Dépor – Sevilla, J12

Jornada 12 de la Liga Santander 2016-2017. Sábado 19 de noviembre.

R.C. Deportivo 2 – 3 Sevilla C.F. (Babel, 1; Andone, 42; Nzonzi, 44; Vitolo, 87; Mercado, 90)

Hay que sacar el machete, otra vez. Defender al equipo. Machacar a hostias la distancia, el sarcasmo, la crítica fácil. Acaba el partido en Riazor. La gente pregunta: cómo así el Dépor? Y explicando una derrota que entra dentro de lo JODIDAMENTE NORMAL parece que estés echando balones fuera. Dices: que si el árbitro, que si el Sevilla, que es muy bueno. Te escuchan con piedad. Te miran como diciendo «este no asume que el Dépor ha perdido y que es muy malo?» Porque aún estamos es esas, queráis que no, en las de «perder pierden los que son malos» y «ganar ganan los que son buenos». Hasta ahí llega el análisis de muchas cotorras que van por ahí ensuciando los colores. Somos muy malos, eso dicen, desde Facebook, Twitter y demás corrales. No hay ni un solo matiz, no hay mil cosas de las que hablar puesto que estamos delante de un partido de fútbol, no hay ni siquiera un Mateu Lahoz que te jode vivo y que no pita un penal GORDO de Mercado sobre Andone con 2-1 en el marcador. No pasa nada porque el Deportivo es malo y pierde y casi mejor un hundimiento a la brava para desentenderse un poco, que ya agobia. Es cierto, no? Agobia perder, seguís pensando: esto de ser de un equipo no mola nada cuando el asunto es PERDER. En tu equipo te cagas. De tu equipo no sabes nada. Ese equipo que por méritos debería estar más tranquilo en la clasificación, con cuatro o cinco puntos más como mínimo. Ese equipo que el sábado lo hizo bien, ordenado y algo gritón, peleando delante de uno de los mejores equipos de Europa. Nada. Damos vergüenza. Vaya entrenador. Mateu Lahoz no estuvo. Tampoco el despliegue de Andone. Qué nos queda? Un cacareo de mierda, aburrido y pastoso, escupido por DEPORTIVISTAS FULER0S. El drama, el dramón de los cojones sin el que no vivimos tranquilos. Parece que muchos no esperaban que el equipo fuese a batirse por la permanencia. Qué, pues? Zona tranquila? Unas cocacolas con pajita, ahí de octavos incluso? Ridículo. Somos un equipo pequeño y sin dinero que no se acaba de recuperar de las hostias del pasado más reciente. Sobrevivimos. Necesitamos símbolos. Se va Lucas, Bergantiños no juega. No los hay. Nos agarramos a lo que sea, cuando sea. Andone marca y lo grita reavivando algo en Riazor. Todo el mundo en Riazor está abierto de piernas, murmullistas incluidos. Todo el mundo quiere estallar de un fogonazo identitario en toda la frente. Sufre como yo sufro… Florin Andone sufre, marca y la gente se vuelve loca y Luisinho besa a Garitano, que se emociona claramente y grita, lo grita con fuerza y nos decimos que algo puede nacer ahí, como el día del Sporting con el gol de Babel, pero no. Sampaoli, Vitolo y Mateu nos fulminan y toda esa animosidad se convierte en silencio, desencanto y destrucción. Todo a la mierda en la jornada 12. En la 13, muchos deportivistas de madera estarán esperando como buitres a que el equipo caiga para desplegar sus alas sobre todo eso que está mal, que huele mal y que les atrae. Otros tendrán esperanzas y querrán ver si Babel vuelve a jugar y si vuelve a jugar BIEN, como contra el Sevilla. Querrán ver si vuelve Bergantiños. Querrán ver si a Gaizka Garitano le sonríe de una puta vez la suerte como entrenador del Deportivo. Querrán detalles, pequeñas cosas que animen, se gane o se pierda. Se puede perder, otra vez, en Málaga, y perder es peligroso con todos esos carroñeros sobrevolando la Torre de Marathon. Perder vuelve a la gente gilipollas. Perder crea masa histérica, sin código, alejada de cualquier principio de análisis serio. Esa masa imbécil y socarrona, aunque vista de blanquiazul, es el enemigo. Desde Matadero hacemos un llamamiento a combatirlo y a estar INCONDICIONALMENTE con el equipo, ahora y siempre. Perforen.

DEPORTIVO 16/17-  SEVILLA 16/17

Carnaval

Empiezo a escribir esto tirado en el sofá de mi casa. A mi derecha, mi primo se ha quedado a ver el partido después de una comida bastante tardía. A mi izquierda mi padre sitúa un té al lado de un Jack Daniels y a su izquierda mi abuela atiende como Manuel Pablo salta al césped del Santiago Bernabeu en el año de su posible retirada. Le oigo decir «¿pero no es muy mayor?». Mi abuela, que solo veía el fútbol para ir con el equipo contrario al que iba mi abuelo, siente pena cada vez que un portero comete un fallo. Antes de que saquen de centro desea en voz alta «a ver si con tanta presión no dan ni una». Yo le doy un sorbo al cubata y le digo a mi padre que no firmo el empate. Mi padre sonríe. En estos dos sofás casi parecemos todos del mismo bando.

Pero allá en Riazor a veces es muy distinto.

A los anarquistas que corrían calle de la Torre arriba cuando a las fuerzas del régimen se les daba por cargar contra la irrealidad de los carnavales, la gente los jaleaba desde las ventanas. Eso escuché o eso quise escuchar. Tal vez todo sea mentira. Tal vez no sea cierto y los vecinos del barrio, de carnochos para arriba, no animasen a los anarquistas a correr y sí les exigieran con insolencia que esquivasen los palos como hacen los piperitos en el estadio desde sus tronos de plástico, siempre con ese halo amenazante de hacerse de otro equipo como si a alguien le fuese a importar lo más mínimo.

A veces quiero pensar que los murmullistas son como nosotros y solo llevan un disfraz para venderse al mundo, para paliar sus inseguridades con una proyección de condescendencia, de negación del fracaso, de ser más listos aún si cabe, condenados por el infortunio a presenciar o vivir las mismas miserias.

De noche, en la calle de la Barrera no cabe ni un alma. Los kilomberos están sonando y me pregunto si siguen estando en Pabellón Inferior porque ya va un tiempo que no les presto atención. Ya hace varios partidos que intentamos okupar algún asiento libre de la parte de arriba. Allí también existe un pequeño avispero de murmullistas; en los tres últimos partidos he tenido que preguntarle al desconocido de turno a quién cojones quería que animase o silbase para que estuviéramos todos de acuerdo. Los murmullistas resucitan las dos Españas en las gradas de Riazor con su ronroneo bovino y sus hierbas resabidas y en ocasiones ganan la partida.

Al salir de la Barrera me encuentro con Adrián y Tomás que están en un mejor estado que yo y balbuceo algo sobre los murmullistas. Noto como Adrián hace esfuerzos por entenderme pero yo no consigo explicarme. No recuerdo si  llevan disfraz al igual que no recuerdo que disfraz le toca ahora a los murmullistas.

Quiero pensar que debajo de las pipas también hay deportivismo, entre tanta amenaza, tanto discurso, tanta emboscada y tanta piel fina. Quiero pensar que no hay dos bandos de aficionados sino uno, solo que a veces algunos son tan débiles que no quieren hacer suyas las derrotas. Quiero pensar que se ponen esas máscaras para desdibujar lo feos que se ven. Quiero pensar que es algo temporal, casi climático. Fuera, la lluvia está mojando los disfraces más elaborados y quizás acabe por empapar también los cartones de los murmullistas.

Como reza la tradición el miércoles se acaba el carnaval. Volvemos a madrugar, nos vestimos de oficina. Imagino que Adrian volverá a ponerse traje y que a Tomás se le habrá pasado el cabreo. Imagino que, como en el sofá de mi casa, los tres somos del mismo bando. Mi abuela ha concluido «han jugado bastante bien, el próximo a ver si lo ganan». Quiero pensar que sí y que estaremos todos juntos en la derrota o la victoria, sin disfraces, sin murmullos. Somerset Maugham decía que el amor es eso que les pasa a los hombres y mujeres que no se conocen entre ellos. Quiero pensar eso de nosotros, murmullistas, Riazor Blues, lendoiristas, kilomberos, piperitos, lacayos de Tino, violentos irredentos y deportivistas del palo. Que no nos conocemos del todo cuando llevamos el disfraz o la camiseta. Que lo que va a ser que nos pasa en realidad, discutiendo por comunicados como decía Augusto, es que estamos enamorados hasta las trancas.

https://i0.wp.com/imagenes.renr.es/resources/jpg/7/0/1393837845307.jpg(de La Opinión de A Coruña)

Dépor – Eibar , J22

Jornada 22 de la Liga BBVA 2014-2015. Viernes 6 de febrero.

R.C. Deportivo 2 – 0  S.D. Eibar (Lucas Pérez, 52; Iván Cavaleiro, 79)

Cuatro días completos. Cuatro días de incertidumbre en los que la gente caminaba inquieta por las calles mirándose y empero no atreviéndose a comentar nada,  crepitando mientras tanto la política en los bares ante la ausencia de un tema más adecuado. Cuatro días raros, desconectados de toda la vorágine de destrucción en la que se había sumido la ciudad en los últimos tiempos. Cuatro días fueron los que tardó la LFP en confirmar que lo que algunos habían experimentado en persona y otros habían visto desde la distancia era cierto. No fue hasta el martes a mediodía que por fin lo supimos. De una manera curiosa, además. Al mismo tiempo que confirmábamos lo que todo el mundo sabía pero nadie se había atrevido a expresar, toda la jornada 22 en primera división parecía reducirse a lo sucedido el viernes por la noche en Riazor.

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Menos mal que así lo quiso Tebas y por fin lo confirmó el martes, acabando de este modo con la incertidumbre que nos asolaba. Menos mal que así lo quiso, pues de no haber querido igual nadie se daba cuenta y esos tres puntos conseguidos en viernes nunca habrían subido a la clasificación. Y habiendo esperado cuatro días, tampoco nadie se iba a quejar por tener que esperar hasta la última frase para confirmar lo que todos y cada uno de nosotros estábamos esperando. Ahí estaba: el resto de espectadores presentes en el estadio se habían comportado de forma correcta. Nadie había consumido ninguna sustancia prohibida, nadie había empujado a otro en la, imaginamos ordenada, salida hacia la calle. A nadie ni siquiera se le había resbalado la cáscara de un fruto seco hacia el espectador presente en el asiento anterior, de tal manera que le podría haber causado una ligera sensación de molestia, de incomodidad. No. Todo había salido a la perfección.

Asumimos por tanto que los jugadores del Eibar, espectadores el viernes y equipo revelación hasta ese mismo día, también hicieron lo posible por comportarse de manera correcta, que es lo más importante en estos tiempos. Comportarse de manera correcta, ser generosos con el anfitrión, rechazar sus ofertas con un sincero «no, gracias». «¿Algo para beber, SD Eibar?», «no, gracias, vengo de tomarme un café». «¿Te traigo una silla?», «no, gracias, que llevo todo el día sentado y así estiro las piernas». Es más, asumimos también que comportarse de manera correcta es ahora no intentar perturbar la victoria local, ayudarlo si acaso. Facilitarle la tarea hasta donde sea posible. Un error del portero por aquí, otro del central por allá. ¿Que el niño bonito de la afición no es capaz de marcar su golito? Tómala botando en la frontal, que no se hable de descortesía por nuestra parte. ¿Que al jugador más sacrificado de los locales no le salen las cosas? Un pase atrás un poco corto y malo será que no llegue para empujarla a gol. ¿Que la gran esperanza de la cantera no está teniendo una temporada demasiado convincente? Pues no nos acercamos al área y asunto arreglado, no vayamos a causarle un disgusto.

Tal fue la corrección vivida el viernes en Riazor, y así lo sentimos todos nosotros en aquel momento, que no tuvo Tebas más remedio que destacarla en su comunicado del martes. Destacarla incluso frente al resto de correcciones vividas en los otros nueve campos en los que se disputó la jornada 22 de la primera división. Correcciones todas ellas de gran nivel, seguro, pero no de tanto como la vivida el viernes en Riazor. Y si yo mismo pudiera haber redactado ese comunicado, que ya no se llama comunicado sino nota informativa, solamente habría añadido una pequeña acotación que acentuara aún más la corrección con la que todo el resto de los allí presentes, menos los señalados, se comportó el viernes por la noche.

Dichos cánticos no fueron seguidos ni coreados en ningún momento por el resto de espectadores presentes en el estadio, cuyo comportamiento fue correcto en todo momento. Menos los murmullistas, que son todos unos hijos de puta, se comporten como se comporten.

 

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Murmullismo

Mi tío Jose Luís, que debe ser socio del Deportivo desde hace la hostia de tiempo, es un murmullitos. Vive en Adormideras, va al fútbol en chándal, bien afeitado, y se encuentra con sus compinches en el bar Estadio para ensayar los murmullos de mierda que soltará durante el partido. Como persona es ponzoña pura, un auténtico hijo de puta al que hay que tratar como tal. Hace unos años, mi padre me llevó a Coruña desde la Rioja Alavesa, donde vive, para airearse un poco y de paso jugársela al imbécil de su hermano. Era domingo y el Deportivo jugaba fuera, por la mañana, en Pamplona si no recuerdo mal, así que nos fuimos mi viejo, mi novia y yo a tomarla en el Fiuza para ver el asunto y luego comer allí tranquilamente. La jugada nos salía redonda, primero por el puro placer de estar y segundo, porque es costumbre de mi tío ir a este local para ver el fútbol. Mi padre conducía camino de Monte Alto y se relamía mientras decía «verás, verás lo que es el sarnoso este». Yo no tenía ni idea de lo que iba a hacer. Llegamos ya con el partido empezado y, tal como esperábamos, allí estaba él, dándoselas de entendido entre sus colegas. Era la época aquella del busero, Javito y Rindaroy, un desfase, terreno abonado para esta calaña, pues dentro del caos pueden llegar a todas partes con sus lecciones. El rumiante, mirando de frente el televisor, ignoraba que allí detrás, con la cabeza agazapada entre los cojones de Gianfranco Zola, estaba su hermano, el mismo al que odia en secreto, el mismo delante del cual sonríe cobardemente para guardar las apariencias y librarse de unas buenas hostias (mi padre tiene antecedentes en la cuestión «zumbarle a hermanos»). En fin, pobre hombre. Aprovechando un córner en contra, el más canijo de los Vilas se acercó lentamente al murmullista espetándole un «¡coño, Jose Luís!» que lo dejó tieso, indispuesto, más aún cuando, sin dar tiempo ni al qué hay, tuvo que tragarse un «a ver si devuelves los relojes de papá», puñalada que hacía referencia a un episodio vergonzoso en la familia, como tantos otros. Tintineaban los vasos, calentaba Juca. El colapso, tras unos segundos, dejó paso al temblor: «Paco, hostia… Me cago en Dios, Paco, que estamos en un bar…» o «coño, Paco… ¿cómo no llamas?», tenues desviaciones para enfrentar los colmillos de mi padre. «No llamo porque no me sale de los cojones, es sorpresa… y si tanto estamos en un bar, pues invita a algo a los chavales». Todo esto delante de decenas de personas, yo me deleitaba con la escena y mi novia no daba crédito. El murmullista, alterado por dentro, se intentaba zafar del acoso: «ando mal de dinero, Paco… vine con lo justo», tras lo cual mi genial acompañante procedió a cantar las virguerías de los deportivistas de palo:

A LOS DE TRIBUNA Y PREFERENCIA SUPERIOR OS PUEDEN DAR BIEN POR EL CULO

MUCHO DEPORTIVO MUCHO DEPORTIVO PERO SIN ENSUCIAROS

PUTO ASCO

CON RAZÓN QUISE HACER AL CHAVAL DEL SPORTING, VIÉNDOTE A TI ME CAGO EN DIOS

COMO PARA QUE LO LLEVARAS TÚ AL FÚTBOL

OS PASÁIS EL DÍA RAJANDO PERO EN RIAZOR ANIMAN DOS

TE TENÍA QUE DAR VERGÜENZA ME CAGO EN MI MADRE TANTO DEPORTIVO Y ME DIJO EL CHAVAL QUE TE VIO INSULTANDO A SCALONI CUANDO CALENTABA

A SCALONI MANDA COJONES

Completamente abatido, el impoluto dominguero salió del local trastabillándose ante el estupor de los presentes, que no sabían muy bien qué hacer. Mi padre lo mandó a la mierda. Hizo lo que mismo que desde Matadero Bonnissel queremos hacer con el murmullo, con la estúpida capa de sonido que poco a poco viene invadiendo nuestro estadio, la que lo convierte en muerto, vulgar, la que atenaza nuestros propios intereses, desmembrando la energía que debe conectar a grada y jugador. Mató a un murmullista que desplegaba sus alas contrarrevolucionarias impunemente. Matadlo también vosotros, si es que sois deportivistas en la victoria y en la derrota, en la fusión y el descalabro, en el cielo y en el infierno. Escupid, estallad, animad con fuego, ¡borrad su silueta de Matogrande al Ventorrillo!