bandera si es que vamos a cabalgar sobre el cholismo en el Calderón.

I’m not afraid anymore

Un descampado que antes era un estadio de barrio y gambeta, o bien podía haberlo sido, arrojaba ahora litronas y jeringas a la calle, con los yonkis gritando todas las alineaciones del Hércules desde los años 70 y escupiendo al suelo después de cada cigarro. El sol mediterráneo martilleaba con dulzura mentirosa, los coches volaban por el polígono y las almas en cien metros a la redonda cabrían en el Renault 5 que se pudría entre la tierra arenosa del solar. Maleta sobre la cama, cortinas descorridas, Borjita miraba por la ventana del hotel con un zumo de naranja en la mano y se tocaba la rodilla.

Pero Borjita ya no tiene miedo. Lo tiene su padre y su madre, sus tíos y abuelos. Pero él no. Su rodilla crujiendo ya no se le aparece en sueños, ya no le impide dormir pensando en goles sin ruido y batallas de área. Porque a Borjita le gusta luchar, se divierte en el fango. “No me vengas con tus historias de perroviejo”, desafía al central. Luego se faja, reparte y pone el corpachón, se revuelve y se gira; lucha canaria, rey de las nenas. La gana con soltura. O la pierde entre trompicones. Le da igual. Se desfoga. Ya vendrá otra. Y otra más. No cesa. “Cansino de los cojones”, y le tiran del pantalón, le agarran de la camiseta, le muerden el cuello. En la siguiente, asesino a sueldo silencioso, define con elegancia. Paquete entregado y pone esa sonrisita del redimido, del que vuelve a disfrutar. Del que recuerda cuando era joven y sentaba a los que ahora son joyitas, cuando era joven y goleaba más que nadie. Dos en Sabadell, dos en Alicante; poco a poco.

Su padre, que se acordaba de una cosa rara que había visto en un cine de Burgos, no le dejó ser portero, le enseñó los trucos y lo sentó frente a una pantalla para ponerle el gol en la cabeza desde los 10 hasta los 15. Párpados abiertos, pelotas a la jaula y remates imposibles, una frase semi distorsionada grabada por el viejo en un radiocassette de esos de altavoces incorporados y potencia descontrolada. “Si estás en el área y no sabes lo que hacer con la pelota, métela en la red y luego ya discutiremos las opciones”, retumbaba por toda la habitación. Shankly en bucle, Kubrick y Van Basten, la sugestión bastoniana del gol. Pasan los años, los tantos y el niño se rompe, pero el niño ríe ahora porque golea de nuevo y es lo único que lo hace cambiar el gesto.

Porque Borjita ya no tiene miedo, escupe confianza. Llegó estando de vacaciones en Marín, acostumbrado a los vaivenes gallegos, y se fue de ruta con brillo en los ojos, con la extraña sensación de que ya era coruñés. Vio las palmeras de Riazor, el sol inagotable de un verano preparado para él y las pijas guapas de compras por la Plaza de Lugo; le molaron las americanas en el aperitivo en la calle de la Estrella, la bravura del mar y hasta la decrepitud de la Calle Real. “Yo quiero esta mierda, cancela con Setién”, y se tiró en la habitación del Tryp bañándose en los plumones de las almohadas, tirando Riskettos al aire y olvidándose de su rodilla. Maldita rodilla.

Borjita aún es del Atlético, el cholismo se la pone dura y tiene un acento medio madrileño, medio extraño, de aquí y de allá, con su voz pausada y suave, su voz ligera. Necesita un año. Uno de batallas, desmarques y pases de Juan Carlos, de Riazor lleno y lluvia Atlántica, de aire de las Esclavas y niñas guapas; un año de pulpo y highlights de Tristán, Makaay y Bebeto por las noches. Un año, dos, de ruedas de prensa de Arsenio y SúperDépor en vena. Un año de sugestión blanquiazul. UN AÑO DE GOLES. Crece pausado, goleador; crece pausado que a nuestro lado jamás volverás a tener miedo. Sonríe, you’re not afraid anymore.

(Dra)Culio entre líneas

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El vampiro que está entre nosotros tiene como persona más fuerza que veinte hombres; su astucia es muy superior a la de los mortales, porque es una astucia que va creciendo con los siglos; tiene la ayuda de la nigromancia que es, como implica la etimología de la palabra, la adivinación por la muerte, y todos los muertos a los que pueda acercarse están a sus órdenes; es una bestia, más que una bestia; de una crueldad demoníaca y carece de corazón; puede, sin limitaciones, aparecer a su voluntad donde y cuando quiera, y en cualquiera de las formas que elija. Puede, en su área de acción, dirigir los elementos: la tormenta, la niebla, el trueno; tiene poder sobre las cosas más repugnantes: la rata, la lechuza y el murciélago, la polilla y el zorro, y el lobo; puede crecer o reducir su tamaño y puede, en ocasiones, desvanecerse y aparecer sin ser visto. No habría creído hasta que llegó el momento en que los hechos golpeaban en mi oído: “¡Míralo! ¡Míralo! Lo probamos, lo estamos probando”

*Extractos de ‘Drácula’, de Bram Stoker.

Vení, vení…

…cantá conmigo, que un amigo vas a encontrar, que de la mano del Emmanuel, ¡toda la vuelta vamos a dar! Vení, vení…

12 minutos y ya Riazor preparando la liturgia que se viene, temblando frío al evocar a Djalma por un instante, sudando cuando te disfrazaste de Scaloni en la primera que armaste. Los cuellos de tu capa, Draculio de los Cárpatos y la Mercedes. Droga dura, todos puestos en tres golpeos y varios desafíos. Gilvicentianos persiguiéndote con antorchas y tú enfrentando, escupiendo en el suelo, sacando el revólver, pistolero. Butch Cassidy and the Sundance Kid, Nueva York-Buenos Aires-La Coruña. Argentino canchero, te extrañábamos. Incluso si solo eres cancherito, incluso si solo te revuelves y giras el rostro con sangre en la mirada. Incluso si solo es para llegar a nosotros; necesitamos tanto cariño, joder.

Extrañábamos una zurdita como la tuya, porteño exiliado, tenaz buscavidas; soldado de fortuna, siempre en tu camino hacia el oeste, llegaste a la esquina para ponerte en pausa y sacarnos el blanquiazul por la garganta.  El cigarro del gol en cada córner, avalanchas sin verja, salto de altura y todos locos; garimba caliente, abrazos extraños y gritos silenciados bajo el fulgor de la barra. Necesitamos tanto cariño, joder, que tan solo unas palabras bastaran para sanarnos. “Voy a morir por esta camiseta”. Aunque lo pienses, aunque no, porque lo harás. Porque ya nos lo mostraste en el teaser, Juan Emmanuel de Todos los Santos.

Tú, que te cansaste de vagar por la Turquía mediterránea con una mochila a cuestas, llenándote de tierra y pastelitos de pistacho, dándole patadas a las piedras, harto de cordero y vasijas de yogur. Ven a nosotros redimido, revivido, Culio. Ven a la curva de Marathon, canta con nosotros, levanta los brazos, ponla teleridigida, que baje con Diazepan. Siniestra mentirosa, caderas de swing, gravedad en los pies. Cambia el Besiktas por el Mallorca oltriano-suicida, cambia el Bósforo por Riazor, ven al Mar de Plata de invierno. Tirá un túnel, escondela, burrealo. Pisalo mamón.

Con tu gesto desafiante, tu cara de Apache, esa garra en las piernas, el potrero en el corazón. Sácate las botas, juega descalzo en el Orzán, deja que el Atlántico te muerda la piel. Ternera gallega y Lux en la parrilla, los dos comiéndoos un vestuario que necesita de vuestros colmillos. “Somos el Dépor, no vale con ser terceros o cuartos”. A muerte con tu mierda, al cielo con tu zurda.

Caracolea y dribla, ponlas mejor que el cuate, córtale los rizos y agarra el banderín. Hasta el serbio de andares Frankenstein las mete para dentro, partimos con +10 con tus roscas de acordeón. Tobillos blindados, pie de bronce, carácter criollo, Lendoiro con ella fuera otra vez. Saca el codo, zancada larga, golpeo seco, un dedo al marcador. Ya se levantan las bufandas, ya el fuego comenzó.

Vení, vení, cantá conmigo, que un amigo vas a encontrar, que de la mano de Emmanuel Culio, ¡toda la vuelta vamos a dar! Vení, vení…

Tres años de amor de verano

Llegaste en un paquete raro de más allá de Los Alpes, 1996, con el bárbaro salvaje Micky y el pequeño Coco cubierto de miel, tan dulce y bonito. Cara de niño, parecer callado, todavía dibujabas sirenas en la playa cuando te encontramos, seguro que leyendo ya a Sartre hasta las tantas en cualquier rincón de Montpellier, perdiéndote en el Fabre con un walkman y cualquier mierda extraña sonando. Tú, que fuiste la apuesta de Toshack -mito galés, profeta en Donosti, coruñés fallido-, una de tantas, que te trajo a tus 23, ya capitán en las inferiores de Francia, ya tan extraño, ya tan ansioso por deambular sin rumbo en las noches de La Corogne. Mira el francés cómo galopa la banda, cómo su centro toma la rosca y muerde tenso, cómo retorna atusándose el pelo, pasando de todo quisqui. Con Silva, Corral y los brasucas ya te habías comido a Nando. Eras el puto ídolo, Jérôme. El amor de la grada. Y, de repente, la chispa que encendía tus demonios. Antisocial, malvado rostro de galán francés, oscuro Vincent Gallo en Tetro. Pero tu canción seguía sonando. General clamaba por ti. Todos los niños clamábamos por ti.

“Aquello que viene al mundo para no perturbar nada no merece ni consideraciones ni paciencia”, René Char, poeta parisino.

No lo viste mientras hacías el amor con los chicles en el banquillo, Jabo. No viste que venía a corromper para siempre la banda izquierda, que nada más había que ponerlo hasta arriba de morfina, nada más que mamadas diarias y chococrispis para desayunar. No lo viste, no querías verlo, lo que él merecía. Preferiste la simpleza, lo plano, lo laxo. Tenías la curva y los picos, la clase y el talento, el aforismo irreductible, el temperamento de un rebelde. Teníamos a Jérôme y nos lo arrebataste, pasaste de paciencias y cuidados. ¿Para qué otro gallo en el corral? Ya sudabas frío con Feitosa y Noureddine apareciendo en tu cama del Tryp todas la noches, moviendo las cortinas y tirando la foto de tu familia al suelo, descolocándote los cromos de ciclistas. Miraste para otro lado. Vete lejos, le dijiste todas las semanas, enjaulando a la fiera. Vete lejos, no quiero más tijeras, que no quiero que también a mí me rompas la nariz.

Así cedió Iruretagoyena, camelado por el víbora Romero, jerezano de izquierda suave y falsa sonrisa. Te mandaron al matadero los dos y levantaste el vuelo orgulloso para volver a cantar La Marsellesa camino de Burdeos, dejando posos de poesía y garra, desequilibrio y roturas. Una zurda de encaje, el temperamento de los grandes. Fuego y hielo. Indescifrable mirada, un libro bajo el brazo, ataques de ira. Pequeño demonio solitario, intelectual agresivo, odio repentino, el puto Michael Douglas en un Día de Furia destrozando kinitos de Vilaboa.

Aún te seguimos bancando, cabrón auténtico. Tan intenso como un amor de verano, tan fetiche con manga larga y barba sucia. Un polvo encima del capó de un Renault 5 mirando los barcos muertos de Oza. Bañarse desnudo en Santa Cristina, follar con las estrellas. El último trago a morro, abrazarse a la botella de Jack Daniel’s. Tres años de amor de verano. Fugaz idilio, nos dejaste a medias. Te echaron y te dejamos marchar. Olvídate de todo y busca un heredero. Olvídate de todo y vuelve con nosostros, Bonnissel.