Augusto a lo lejos

Era “confianza e historia”. Y a alguno seguro que le faltó tiempo para seccionar las palabras y sacar a relucir la fianza que pagará sin lugar a dudas el Deportivo si no quiere evitar ser más que copas manchadas de los días de vino y rosas. Más que fianza para no quedar preso, el equipo pataleó por meterse en una hipoteca como todo hijo de vecino. Pero Augusto juntó las sílabas para su candidatura y apeló a la fe mesiánica que se le tiene por barrios, los mismos que frente al televisor cierran los ojos en el primer penalti y solo vuelven a abrirlos para ver quien levanta la copa del mundo. De esa brecha entre palabras brotaba que daba gusto la disyuntiva ideológica y Lendoiro las ató a brida, consciente como siempre de lo que supone la distancia.

Existe una generación a la que Djukic le cogió con el bocadillo de mortadela, Sergio chuleando la Trango y la despedida de Lendoiro ojeando twitter en el descanso del café de la oficina. Benditos sean, pues ellos son los de la generación del “presi” y sirven de reflejo a una máxima del deportivismo: ser ídolo o villano es una cuestión del momento en el que te agarren para juzgarte y cuanto tiempo estés dispuesto a esperar; si es el suficiente acabarás por ser ambas cosas. Y si quieres sentirte imprescindible solo tienes que anunciar que te largas.

Las razones esgrimidas fueron que no me miras como antes que significa que ahora hay división en el deportivismo. Con esa echada de capote a la espalda, Augusto desató la tempestad. La verdadera división es la del lendoirismo, críticos fieles que ahora pescan en río revuelto para el busto a su memoria y en el otro bando agradecidos de por vida que van cantando por el paseo marítimo que la bruja ha muerto sin saber aún que ningún urbano les lleva a Arkansas, y a ver si con las obras de peatonalización no acabamos en tercera regional.

Dice que quiere dedicarse a escribir y yo lo propongo desde aquí y ahora para el Herralde o incluso para el Nobel. Que lo cortés no quite lo valiente. ¿Se dedicará a la tragedia griega o a la comedia de sainete? Será un gran columnista, ensayista o incluso un bloguera de moda si realmente se lo propone. Aunque uno sospecha que Augusto quiere escribir poesía, deseoso de arrancarse con poemas facilones copiados a Neruda que nos recuerden con rencor propio que nosotros los de entonces ya no somos los mismos sin él. Ya se adivina la influencia del chileno. A veces, en las segundas partes sobre todo, el Deportivo está tan desnudo que es bello y simple como una de las manos de Lux.

Si mi opinión valiera algo diría en principio que no me lo creo un carajo. Y lo veo como un halago. Siempre le ha venido de fábula que no lo creyeran, fingiendo que era de fiar y desconfiando hasta de las ofertas de móviles de las telefónicas. El ejecutivo que tras mear no se lava las manos pero se arregla el traje; Lendoiro sabe que no hay que escatimar en jabón, pero no tanto por higiene, si no por no dejar huellas.

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Augusto ni siquiera se aferra a ese cariño que le dedican sus fans a sus detractores con el “alguien vendrá que bueno te hará”. Se alimenta de un poquito de odio, lo justo que le queda para el postre después de mojetear en El Manjar. Cuando Oltra triunfal se calzaba la remera del ascenso, Lendoiro sonreía con hartura pensando en el santo que se descarallaba. Y estaba todo bien. Pero mejor estuvo cuando la TVG emitió aquel falso documental de las hordas celestes centrándose en cantar el día de su ascenso que la casa del presidente blanquiazul era poco menos que una whiskería (y qué fácil es a veces hacer feliz a un niño). Augusto reclinado en un sillón lloraba de la emoción, ebrio de euforia.

Hasta los enemigos le supieron a poco. Dejando de lado esos entes abstractos contra los que noquea más entenderlos que arremeter (Hacienda, la AFE, el Vecindario o hasta Francisco González), las verdaderas luchas épicas tuvieron a gente con nombre y apellidos. La primera con el coruñesirmo “Paquito” (como él aprobaría) Vázquez contra el que colisionó en un choque de titanes e iguales que aún no sé como no devino todo aquello en fabulosa estatua bélica al lado de la de María Pita. La segunda vino con la riña de guardería contra un rival menor e irrisorio como fue el director del periódico, demostrando con vergüenza para la prensa nacional que en ocasiones acusaciones de ebriedad garabateadas en los márgenes de un panfletillo guardan más calidad periodística que un diario de tirada autonómica.

En ese sueño de una noche de torneo de verano, quizás desayunando en un chalet cerca de Oleiros, frente a la playa, con el enésimo crack secuestrado en la tumbona de al lado, lo que imaginaba Lendoiro para el Deportivo no se podía explicar en una reunión de accionistas en Nochebuena ni cabía en los planos de Eisenman. Augusto quería encumbrarse, claro. Pero llevando al Deportivo con él. Aunque hubiera que engañar a unos cuantos brasucas de que esta ciudad tiene novecientos días de playa al año aun cuando ven que los únicos quince minutos al mes en los que escampa solo lo hace para coger aliento y llover más fuerte.

Salía en el televisor tiempo ha el expresidente merengue Fernando Martín “El breve” en una parodia deliciosa en la que cada vez que se giraba se le veían siete dagas clavadas en el lomo. Augusto no ha esperado tanto y tras la junta decidió que se largaba antes de que le hicieran el guiñol. Porque el de Corcubión siempre tuvo claro que desde que se hizo del Deportivo (quizás varios años después de entrar como presidente, cuando descubrió lo que realmente tenía entre manos) o cuando hizo al Deportivo hacerse de Lendoiro y con ello auparlo al tren del éxito, aquí se viene a ganar y si no, a que pierdan otros. Y evidentemente él no iba a perder.

Probablemente a Augusto haya que verlo con distancia, habrá que sentarse en frío a opinar sobre él cuando todo haya pasado y decidir si declararlo persona non grata o ponerle su nombre a una puerta. Llegará cuando estemos separando los restos del naufragio o recogiendo la cosecha. A Augusto que lo juzguen cuando muerto, como en Polonia, que solo le ponen estatuas a los que ya han fallecido y las únicas dos personas por las que lo han incumplido es por Juan Pablo II y por Josef Stalin. Será mejor así, no lo suban al caballo aún. Habrá que escudriñar a Augusto cuando apenas se le distinga, cuando sea un murmullo de lo que fue, sus obras y actos marchitos y sobre todo sus consecuencias. Habrá que hacer un balance de pérdidas sobre los ecos que nos deje. Que los habrá, que ya lo decía el chileno: a lo lejos alguien canta. Y cantará, ya lo verán. Y a ver si va a ser Jorge Mendes.

Panegírico a los nombres bis.

La temporada pasada tuvo algo de temporada avanzada de liga máster, con Espimas ya en la cárcel por evasión fiscal. Por la desconcertante clasificación final de los equipos para alguien crecido en los 90, por acabar con dos jugadores en la plantilla de aquellos con el nombre repetido. De ellos se vienen sendos perfiles.

Te pintaron periquito.
Te llamaron Luis Miguel, no me jodas. Como para que gustaras a las madres: Luis Miguel Afonso Fernandes. Y admirabas a Juan Antonio, Pizzi. Contemplamos de lejos, todo lo lejos que nos queda Madrid, tu sombra desgarbada de soldado de fortuna (¡del ejército del aire!) carente de toda ella mientras, descuidado y a barlovento, colabas por nuestras fosas el milenario olor de todos los renaldinhos que aún no han sido. Y es que los destellos de equipo grande solo consiguen hacer desconfiar al parroquiano pequeño que, cínico del fútbol, sólo cree en auspicios en forma de nombre, número y calzado salpicado de cemento a medio fraguar.
El caso es que tampoco te costó mucho convencernos, como tampoco te costó mucho ganarte empujones en la calle, pues bien sabes que en potreros y pachangas solo recibe aquel por quien se siente respeto. Te exigían pecho firme y acabaste encontrando el refuerzo en el metal enclenque de las gafas de Harry Potter para volver a hacer magia redentora de ti mismo, que era magia para todos aunque te dijéramos que no que no y que no.
Ahora, mientras Aguirre coge los plastidecor y te pinta periquito para volar más bajo y más firme, te seguimos negando tres veces mientras pensamos en voz baja para que nadie nos saque las vergüenzas que ojalá verte crecer, ojalá verte sacar el carné y encontrar la marcha atrás, ojalá más tú y menos nosotros. Ojalá más Portugal y menos improvisar.

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El emperador cadáver
Te llamaron Claudiano Bezerra, no me jodas. Había algo genial en tu nombre y alguien decidió completar la faena añadiendo un Kaká que te convirtió en el generador de confusión definitivo.
Claudiano, el Emperador del área jugando en el equipo del Emperador de los despachos, los bufetes y las cenas a deshora. Bezerra, para restar glamour, en un toque consciente de comedia bufa. Da Silva, para dar un poco se ilusión, pues aún a día de hoy, y estamos en 2013, seguimos pensando que no hay da Silva malo. Y Kaká, para que al decir “el Kaká malo” no quede demasiado claro de quién estamos hablando.
¡Un suplente del Videoton en el invierno gallego!
¡De Székesfehérvár a Coruña!
¡De Álvaro Brachi a Aythami Artiles!
¡Tráete recuerdos de Stopira, Claudiano!
Gozamos por puro placer estético, ilusionándonos por recordarte dentro de 20 años con lágrimas en las mejillas al ver una camiseta de aquel brasileño que vino de Hungría, el mágico magiar del jogo bonito, el retorno a los 50 de un equipo sin historia (ya, ya, que es la tradición, claro). Pero claro, no.
Pensábamos que serías lluvia y no pasaste de cielo encapotado. Incluso jugaste algunos partidos, pero estábamos tan pendientes de todo lo demás que ni te vimos aparecer por el campo. Te suponemos sólido y no demasiado lucido, cualidades atemporales del brasuca de gama baja, enfundado en tu chupa de cuero azul que reafirma una personalidad misteriosa, muy a juego con un rostro de facciones exageradas y con tu compromiso con una entidad cadavérica como la nuestra.
Te quedas un rato más, Claudiano, y pareces esperar a que realmente te veamos jugar y nos desesperemos y te deseemos una pronta retirada en algún país del este. Pero claro, (quizás) no.