Madrid-Dépor, J15

Jornada 15 de la Liga Santander 2016-2017. Sábado 10 de diciembre.

Real Madrid 3 – 2 R.C. Deportivo (Morata, 50; Joselu, 63,65; Mariano, 84; Sergio Ramos, 92)

Hay una película y en esa película está todo. Esa película se llama As I was moving ahead occasionally I saw brief glimpses of beauty y yo creo que en esa película está todo, aunque nunca la he visto entera y seguida porque es casi tan larga como su título o esta frase. Hay una película cuyas imágenes me hipnotizan y me atan a la pantalla porque creo que en ellas está todo, pero luego es que no porque Jonas Mekas me lo niega todo:

I have never been able, really, to figure out where my life begins and where it ends. I have never never been able to figure out what it is all about, what it means. (…) Because I don’t know where any piece of my life really belongs. So let it be, let it go just by pure chance.
Disorder.
There is some coherence, some kind of order in it, order of its own, which I do not really understand, same as I never understood life around me. The real life. Or the real people. I never understood them. I still don’t understand them. And I really don’t want to understand them.

Yo veo tramos de la película y, como decía, lo entiendo todo. Veo una imagen que dice que ESTA ES UNA PELÍCULA POLÍTICA y pienso que sísisisí lo es porque qué es la política sino esta manera de flotar por la vida, esta pasión desatada por la belleza de las cosas que nos gustan sin importar su importancia y esa falta total de conexión temporal entre los hechos y los sentimientos que estos producen. Veo la película y me reconozco proyectado sobre el Dépor en su ligereza y en su profundidad, ¡y en su política! Me veo y me reconozco el sábado, saltando y corriendo por mi casa tras ese minuto y medio mágico en el que le dimos la vuelta a un partido en el Bernabéu.

Os pongo en situación con retazos de mi sábado. Yo preparando con prisas la cena navideña con mi grupo de amigos. Yo indudablemente ilusionado porque, como el año pasado en el Camp Nou, jugamos antes de que estos se vayan a Japón al Mundial del Clubes y les importará un huevo el partido. Yo quemando parcialmente la cena porque joder balón al palo. Yo levantándome de la mesa con cierta frecuencia ante los cambios de tono de Carlos Martínez. Yo nervioso y tremendamente ausente de lo que sucedía en aquella mesa. Yo saltando y gritando los goles de Joselu. Yo golpeando cosas tras el empate. Yo insultando gravemente a árbitro, futbolistas del real de madrid y a mis familiares aficionados a ese equipo tras el gol en el descuento. Yo disfrutando con cierto orgullo de la noche posterior porque es lo que, sin duda, hubiera hecho Florin Andone.

Revivo el partido en diferido y nada es otra vez lo mismo porque ya ha sucedido. Veo a un Madrid superior y a un Dépor digno, agarrado a los arrebatos de locura del rumano de Pastoriza. Al final, la dignidad es todo aquello a lo que puedes aspirar mientras esperas por esos breves momentos de belleza, esos destellos de que todo tiene sentido. Al final, otra vez, está todo condensado en esos 2 minutos, pero también en los 90. Y en los otros 90 minutos de la derrota del juvenil contra el Vigo o en los de la derrota del femenino en Oviedo. Sale todo mal en el fin de semana, pero da igual porque la derrota da igual si consigues sufrirla. El fin es vivirlo, como dice nuestro amigo Oliva y, queramos o no, Garitano y Andone y Çolak y Borges y Babel y toda esa gente están consiguiendo que los miremos otra vez y les digamos: lo estamos viviendo con vosotros, se nos quema la cena, pero no nos falléis porque somos vosotros.

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Creerse la copa

Suena la radio. Abres la web del marca. Sintonizas algún canal en la televisión. Inicias sesión en tu cuenta de tuiter. Un mensaje en whatsapp. Un artículo en pocket. Escucha.

“una oportunidad para los no habituales, rotaciones, dar descanso involucrar a jugadores que no han tenido minutos, rotaciones rotaciones, coger confianza, rotaciones rotaciones rotaciones”

No, nonononono, NONONO. No, mira, no. No. La copa del rey, con su formato opresivo, inhumano. La copa del rey y sus nulas esperanzas de victoria final, de trofeo, de final, de celebración. La copa del rey, en la que ganas un par de rondas y te acabas ilusionando para nada, porque para qué si no la vamos a ganar. No, mira, no. No.

Niego categóricamente. Lo niego todo. Bueno, no niego el formato, cuya única virtud es ser una cruel representación metafórica de las teorías de la opresión. Los humildes pelean en el barro hasta que los supervivientes elegidos tienen el honor de ser pisoteados por los gigantes recibiendo lametones de compasión desde los medios, intentando una gesta que (ya) no puede ser. Intentando morir con honor, pues a poco más se aspira. Pero, ¿y qué es si no evitar el descenso/luchar por Europa/tener una temporada tranquila?

Empecemos aquí con las negaciones. No hagáis caso, por más que os lo digan, porque la copa no son dos partidos amistosos colocados al principio del invierno, haciendo de puente entre la época de los parones constantes para los partidos internacionales y el sprint de enero, mercado mediante (dicen que suenan Luis Alberto, Klasnic y Acciari). Nunca fue eso. La copa conecta con lo más primitivo de la competición y, aunque sólo sea por eso, debería ser respetada. Dos rivales y un rato -180 minutos e igual nos gustarían solo 90, pero qué más da- para eliminarse mutuamente. Apenas cuentan las dinámicas, apenas cuentan los cálculos estratégicos a medio plazo, los objetivos, las evaluaciones y los DAFOS. No puedes hacer un GANTT de la copa, no hay milestones intermedios ni deadlines a cumplir. No hay plazos, no hay equipos de trabajo ni horas extra. Es aquí y ahora. La competición y sus cositas, sales a ganar o a empatar o a pillar una contra y a ver pero nunca nunca nunca sales porque estás obligado a ello. Eso es competir.

Quedará en el debe, escrito en letras mayúsculas, de Víctor Sánchez del Amo lo que hicimos el año pasado contra el Mirandés. Aquel día en el que un gran equipo que en una mala racha dio por cerrada la temporada saliendo a Riazor porque no quedaba otra opción. No sabemos lo que quedará en el de Gaizka, pero el partido de Sevilla no augura nada bueno.

Si no nos creemos la copa, con su crudeza competitiva y sus idas y vueltas y su afortunada ausencia de control y orden. Si no nos creemos la copa y la embadurnamos también de asqueroso cinismo posibilista. SI NO NOS CREEMOS LA COPA, yo ya no sé ni para qué seguimos el fútbol. No sé vosotros, pero yo tampoco estoy en la vida como para andar tirando a la basura posibilidades como las de pasar un par de rondas de una competición cualquiera. Imagínate si pudiera jugar (¡si tuviera acceso a!) la putísima copa del rey.

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Vigo – Dépor, J9

Jornada 9 de la Liga BBVA 2016-2017. Domingo 23 de octubre.

R.C. Celta 4 – 1 R.C. Deportivo (Hugo Mallo, 32; Aspas, 60(pen), 83; Orellana,78; Albentosa, 37)

“Un símbolo contiene en sí mismo un significado definido, una fórmula intelectual determinada, mientras que la imagen es una metáfora”, Andrei Tarkovski, 1976.

Aceptemos que la derrota está en el símbolo. Es cierto, hay números y sensaciones e intención estratégica y moral y resultados y técnica. Pero no, eso no es nada. La derrota siempre está en el símbolo y este partido llevábamos más de tres años perdiéndolo. Para alguien como yo, veintitantos años de deportivismo, lo del domingo pasado fue la (durísima) confirmación de nuestra primera derrota.

El 1 de junio de 2013, un gol de Natxo Insa nos mandaba de vuelta a Segunda División. La imagen, ¡entonces imagen!, fue la de Aspas recortando a Colotto para poner el pase de gol. Este hecho se encargan de recordárnoslo ellos machaconamente desde la grada de Balaídos con un ritmo copiado de la sección de noticias curiosas del telediario y una métrica paupérrima. Este hecho nos hemos encargado de maquillarlo nosotros durante este tiempo, equilibrando la balanza con muy meritorias y a veces incluso bellísimas victorias parciales, pero sobre todo con esa mezcla de ingenuidad y desprecio hacia todo lo que viene del Sur.

Pero ya no. Al contrario que en 2013, al contrario que el día de Aspas y Colotto, hay una cierta intencionalidad subyacente en lo que pasó el domingo. Por primera vez, lo ocurrido sobre el campo obedecía al discurso extremista del irredentismo vigués. Y no tanto por el juego, ramplón por parte de los dos equipos, sino por la sensación de dominio del discurso que precedía al partido, alineaciones y planes de juego mediante, y sobre todo por la que lo sucedió. El entrenador, nuestro entrenador, reconoció a posteriori con una naturalidad impropia del tenebroso lugar en el que se encontraba la aparentemente evidente superioridad del rival, superioridad que le pagan por disimular. Y lo hizo para justificar una derrota que nunca tuvo que llegar de esta manera, pero que al mismo tiempo acabó pareciendo inevitable.

La hegemonía es suya, se la han ganado y nos la han arrebatado a fuerza de hacer las cositas bien, mientras nosotros nos mantenemos en pie a duras penas sobre una fe que se extingue. Nos la han arrebatado en un partido malo, suyo y nuestro, repleto de desaciertos y sobre el que poco hay que contar. Gaizka, en cuya figura vimos a un irredento gudari pero que cada vez se parece más al Borja Pérez de Basauri, salió a jugarles directo. El equipo compitió con acierto en un partido igualado hasta que se volvió loco tras verse por detrás en el marcador. Entonces, alguien decidió regalar el partido al rival colocando a la línea defensiva más lenta del mundo a no menos de cuatrocientos metros de distancia de un portero que juega agarrado con una cuerda a las vallas de publicidad tras la portería. Más o menos tal y como se describe en el Sagrado Códice de Cosas que no se Deben Hacer contra un equipo como este Celta, que terminó por meternos cuatro.

Tras este partido, tras esta semana de reflexión intensa, la decisión es nuestra y solo nuestra: aceptar la derrota y prepararnos para un invierno polar bien refugiados de las inclemencias o seguir saliendo en manga corta, ignorantes a todo lo que nos rodea y arriesgando la pulmonía. No os vamos a engañar, el debate ha sido crudo en las catacumbas del matadero, pero la opción de aceptar la derrota ha salido ganando. El turno es vuestro, vigueses. El odio es lo único que no se negocia.

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PD: Sea como sea, la derrota siempre está en el símbolo. Y el nuestro, encerrado en un experimento sociológico en el que alterna grada y banquillo, aún no ha debutado esta temporada. La broma ya valió.

Dépor – Athletic, J3

Jornada 3 de LaLiga Santander 2016-17. Domingo 11 de septiembre.

R.C. Deportivo 0-1 Athletic Club (Raúl García, 41).

Da la impresión de que el Deportivo que quiere Garitano se parece mucho al Athletic que tiene Valverde. Si algo ha caracterizado al Athletic que yo he visto desde que era niño es ser un equipo que no pide permiso ni perdón. Llega, juega, te gana (o no) y se va. En la grada, sobre todo cuando juega en casa, hay mucho aspaviento y mucha floritura; sobre el césped, rara vez. Así hizo en Riazor, oliendo la sangre derramada en honor al que ya no está y sorbiéndola toda con una actuación memorable de Raúl García: un golazo, un lesionado, cuatro patadas y los silbidos del público local.

A Gaizka, el de la fe tochísima en Borja Valle, se le vio enfurecido en la banda. Las lesiones de Joselu y Sidnei, el revoloteo inerte de Fayçal, los balones a la grada de Albentosa y los recortes hacia atrás de Carles Gil le trajeron palabras malsonantes a la boca que agotó de golpe durante el partido para no llevárselas consigo a rueda de prensa. Allí dijo que todo bien como el viudo que dice que todo bien en el velatorio de su esposa. Dijo que el mejor partido de los tres con cara de querer decir que estaba muy decepcionado porque Raúl García hubiera salido por su propio pie del campo mientras canturreaba la de un día/cualquiera/en Texas/en Texas.

Con todo, algo de razón había en las palabras de Gaizka. No fue malo el Dépor y, de todos, el mejor fue Juanfran, que metió dos balones de mérito que pudieron ser gol pero no. Florin turrou coma sempre pero le faltó lucidez. Encontró enfrente a un adolescente vasco que hizo un partidazo. Portero adolescente vasco: titular en la selección desde el próximo mundial hasta 2030. Si se confirma la lesión de Joselu, todo pasará por aferrarse a la negritud exuberante de Sidnei y Marlos, golosa y descastada, y al recuperado refinamiento de Mosquerita.

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Dépor – Getafe, J36

Jornada 36 de la Liga BBVA 2015-2016. Domingo 1 de mayo.

R.C. Deportivo 0-2 Getafe C.F. (Pedro León, 41; Vigaray, 85)

Llegó el Getafe y cundió el pánico. Vaya si cundió. Nos decíamos los unos a los otros en nuestras conversaciones previas: que no cunda el pánico. Nos instábamos a evitar el miedo, nos empujábamos a obviar lo que ya estaba ahí. Escondíamos la realidad tras un empate ficticio que nunca llegó a suceder, porque llegó el Getafe y cundió el pánico.

Pedro León, Sarabia peinado como un puto guay, Alvarito el delantero sin gol y una tribu de randoms de los que nadie se va a acordar en tres temporadas. Pánico. Juan Rodríguez en la segunda parte para proteger en el marcador. En ese momento es cuando te das cuenta de que estás en el bando equivocado, de que la batalla está perdida y no tiene sentido más pánico. Pero el pánico no cesa.

El partido tuvo todo eso que tienen los partidos de las últimas jornadas. Ninguno jugó bien, ninguno creó demasiado peligro, ninguno falló demasiado y pocos acertaron con cierta frecuencia. Nadie se siente bien en el pánico y, aunque nosotros llevamos qué sé yo cuántas temporadas seguidas sumergiéndonos en él, seguimos sin sentirnos bien. Jugarse el pánico contra el Getafe, qué buena idea.

Al final el marcador lo decidieron los porteros. Pudo ser un empate, pero Guaita estuvo muy bien y Manu estuvo como siempre, espeso como su barba, tembloroso, ineficaz. Desde luego no se le puede culpar de la caída en picado del rendimiento del equipo, pero su contribución a la tabla de clasificación ha sido prácticamente la misma que la del gordo de la Domus.

Y ahí estamos, agarrados a Fede Cartabia y rodeados de pánico. Enfangados nuevamente en una semana ruidosa, tratando de difuminar las culpas, señalar a los mercenarios y ajusticiar a los culpables. Algunos jugadores no sienten los colores. Es que se habla de todo menos de nuestro próximo rival. Échale huevos, Dépor, échale huevos. Tertulianos y aficionados de la mano, preocupados por lo que se preocupan los tertulianos y los aficionados. Como si eso ayudar a evitar el pánico. Como si eso tuviera algo que ver con conseguir el punto en el Madrigal. Como si fuéramos importantes.

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Dépor – Barça, J34

Jornada 34 de la Liga BBVA 2015-2016. Miércoles 20 de abril.

R.C. Deportivo 0 – 8 F.C. Barcelona (Luis Suárez, 11, 24, 53, 64; Rakitic, 46; Messi, 73; Bartra, 79; Neymar, 81).

Cando Luisinho pediu un pingado no Delicias, xa sabia que esa noite non seria titular.

– ¿Qué, Luisi, qué te parece lo del Axel?

– Non gosto disse rapaz.

Todos no barrio sabian ben que con el se podia falar de AC-DC, pois adoitaba facer os mandados nesas mañás que tiña libres con un chándal vello do Sporting e unha camiseta do grupo australiano. Camiñaba a modo pola Falperra, baixaba as escaleiras e a miúdo deixábase ver pola cafetaria. A xente que tamén paraba por ali dicia que semellaba un tipo tranquilo.

– Que dis, oh. Si es un fenómeno. Mira, te enseño.

E o coruñés que o atendia detrás da barra deixou de prestarlle atención ao café que estaba a se facer na máquina e sacou o móbil para ensinarlle uns vídeos no youtube. Luisinho finxiu interese, pero pensaba no Leganés.

Sábese mais fóra que dentro do clube e leva xa tempo pensando moito no lugar no que lle gustaria seguir a súa carreira. En certo modo botaba a faltar unha gran cidade preto da que vivir, tal e como lle ocorrera nos seus primeiros anos. Leganés parecía unha boa opción, preguntáralle a Insua e ia vendo os partidos que podia confiando no ascenso. Alcorcón ou Getafe, por que non. Rayo e Espanyol, en cambio, interesábanlle tanto comos os vídeos que lle estaba a ensinar o camareiro.

– Un fenómeno, hombre, que te lo digo yo.

Realmente, estaba un pouco farto do Axl. Indo cara a mesa onde sentou, fixo un aceno como de coller o Marca, pero arrepentiuse á metade do camiño. Luisinho xa non lia a prensa porque cada dia lle gustaban menos os adxectivos. Dalgún modo, comprendia a Luis Enrique. Sentou e adicouse a mirar o tráfico pola xanela do local.

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Montado no bus que chegaba ao estadio, viu ao presi na porta do Playa. Fumaba un habano dun palmo de lonxitude e parecéuselle mais que nunca ao empresario que saía na portada da versión ilustrada do Capital que tiñan os seus avós na casa. Algún dia, pensou, arréolle. Tino ergueu a vista e as súas miradas se cruzaron. Luisinho saudou timidamente. No fondo, aquel lambón caíalle ben.

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No descanso, 0-2 no marcador. Lembranzas dos últimos partidos que xogaran frente ao Barça nas cabezas dalgún dos xogadores. A charla adicada a esas lembranzas. Pero non. El sabia o que ia pasar de seguido desde que viu o empurrón de Suárez a Sidnei. Sabíao desde que viu que non ia xogar o partido. Non, isto non o sabia, pero pensou que si ao final do partido. Mirou mal a Manu cando o viu e rosmoulle algo nun portugués fechado que nen el mesmo soubo de onde saía. Un par de minutos despois achegouse a el e fíxolle un lixeiro agarimo. O rapaz estaba totalmente esnaquizado. Por dentro, só pensaba na carraxe que ia sentir cando escoitara falar de vergoña, de humillación, de esforzo. Que sabian eles? Sentou nun banco do vestiario e decidiu que hai temporadas nas que sae todo mal. Vidas enteiras nas que sae todo mal. E que que saia todo mal era algo que só lle podia importar a alguén coma Víctor Sánchez ou ao Tino do puro que vira dende o bus. Eles non eran dos seus. Arribas. Arribas seguro que tamén estaba máis jodido hoxe que o dia do Granada.

Ao chegar a casa, o seu fillo maior xa estaba deitado, aínda que esperaba esperto a que voltara o seu pai. Sen saber por que, faloulle en castelán, nun castelán perfecto repetiu as palabras que lera nalgún momento e non podia lembrar onde:  “siempre con el equipo. Siempre, en cualquier circunstancia y sin ninguna condición, con los once (catorce) hijos de puta que ponen su cara en el césped”. Púxolle a manta por riba e mirouno pechar os ollos. Xa verás que ben van sair as cousas en Leganés.

lucas