Verano de Líder

Lendoiro

Un arquero y asador; un zagueiro brasileiro medio portugués medio húngaro; un nigro con rastas que hace elásticas; Arizmendi; un argentino (y turco!) acatarrado de tanto pechear; un polaco rubio, guapo y sonriente que corre y don’t speak spanish; otro portugués; uno al que tenemos denunciado; uno de Petón; el Páter.

Y ahora dicen que un balcánico viejo y con acento de Vallekas.

“Como una pelota. Mejor que nunca, rebotando contra las bandas”.

Escenas potenciales para “Sala Calvet” (I)

Deportivo 1950-1951

Pablo Ínsua se levanta en el hotel de concentración. Cabeza floja tras los sueños. Toma café con un viejo. Hablan del Oza Juvenil.

Rosa de los Cuatro Vientos, noche cerrada. Lionel Scaloni pedalea sobre una bicicleta estática. Dos chicas japonesas huyen de las olas.

El Presidente, vestido de frac, practica esgrima en el círculo central de un Riazor vacío. Dos colegas de Los Castros lo observan desde Marathon mientras se lían el primer porro de la mañana.

Roderick Miranda a cámara lenta en el Vicente Calderón. Silencio absoluto. Un muro se desploma en Ramón y Cajal.

En un piso sin amueblar de la Ronda de Nelle, Valerón abre una ventana que da a un patio de luces. Ve óxido y muchas grietas.

Atardecer en la Ría del Burgo: Jorge Andrade, completamente desnudo, rema en una chalana. Unas señoras le lanzan un sombrero vaquero a la altura de La Toquera.

Murmullos sobre negro.

Albert Lopo llora en una mesa del Gasthof, en el Orzán. Los camareros chismorrean y deciden reunirse en la cocina.

Plaza de San Agustín. Un carnicero pega un recorte de Lotina en el cristal de su negocio: pone CABRÓN, COBARDE.

Lugares de nacimiento, carreteras varadas. La Algaba, Sevilla.

Mesón Cuatro Caminos. El camarero repite “eres una canción sin fin, eres una canción sin fin”, mientras ve el telediario.

Mesa plegable en el Portiño. A un lado, Zé Castro lee poemas a una niña. Al otro, Aythami bebe Martini y muy lentamente dice: cooor… teeeeee… liiiiiim… pio.

Manhattan.

Lleno Absoluto.

Cristales Marrones.

Vení, vení…

…cantá conmigo, que un amigo vas a encontrar, que de la mano del Emmanuel, ¡toda la vuelta vamos a dar! Vení, vení…

12 minutos y ya Riazor preparando la liturgia que se viene, temblando frío al evocar a Djalma por un instante, sudando cuando te disfrazaste de Scaloni en la primera que armaste. Los cuellos de tu capa, Draculio de los Cárpatos y la Mercedes. Droga dura, todos puestos en tres golpeos y varios desafíos. Gilvicentianos persiguiéndote con antorchas y tú enfrentando, escupiendo en el suelo, sacando el revólver, pistolero. Butch Cassidy and the Sundance Kid, Nueva York-Buenos Aires-La Coruña. Argentino canchero, te extrañábamos. Incluso si solo eres cancherito, incluso si solo te revuelves y giras el rostro con sangre en la mirada. Incluso si solo es para llegar a nosotros; necesitamos tanto cariño, joder.

Extrañábamos una zurdita como la tuya, porteño exiliado, tenaz buscavidas; soldado de fortuna, siempre en tu camino hacia el oeste, llegaste a la esquina para ponerte en pausa y sacarnos el blanquiazul por la garganta.  El cigarro del gol en cada córner, avalanchas sin verja, salto de altura y todos locos; garimba caliente, abrazos extraños y gritos silenciados bajo el fulgor de la barra. Necesitamos tanto cariño, joder, que tan solo unas palabras bastaran para sanarnos. “Voy a morir por esta camiseta”. Aunque lo pienses, aunque no, porque lo harás. Porque ya nos lo mostraste en el teaser, Juan Emmanuel de Todos los Santos.

Tú, que te cansaste de vagar por la Turquía mediterránea con una mochila a cuestas, llenándote de tierra y pastelitos de pistacho, dándole patadas a las piedras, harto de cordero y vasijas de yogur. Ven a nosotros redimido, revivido, Culio. Ven a la curva de Marathon, canta con nosotros, levanta los brazos, ponla teleridigida, que baje con Diazepan. Siniestra mentirosa, caderas de swing, gravedad en los pies. Cambia el Besiktas por el Mallorca oltriano-suicida, cambia el Bósforo por Riazor, ven al Mar de Plata de invierno. Tirá un túnel, escondela, burrealo. Pisalo mamón.

Con tu gesto desafiante, tu cara de Apache, esa garra en las piernas, el potrero en el corazón. Sácate las botas, juega descalzo en el Orzán, deja que el Atlántico te muerda la piel. Ternera gallega y Lux en la parrilla, los dos comiéndoos un vestuario que necesita de vuestros colmillos. “Somos el Dépor, no vale con ser terceros o cuartos”. A muerte con tu mierda, al cielo con tu zurda.

Caracolea y dribla, ponlas mejor que el cuate, córtale los rizos y agarra el banderín. Hasta el serbio de andares Frankenstein las mete para dentro, partimos con +10 con tus roscas de acordeón. Tobillos blindados, pie de bronce, carácter criollo, Lendoiro con ella fuera otra vez. Saca el codo, zancada larga, golpeo seco, un dedo al marcador. Ya se levantan las bufandas, ya el fuego comenzó.

Vení, vení, cantá conmigo, que un amigo vas a encontrar, que de la mano de Emmanuel Culio, ¡toda la vuelta vamos a dar! Vení, vení…

Augusto

Yo vi a Lendoiro.

Yo vi a Lendoiro en la puerta de Os Belés, mirando la calle.

Yo vi a Lendoiro en la Ronda de Outeiro atendiendo a mi cuñado, un señor de Herri Batasuna que hizo parar el coche en el que íbamos sólo para saludarlo. El Presidente le dio un pin del equipo.

Yo vi a Lendoiro sentado al lado de la sala de ordenadores del Café Tortoni, el antiguo Tortoni de San Andrés a la altura de Santa Catalina, un bar que remodeló mi viejo a base de paleta y Ducados. Estaba allí sentado antes de un partido contra el Olympiakos, solo, leyendo la prensa. Faltaban como tres o cuatro horas para que empezase. Alguien llegó y se pusieron a hablar del Liverpool.

Yo vi a Lendoiro gastar ese pelazo juvenil que gasta.

Yo vi a Lendoiro de risas con Beci, que iba medio borracho, y me pareció enternecedor y poético.

Yo vi a Lendoiro poner ojos de animal colocado en alguna celebración, adivinándose allí una expresión que no tienen ni por asomo muchos carroñeros. Amor.

También vi a Lendoiro poner en su sitio a muchos bastardos.

El día que se vaya el Presidente yo seré de la Mafia y si no estoy en Coruña haré por ir para intentar hablar con él, darle las gracias y fumarme unos pitillos debido a la emoción.

El día que se vaya el Presidente estaréis muy contentos pero en vuestras manitas de rata os quedará un tesoro tembloroso que se irá derritiendo y os llegará hasta el hueso.