Dépor – Celta, J24

Jornada 24 de la Liga BBVA 2014-2015. Sábado 21 de febrero.

R.C. Deportivo 0 – 2 R.C. Celta (Charles, 45; Larrivey, 81)

La imagen de Arsenio Iglesias flotando en un marco lechoso me sorprende mientras le doy la tercera calada a un porro salido de un lote que quizás no debería haber pillado. Es la campaña de ampliación de capital. Me pica la garganta. Recuerdo que la semana pasada, rondando el jueves, me aplasté en esta misma mesa para encarar mi típica sesión preparatoria del derbi ordenador mediante: unos vídeos, 37 pitillos, unos pasitos estilo Bielsa por la cocina, un llanto enorme. Un rato más tarde, apareció mi compañera de piso. Silencio, que hay uno que se siente desconsolado pero especial. Después

Have you been crying?

Uf, amiga mía… Cómo explicarte esta mierda?

Bien. Ahora se me vienen a la cabeza, otra vez, las imágenes de aquel derbi que ganamos con gol cósmico de Lassad, el del 2011 en Segunda, el último al que he asistido en Riazor y el que me dio la posibilidad de hacerle la vida imposible a un celtarra político-militar que vino a mi casa por casualidad, porque su novia era muy amiga de mi novia y hubo entonces una especie de quedada que no entendí demasiado bien pero que resultó excitante a más no poder. Llegaron el día anterior al partido, y salieron de noche, pero yo no fui. Me quedé en casa y se me ocurrió que era buena idea meterle a los vigueses un póster del Turu en el camastro, para que cuando lo abriesen se diesen de bruces con el recorte cabrero de nuestro héroe. Hubo protestas al árbitro, porque ya se sabe: hay que tratar bien al personal, que somos os dous galegos. A la mañana siguiente, cuando supe lo que dijo el camarada celeste, me descojoné mucho rato mientras fumaba en la ventana y esperaba para bajarlo nada más y nada menos que a la Estrella. Dar una vuelta, ver el ambiente. Cuando hablamos del tema del póster le di unas palmadas en el hombro, así como suelto. Todo iba bien, la situación empezaba a enamorarme. Tenía allí al pobre invitado, clavadísimo, hablándome de canteras, de futuros hacia el socialismo, presidentes corruptos, todo tan lejos de mi puto mundo… El tío, visiblemente nervioso, intentaba crear un muro con el entorno mientras yo me preguntaba “cómo coño eres capaz de hacer esto? de someterte a esta tortura?”. Y le tenía hasta cariño, pero seguía siendo cruel, aunque muchas veces le daba la razón para que se sintiese cómodo (con Augusto, que quede dicho, no fui capaz de transigir). La comida fue un momento de alivio, pero justo después llegaron nuestros amigos. Bajamos y nos recibieron con sonoros Hijos de Puta Vigo No y demás cánticos típicos. Le dije al menguante olívico:

aquí no pasa nada, tienes que armarte de paciencia.

Durante toda la jornada, el ambiente en la ciudad te sumergía en un trémolo que corriendo vicioso no te podía llevar más que al éxtasis, como luego se demostró. Volvía el derbi y en la Curva Delirio sintieron que el orgasmo se derretía absorbiendo cerebro y vomitando imágenes

– la grada de Maratón, papilla hirviendo después del gol de Lassad

– el salto de los niños detrás de la portería

– la manera de imponerse y mandar a los vigueses para casa de un manotazo esponjoso lleno de swing

– fuera, gente con el baile de San Vito apalabrando el secreto de la próxima victoria, igualmente desfasada, en terreno contrario

– superioridad manifiesta de nuestra poesía

– los del vigo pasándolo muy mal en los cruces

Aquella noche, la parroquia veía cómo el estrepitoso intento del rival por superarnos con un fútbol desenfadado fracasaba estampándose contra una cosa loca, un martillo mágico y la voz de dios petando. Ellos. Nosotros. Abismos.

El derbi del sábado lo vimos juntos dos Mataderos, acocados en un piso de Berlín

– sigo pensando que no son mejores

– evidente. pero me preocupa que ahora sean más ganadores

– en su interior está seguro de que perdemos, y

estamos en un camino de Potsdam. El cielo se pone gris. Estamos en un bosque viendo estatuas tapiadas, y los primeros minutos los veremos sin sonido, intentando conjugar radios e imágenes con la sensación de que todo va mal para luego gritar, frotar la mesa, ver volar los minutos y al balón perderse silbando por encima de la portería de Sergio en el minuto clave del partido. El éxtasis se convertirá – Castiñeira, estás ahí? – en una conversación sobre la vida. Te acuerdas, Casti? No hubo muchas de esas el día de Nouioui. De aquella teníamos droga para parar un tren. Adiós, frenesí. Reconstrucción. Adiós, cuelgue infinito! Y es normal que el Celta pesque en esta situación, porque tenemos los huesos doloridos de tanta tralla. Y no es normal que estando por los suelos se las hagamos pasar tan putas.

Con la pezuña sangrando

Pasan los años

Rugimos

Pasan los jugadores,

sacamos el verbo de la alcantarilla y nos convencemos de que nuestra cabalgata hace un ruido jodido pero no se para. Montaje Riki. Montaje Bruno Gama. Tristán mojó a Berizzo. La Curva Delirio, con el momento dulce del rival saltándole en la palma de la mano, busca carisma, demoliciones, nuevos mitos. Se entretiene pensando en la bulla de Luquitas, su promesa garabateada en una de esas casas de la Avenida de la Habana, esas viejas que se caen, fastuosas, mirando de frente el careto de Lendoiro.

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Real Madrid – Dépor, J23

Jornada 23 de la Liga BBVA 2014-2015. Sábado 14 de febrero.

Real Madrid C.F. 2 – 0 R.C. Deportivo (Isco, 23; Benzema, 73)

La visita del Deportivo al Cementerio Delirante de la Castellana se saldó con una derrota sana, vibrante por momentos, ante un líder cuyo consumo de drogas noquea pero no mata, conservando intacta su belleza de rosca combustible. A saber: salió Víctor Fernández con Manolo y Laureano cubriendo de huesos el flanco derecho de la defensa, cosa emocionante, divertida y legendaria a la vez, manteniendo la estructura ya conocida en el resto de una escuadra que en el Bernabéu disfrutó, alejada definitivamente de aquel saco de miedos que deformaba su figura allá por los meses de noviembre y diciembre. Fue, en efecto, la confirmación de que el equipo es otro, de que respira por cuestiones clasificatorias y de que tiene cierta personalidad, cero tinieblas. Su imagen, ya desde los primeros minutos, se fundió sobre el césped dejando una estela de claridad, con un Cuenca muy vivo que rondó el gol en dos ocasiones. El Madrid, por su parte, no jugaba bien pero hacía ademanes de bestia, muy de la casa, que no parecían importar demasiado al Dépor, que iba a lo suyo de una manera desenfadada pero con suficiente mala hostia como para convertir la broma en sorpresa mayúscula. El blanquiazul, pensando ya en el Celta, se miró más a sí mismo que al rival, acertando de pleno a nivel, digamos, filosófico. Combinó, corrió, alzó sin complejos banderas donde antes reinaba el terror e hizo sentir a la parroquia calambres de orgullo. Mención especial merece el capitán, que jugó por última vez en el estadio blanco, achuchando, balanceándose misteriosamente, redondeando una carrera que tendrá estatua, esperamos clavada en la bahía, cerca de Mera.

Se llegó al descanso con 1-0 y en la reanudación el impulso siguió siendo el mismo, repitiéndose los acercamientos al área del inefable Topor. Borges, con un disparo al palo, y Riera, con un cabezazo criminal, a punto estuvieron de colocar el empate en el marcador, pero nada. O todo. El entrenamiento ya estaba completado. Luego, los minutos se hicieron densos hasta que Benzema estableció el definitivo 2-0 y el madridismo bostezó su celebración de mierda. Cerca de la banda, la mirada esquizoide de Marcelo se cruzó, allá por el minuto 83, con la de Bergantiños, que esperaba el final mientras contraía los labios formando una o. Había un núcleo por allí, una esfera crujiente flotando. Un alma con la que golpear. Y un deseo de seguir jugando que conmueve.

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