Escenas potenciales para “Sala Calvet” (II)

Fajr fumando. Subido a uno de los muros laterales de Meicende y fumando. Camiseta de tiras, piel oscura y ajada, increpando al lateral derecho del Oza Juvenil cadete. A Fajr no le gusta su pelo brillante al sol de septiembre. Alguien despeja con contundencia y el balón rueda por una de esas cuestas que rodean el campo. Fajr y sus colegas corren tras él.

Víctor organiza una sesión de vídeo en la macropantalla de Pabellón. Todos se sientan en el césped y atienden, mientras Sidnei mira embobado hacia la de Marathon sin poder para de imaginar lo bonito que sería visionar Tabu de Miguel Gomes en aquella descomunal superficie. Al acabar la sesión llama a su mejor amigo de la infancia, un brasileño rubio y homosexual que da clases en la Sorbona y le habla en blanco y negro de su nueva novia.

Luisinho en la Vedra. Atasco. Llueve. Escucha música brasileira en el 101.5 de la FM, Radio Oleiros. Maldice mientras masca chicle. Hoy llega tarde a entrenar.

Laure probándose pantalones en el ZARA de Juana de Vega. Una dependienta lo reconoce mientras entra en los probadores. “Joder, he vuelto a coger unos slim fit” es la única frase que le escucha.

Mosquera va hacia las duchas en los vestuarios. Se cruza con Lucas, recién llegado de recoger las últimas cajas de la mudanza desde Salónica, y a este se le escapa una colleja. Cuando vuelve a su sitio a secarse descubre que le han mangado las Etnies.

Un restaurante canario cerca de Doniños. Manuel Pablo ha invitado a cenar a Celso Borges. Ríen bastante y Borges le cuenta cosas sobre el norte de Europa. Manolo se vuelve a casa jodido porque no ha parado de llamarle Laure.

Scaloni escribe un tuit. No cabe. 141. Cierra la pantalla del portátil y saca la mecedora al porche para seguir leyendo un libro sobre las Malvinas.

 

Guidetti marca el cuarto en Balaídos. Estoy fregando los platos de la cena, pero lo escucho de fondo. Río y se me cae un vaso del IKEA. Sigo riendo. Emerge Jabo en mi cabeza. Río más y más fuerte cuando recuerdo aquella temporada en la que los entrenó a ellos.

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Al principio picamos todos

Juan Domínguez mira repetidamente hacia atrás cuando conduce la pelota por miedo a que venga a buscarlo y se lo lleve otra vez a Isla Canela. Iván Carril dijo que sí a lo de Irak argumentando que había superado dos pretemporadas con él y que ya no le temía a nada. Seguramente Senel se tiró a las drogas cuando trató de entender por qué había sido titular en aquella eliminatoria de Copa en Mestalla en la que ganamos y no hubo pitada porque era a puerta cerrada. El bueno de Leo tiene en su casa de Bérgamo una diana con su cara y cada noche le tira dardos con la blanquiazul puesta. Taborda se descojonaba el otro día en el banquillo de Riazor pensando que él lo había pedido para un equipo que acababa de jugar la Champions. A Cristian Sincuello le dijo eso de que los extremos primero tienen que defender antes que atacar y se lo tomó tan en serio que enterró la cabeza, se olvidó de cómo se jugaba al fútbol y se centró en construir una carrera mítica. A Pedrito, cuando era nuestro mejor jugador, lo mandó de vuelta a Santander para traer a un israelí mafioso que nunca supo parar y a Antonio Tomás, cámara de gas. Los trató a todos tan bien, que Coloccini no dudó en dedicarle un gol cuando volvió por primera vez a la que nunca fue su casa.

Como buen generador de desconcierto, fue lejos de aquí cuando empezó a favorecernos en algo de vez en cuando. No quiso a Dani y permitió que pasara en las terracitas de Plaza de Vigo los mejores años de su carrera. Y tuvimos que verle las entradas once veces para ganarle siete, empatar tres y dejarle ganar una última jornada en la que nos jugábamos tan poco que salimos con Manu de titular.

Ahora, mientras sodomiza a nuestro Riki, seguramente solo por motivos deportivos, empieza a engañar a una afición que ahora mismo estará ilusionada. Al principio picamos todos. Al principio.

Escenas potenciales para “Sala Calvet” (I)

Deportivo 1950-1951

Pablo Ínsua se levanta en el hotel de concentración. Cabeza floja tras los sueños. Toma café con un viejo. Hablan del Oza Juvenil.

Rosa de los Cuatro Vientos, noche cerrada. Lionel Scaloni pedalea sobre una bicicleta estática. Dos chicas japonesas huyen de las olas.

El Presidente, vestido de frac, practica esgrima en el círculo central de un Riazor vacío. Dos colegas de Los Castros lo observan desde Marathon mientras se lían el primer porro de la mañana.

Roderick Miranda a cámara lenta en el Vicente Calderón. Silencio absoluto. Un muro se desploma en Ramón y Cajal.

En un piso sin amueblar de la Ronda de Nelle, Valerón abre una ventana que da a un patio de luces. Ve óxido y muchas grietas.

Atardecer en la Ría del Burgo: Jorge Andrade, completamente desnudo, rema en una chalana. Unas señoras le lanzan un sombrero vaquero a la altura de La Toquera.

Murmullos sobre negro.

Albert Lopo llora en una mesa del Gasthof, en el Orzán. Los camareros chismorrean y deciden reunirse en la cocina.

Plaza de San Agustín. Un carnicero pega un recorte de Lotina en el cristal de su negocio: pone CABRÓN, COBARDE.

Lugares de nacimiento, carreteras varadas. La Algaba, Sevilla.

Mesón Cuatro Caminos. El camarero repite “eres una canción sin fin, eres una canción sin fin”, mientras ve el telediario.

Mesa plegable en el Portiño. A un lado, Zé Castro lee poemas a una niña. Al otro, Aythami bebe Martini y muy lentamente dice: cooor… teeeeee… liiiiiim… pio.

Manhattan.

Lleno Absoluto.

Cristales Marrones.