Recordando a Riki

Me acuerdo de ir por los baretos de Manuel Murguia comentando la jugada. «Riki es muy malo», decían unas voces. Todos aquellos charranes quisquillosos, rajando, me parecían cosa baja, porque yo adoraba a Riki, el Godzilla bonachón de Aranjuez.

Riki empezó flojo en el Dépor, con Caparrós, el que apretaba los dientes y no tenía a Maakay en plantilla. Tenía a Riki, y se quejaba. Riki no hacía goles, aunque era titular. Enchufó tan solo dos en su primer año. Jugaba de delantero y también en banda. A Riki lo acompañaba Arizmendi, uno de los pájaros más raros del fútbol español reciente. Eran tiempos bien locos para el club, inmerso en plena resaca post-Irureta.

Vestíamos aquella camiseta Joma, más fea que pegarle a un padre…

Con la llegada de Lotina, Riki fue más suplente que titular, al menos el primer año. La gente seguía rajando. Al fin y al cabo, el precio pagado por el Deportivo al imbécil de Ángel Torres había sido bastante alto, cerca de cuatro millones de euros, por lo que la parroquia quería mambo. El contexto, como decíamos, era de cierto nerviosismo. Había que construir un nuevo Dépor.

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Durante el lotinismo, Riki fue parte de un combo de jugadores que se repartían las labores ofensivas en un equipo bastante romo en ataque. Allí estaban Omar Bravo, Rodolpho Bodipo, Lassad, Xisco. El panorama pintaba difuso para Riki, claramente negado para el gol en sus dos primeros años a las órdenes del entrenador triste de Meñaka. Al tercero las cosas cambiaron, y el bonachón de Aranjuez encontró una cierta estabilidad que le llevó a anotar ocho goles en aquella temporada. Volvíamos a ver al jugador que había sobresalido en el Getafe.

Esta dinámica positiva hizo que Riki empezase la temporada 2010-11, cuarta de Lotina al frente del Dépor, como primera opción para la delantera. Todas las previsiones tardarían poco en irse a la mierda, ya que Riki caía lesionado nada más empezar el curso. El jabato resoplaba en una camilla. Así pues, año casi en blanco (reaparece y juega en aquella pseudorevolución de final de temporada, cuando Lotina recupera a Valerón y pone en liza un 4-3-1-2) y doble desgracia: el descenso.

Riki, tras las lágrimas, se ofrecía para jugar en Segunda.

Un tipo sensible. Lo dijo la señora Elvirita, la de la charcutería:

«es muy bueniño, siempre me viene por aquí a comprar los chicharrones. Se le ve campechano, muy preocupado siempre por la gente y esas cosas…»

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Con el descenso hubo lágrimas, pero también un estallido en el deportivismo. La gente hizo piña para devolver al equipo a Primera y Lendoiro facilitó las cosas dándole entradas adicionales a los socios por muy poco dinero. Había efervescencia, calor en las gradas, pero también mucho opinante que meaba fuera del tiesto. Recuerdo amigos míos que en su puta vida se habían preocupado por el Deportivo y que iban allí a dar sentencias y a reírse, entre otros, de Iván Sánchez. Había mucha batalla que dar. En el campo, el propio Riki se encargaba de callar bocas con un repertorio de acciones desbocadas, intensas a más no poder. Pero ni por esas. Solo a alguien muy estúpido se le podía escapar el hecho de que Riki estaba haciendo una campaña buenísima. A mí se me daba por pensar que aquellos gañanes lo criticaban porque no tenía lo que se dice «estilo».

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Iván Sánchez Rico «Riki». Su subida, como la del equipo, fue al final imparable y terminó por convencer a todos. Ya nadie rumiaba por los bares. Riki creó unanimidad con su compromiso y su ternura. Era casi un ídolo.

Aquella temporada, la del ascenso fulminante con récord de puntos, marcó goles importantes y disfrutó de lo lindo. Regaba el aire con su carisma, encendiéndonos. Mi amigo Álvaro Arribi y yo, de tan entusiasmados que estábamos, empezamos a llamarnos Riki el uno al otro. «Míralo, míralo», nos decíamos en Riazor. «Míralo qué loco está!» Y nos reíamos y celebrábamos con energía mastodóntica. Alegría, comedia, goles. Todo con Iván. Dio lo mejor porque estaba enamorado de Coruña. Marcó en los dos derbis de aquel año. Un genio. El día del ascenso su cara lo decía todo. Solo amor.

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Riki era eventos. Siempre pasaba algo cuando aparecía. Cuántas veces no se habrá tirado Riki a la piscina? Cuántas faltas no habrá provocado? Cuánta confusión? Cuánta belleza? La parroquia gritaba PENALTI!!! La parroquia gritaba GOL!!! Y con aquellas piruetas de aire y de goma reforzaba nuestro deseo de ir a Riazor. Riki desprendía amabilidad y era honesto con la hinchada, gracioso como pocos. Un sol.

Riki le ponía comedia y goles, acción de la buena.

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El día del ascenso fue el más feliz que Riki vivió como deportivista. Mi amigo Álvaro, que es fotógrafo profesional, pidió acreditación aquel día para entrar en Riazor y estar a pie de campo retratando el vital partido contra el Huesca. Buscó a Riki todo el tiempo, y lo encontró. No paró hasta que, ya con el delirio consumado, se abrazó a él, espetándole:

Riki, ahora a cenar, o qué?? 

a lo que Riki respondió «HOMBRE, HAY GAZUZA…»

«Eres un atleta, Riki… Rikiño, carallo!»

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Riki aprovechó aquel día para mostrar su solidaridad con los 166 trabajadores de la planta de Unilever en Aranjuez, despedidos dos meses antes por los chacales capitalistas. Estuvo con ellos, estuvo con nosotros, estuvo con el pueblo, su hábitat natural. Ya en la cena posterior bailó salsón con Bodipo, charló de tranqui con Guardado, con Morel (al que dedicaremos un post extensísimo en breve), besó a los chavales extraordinarios del penúltimo Dépor de Augusto César Lendoiro.

Con algunos de ellos empezaría la siguiente temporada, la última de nuestro presidente, la del despido de Oltra, la de la huida de Domingos y la llegada redentora de Fernando Vázquez, la del segundo descenso. Riki hizo todo lo que pudo para ayudar a evitar la debacle y luego se fue, jodido aunque satisfecho por haber vivido aquellos años con nosotros, conectando a la gente, cambiando nuestra manera de hablar, quedándose al final y para siempre en nuestras cabezas blanquiazules.

Allí donde estés, un besazo, compañero.

Semper fidelis

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Breve lembranza do bo

2315d2625d77529f24b9c95ddcd22ba9Wilhelmsson pensouno mellor. Volta a Mjällby para botar unhas carreiras co equipo que o veu medrar, comer un pouco de peixe, sentar no porto e, nun solpor quizá opiáceo, lembrar aquela temporada na que xogou para nós ás ordes de Lotina. A mellor temporada en primeira desde Jabo? Incluso mellor que algunha das últimas de Jabo. Facede memoria: o equipo comezara fatal e trás vinte partidos aparece unha defensa de cinco na que sobresae un Coloccini épico. Pablo Amo e Lopo acompañan ao arxentino, que naquel tempo era o mellor central do universo segundo os grosos tomos da Delirante Literatura Deportivista, e todos visten de Canterbury of New Zealand. Ten lugar o debut do lexendario Piscu, que chega a xogar bastantes minutos porque Lopo andaba coa hernia aquela. Vemos como agroma Manuel Pablo, zumbando e alcanzando a liña de fondo, frenando en seco para non bater contra a publicidade. Vemos espasmos maravillosos. Os penaltis de Sergio, infalibles. Goles que pesaron toneladas, como o de Pablo Amo ao Betis no Villamarín tras centro proverbial do Peluca. Vivimos a segunda volta enchidos dunha enerxia atronadora que nos voou aquelas cabezas murchas coas que cargábamos. Tíñamos corpo, sangue, festa e puntos, tamén de sutura, e se non que fale Xisco, que portou a venda branca non se sabe se por necesidade ou tolemia pura, e que nunha tarde-noite de Marzo esmagou ao Murcia de Clemente con tres dianas. Fois ese ano o de Colocho brincando diante de Caparrós na vitoria frente ao Athletic en Riazor, ensinándolle as credenciais, o do 0-1 no Sadar con Taborda de titular e con penalti que non era, o daquela ostia de Munúa a Aouate que nos deu para 247 cafés no Delicias, o do retorno de Valerón, repetimos, naquel partido clave diante do Valladolid no que a Lotina se lle dá por poñer defensa de cinco e todo funciona. Levábamos catro meses sen gañar na casa. A partir daí o sueco, que chegara no mercado invernal chiscando un ollo, multiplicou a súa figura en desmarques asombrosos, e fíxose de querer. As frechas torcíanse excitantes no noso escáner mental: Filipe por aqui, Guardado por alá e Willy pisando as verzas, pedíndoa, matando pantasmas. Tamén foi o ano no que un xardineiro municipal vestido de xardineiro municipal berraba en Preferencia “enamorao de Lafita, aunque a veces duela!”, mentres fumaba ducados rubios. Preto del, un veterano con boina murmuraba aquilo de que “o Deportivo importa o mesmo que todas as cousas, o caso é a literatura que lle poñas”.

Paga a pena sentar como o sueco na madeira do porto pequeno e alucinar un pouco con aquelas imaxes, agardando que esta temporada xurdan de novo maxia, droga e sorrisos de Valcobo ao Matadero.