25 años, 25 frases, 25 fotos

Camina o revienta.

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Vamos a ver, Gonzalo.

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¿Tú quieres el juguete? Toma el juguete, utilízalo bien, y que lo disfrutemos todos.

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Atorrante, esta fue la Operación Avecilla. Empezamos volando bajo y terminamos como el águila, arriba del todo.

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Convencí a Bebeto diciéndole que Coruña era Río y Riazor, Copacabana, y que hacía más sol que en Dortmund.

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Si te lo digo a ti, sabes tanto como yo.

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El que tenía que tirar el penalti era López Rekarte. Él seguro que lo marcaba o le daba a una señora que estaba en la playa.

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Le dije al representante de Flavio: «si no viene al Deportivo, no vuelves a pisar A Coruña». El Madrid ya lo quería entonces, después se lo vendí por 4.000 millones de pesetas.

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Empezamos cenando y terminamos a las 11:30 horas de la mañana del día siguiente.

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Sin riesgo, es imposible despegar.

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¡Barça! ¡Madrid!, ¡ya estamos aquí!

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Decía el hermano Benjamín: preguntas capciosas no.

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A Miguel Ángel Gil: Valía más una mentira de tu padre, que dos verdades tuyas.

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Discutimos por carta, parecemos dos enamorados.

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Las bazas perdidas las regalo, las que tengo ganadas no las suelto y las que están así, así, las peleo.

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Por cierto, el representante de Makaay siempre venía con unas abogadas impresionantes.

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Los tranvías de Durango, ango. Los tranvías de Durango, ango. Los tranvías de Durango, ango. En Durango no hay tranvías. Y se cantaba el carrasclás a continuación. Bueno, pues aquí pasa tres cuartos de lo mismo. Es que no existen los pagarés de Sergio.

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El Deportivo ha hecho más por promocionar Coruña que la Torre de Hércules.

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Un tío mío, cuando yo era un mocoso, me puso el apodo de trinquete porque decía que lo que cogía ya no lo soltaba.

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Este es uno de los partidos que hacen pensar a muchos pequeños como nosotros que pueden llegar a ganar incluso una Copa del Rey al Madrid en el Bernabéu.

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Levabamos 21 anos en Primeira e agora levamos xusto o dobre, 42.

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Yo siempre dije que Valerón era mejor que Zidane, y la gente me tomaba en broma. Como persona, además, un 20 sobre 10.

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Estoy mejor que nunca, como una pelota, rebotando sobre las bandas.

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¿Qué iba a hacer La Voz de Galicia si no tienen mi bulto a mano?

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Nada más sobre este particular.

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Augusto a lo lejos

Era “confianza e historia”. Y a alguno seguro que le faltó tiempo para seccionar las palabras y sacar a relucir la fianza que pagará sin lugar a dudas el Deportivo si no quiere evitar ser más que copas manchadas de los días de vino y rosas. Más que fianza para no quedar preso, el equipo pataleó por meterse en una hipoteca como todo hijo de vecino. Pero Augusto juntó las sílabas para su candidatura y apeló a la fe mesiánica que se le tiene por barrios, los mismos que frente al televisor cierran los ojos en el primer penalti y solo vuelven a abrirlos para ver quien levanta la copa del mundo. De esa brecha entre palabras brotaba que daba gusto la disyuntiva ideológica y Lendoiro las ató a brida, consciente como siempre de lo que supone la distancia.

Existe una generación a la que Djukic le cogió con el bocadillo de mortadela, Sergio chuleando la Trango y la despedida de Lendoiro ojeando twitter en el descanso del café de la oficina. Benditos sean, pues ellos son los de la generación del “presi” y sirven de reflejo a una máxima del deportivismo: ser ídolo o villano es una cuestión del momento en el que te agarren para juzgarte y cuanto tiempo estés dispuesto a esperar; si es el suficiente acabarás por ser ambas cosas. Y si quieres sentirte imprescindible solo tienes que anunciar que te largas.

Las razones esgrimidas fueron que no me miras como antes que significa que ahora hay división en el deportivismo. Con esa echada de capote a la espalda, Augusto desató la tempestad. La verdadera división es la del lendoirismo, críticos fieles que ahora pescan en río revuelto para el busto a su memoria y en el otro bando agradecidos de por vida que van cantando por el paseo marítimo que la bruja ha muerto sin saber aún que ningún urbano les lleva a Arkansas, y a ver si con las obras de peatonalización no acabamos en tercera regional.

Dice que quiere dedicarse a escribir y yo lo propongo desde aquí y ahora para el Herralde o incluso para el Nobel. Que lo cortés no quite lo valiente. ¿Se dedicará a la tragedia griega o a la comedia de sainete? Será un gran columnista, ensayista o incluso un bloguera de moda si realmente se lo propone. Aunque uno sospecha que Augusto quiere escribir poesía, deseoso de arrancarse con poemas facilones copiados a Neruda que nos recuerden con rencor propio que nosotros los de entonces ya no somos los mismos sin él. Ya se adivina la influencia del chileno. A veces, en las segundas partes sobre todo, el Deportivo está tan desnudo que es bello y simple como una de las manos de Lux.

Si mi opinión valiera algo diría en principio que no me lo creo un carajo. Y lo veo como un halago. Siempre le ha venido de fábula que no lo creyeran, fingiendo que era de fiar y desconfiando hasta de las ofertas de móviles de las telefónicas. El ejecutivo que tras mear no se lava las manos pero se arregla el traje; Lendoiro sabe que no hay que escatimar en jabón, pero no tanto por higiene, si no por no dejar huellas.

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Augusto ni siquiera se aferra a ese cariño que le dedican sus fans a sus detractores con el “alguien vendrá que bueno te hará”. Se alimenta de un poquito de odio, lo justo que le queda para el postre después de mojetear en El Manjar. Cuando Oltra triunfal se calzaba la remera del ascenso, Lendoiro sonreía con hartura pensando en el santo que se descarallaba. Y estaba todo bien. Pero mejor estuvo cuando la TVG emitió aquel falso documental de las hordas celestes centrándose en cantar el día de su ascenso que la casa del presidente blanquiazul era poco menos que una whiskería (y qué fácil es a veces hacer feliz a un niño). Augusto reclinado en un sillón lloraba de la emoción, ebrio de euforia.

Hasta los enemigos le supieron a poco. Dejando de lado esos entes abstractos contra los que noquea más entenderlos que arremeter (Hacienda, la AFE, el Vecindario o hasta Francisco González), las verdaderas luchas épicas tuvieron a gente con nombre y apellidos. La primera con el coruñesirmo “Paquito” (como él aprobaría) Vázquez contra el que colisionó en un choque de titanes e iguales que aún no sé como no devino todo aquello en fabulosa estatua bélica al lado de la de María Pita. La segunda vino con la riña de guardería contra un rival menor e irrisorio como fue el director del periódico, demostrando con vergüenza para la prensa nacional que en ocasiones acusaciones de ebriedad garabateadas en los márgenes de un panfletillo guardan más calidad periodística que un diario de tirada autonómica.

En ese sueño de una noche de torneo de verano, quizás desayunando en un chalet cerca de Oleiros, frente a la playa, con el enésimo crack secuestrado en la tumbona de al lado, lo que imaginaba Lendoiro para el Deportivo no se podía explicar en una reunión de accionistas en Nochebuena ni cabía en los planos de Eisenman. Augusto quería encumbrarse, claro. Pero llevando al Deportivo con él. Aunque hubiera que engañar a unos cuantos brasucas de que esta ciudad tiene novecientos días de playa al año aun cuando ven que los únicos quince minutos al mes en los que escampa solo lo hace para coger aliento y llover más fuerte.

Salía en el televisor tiempo ha el expresidente merengue Fernando Martín “El breve” en una parodia deliciosa en la que cada vez que se giraba se le veían siete dagas clavadas en el lomo. Augusto no ha esperado tanto y tras la junta decidió que se largaba antes de que le hicieran el guiñol. Porque el de Corcubión siempre tuvo claro que desde que se hizo del Deportivo (quizás varios años después de entrar como presidente, cuando descubrió lo que realmente tenía entre manos) o cuando hizo al Deportivo hacerse de Lendoiro y con ello auparlo al tren del éxito, aquí se viene a ganar y si no, a que pierdan otros. Y evidentemente él no iba a perder.

Probablemente a Augusto haya que verlo con distancia, habrá que sentarse en frío a opinar sobre él cuando todo haya pasado y decidir si declararlo persona non grata o ponerle su nombre a una puerta. Llegará cuando estemos separando los restos del naufragio o recogiendo la cosecha. A Augusto que lo juzguen cuando muerto, como en Polonia, que solo le ponen estatuas a los que ya han fallecido y las únicas dos personas por las que lo han incumplido es por Juan Pablo II y por Josef Stalin. Será mejor así, no lo suban al caballo aún. Habrá que escudriñar a Augusto cuando apenas se le distinga, cuando sea un murmullo de lo que fue, sus obras y actos marchitos y sobre todo sus consecuencias. Habrá que hacer un balance de pérdidas sobre los ecos que nos deje. Que los habrá, que ya lo decía el chileno: a lo lejos alguien canta. Y cantará, ya lo verán. Y a ver si va a ser Jorge Mendes.

Augusto y Juan Carlos a Contraluz, futuro de subjuntivo

A medida que pasaban los años, la imagen acabó pareciéndole casi el recuerdo de una vida anterior, deformado, disfrazado, con fragmentos olvidados, esa capital de los sueños en la que había vivido, en la que incluso había figurado entre su legítima nobleza. Al principio le había suplicado a Merle, llorando como solo ella sabía llorar, que por favor regresaran, por favor, y él nunca supo cómo explicarle que a esas alturas seguramente la mayor parte del recinto ferial había sido reducido a cenizas, desmantelado, trasladado a vertederos, saldado, destrozado, con el staff y las estructuras de madera a merced de los elementos, de los malos tiempos, traídos por la mano humana, que se habían abatido sobre Chicago y la nación. Al cabo de unos meses, sus lágrimas sólo reflejaban la luz, pero ya no caían, y ella se sumía en el silencio, y éste también, poco a poco, fue perdiendo su matiz de resentimiento.*

*tomado de Contraluz, de Thomas Pynchon.

Dépor – Las Palmas, J22

Jornada 22 de la Liga Adelante 2013-2014. Domingo 19 de enero.

R.C. Deportivo 1 – 2 UD Las Palmas (Luis (p), 9; Nauzet Alemán (p), 14; Aythami, 66)

Vestidos como íbamos, mentalmente vestidos como íbamos a la despedida y al reencuentro y a la protesta, dispuestos a encontrar algún símbolo de grandeza que nos tocase el pecho, como mínimo los ojos o las sienes, así vestidos fuimos el fondo de la foto borrosa del día. Emociones fuertes, nada, agobio. No apetece decir más sobre Lendoiro, que ayer volvió a ganar varias batallas, que muere ganando y en silencio o con You shook me all night long a lo lejos. Valerón volvió a su casa como nuevo, tocó algo de afrobeat con su orquesta morena, levantó la mano, las cejas, apretó los labios en el escenario como queriendo decir qué verde era mi valle. El pueblo, ante estas imágenes, no supo muy bien qué hacer. El vendaval, que es su insignia, fue intermitente. No hizo de cada córner un asedio. Se mostró nervioso durante el partido, gritó en la puerta 0, pero algo no acabó de cuajar. Todo parecía enrarecido.

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En el campo, Seoane, Bezerra y Teles por Laure, Machete y Bergantiños, igual a encías sensibles. Luisiño titular, Domínguez iniciando jugada, y Juan Carlos en el banquillo, con los brazos en cruz, aguantando unos tomos de poesía medieval galego-portuguesa, preguntándose qué ha hecho para que un fumeta con rastas y un insecto palo tengan más chance que él en el equipo. El caso es que un derribo en el área de los amarillos (ayer negros) y penalti a las primeras de cambio, transformado por Luis. El caso es que cinco minutos después penalti de Ínsua enfrente de los Blues y empate. Igualdad en el marcador y en el juego, con un buen Las Palmas y un Deportivo mermado pero tenaz. Si la cosa te aburría, siempre tenías la posibilidad de echar un ojo a las porterías y ver en un lado a Lux y en el otro a Barbosa, sus pelambreras, su estilo cauto elegantísimo. En el descanso, el Presidente bajó al césped a recoger una placa y Vázquez le dijo a Cachicote que se quedara en la ducha pensando en la lentitud. Entró Wilk, añorado. Paulo Teles se metió arriba, dando sensación de poder. Fue una buena noticia. También la de Núñez, quien parecía estar jugando en Craven Cottage. El esfuerzo blanquiazul, sin embargo, no cameló a la suerte, y mediada la segunda parte fue Las Palmas quien se puso por delante aprovechando una serie de rechaces dentro del área. Una nube negra cubría al jugador que acababa de marcar. Era Aythami. Poco después entraba Bastón por Teles, el empate rozaba las gargantas, pero el remar sólo servía para constatar que el equipo está tocado pero es fuerte. Toché y Salomao, primeros refuerzos invernales, se hacían a la idea desde la grada. Grada rota. Vuelta a empezar.

Dépor – Girona, J21

Jornada 21 de la Liga Adelante 2013-2014. Sábado 11 de enero.

R.C. Deportivo 0 – 0 Girona F.C.

Se organizó un funeral con capilla ardiente de cuerpo presente en honor a Augusto César, emperador de los Éxitos y los fracasos, y Juan Emmanuel Culio, decurión de la infantería ligera en las Legiones del Norte. Y lo cierto es que nadie pensaba en un partido contra el Girona cuando tantas y tantas cosas están pasando en el entorno del club en las últimas fechas.

No fue mejor el Deportivo frente al Girona, equipo estándar de Segunda que cedió el balón, plantó sus fichas en el tablero y consiguió que se jugara a lo que querían. Hubo alguna buena ocasión, alguna buena parada de los dos porteros, alguna buena jugada de Rudy y algún naufragio sonado. El partido de los determinantes indefinidos. Nada que añadir.

Aún así hay que alabar tanto el campeonato de invierno más extraño que se recuerda como el rendimiento del equipo de un tiempo a esta parte. Serio y concentrado, sigue sin conceder goles y le cuesta hacerlos, pero consigue puntos. Pocos, pero. 6 de los últimos 15. Líderes, sensación extraña, por atrás se escucha el galope del Zaragoza. Bueno.

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Real Jaén – Dépor, J20

Jornada 20 de la Liga Adelante 2013-2014. Domingo 5 de enero.

Real Jaén 0 – R.C. Deportivo 0

Lo peor que nos podía pasar después del parón era ir a jugar a Jaén. El Estadio de la Victoria potenciaba el sabor a hundimiento dejado por el adiós de Lendoiro y por la más que posible marcha de Culio, sendos mazazos al esternón blanquiazul de estas rancias fechas. El Deportivo se plantó en un escenario podrido, de los que hacen daño a la vista, contra un rival del que no queremos saber nada, allí se plantó el Deportivo para hacer lo de siempre. El partido resultó igualito a su olor previo, ofreció poco, mucho si nos ponemos en la piel del entrenador, que ha estudiado muy bien la categoría y ve cómo su ejército no se descompone. La primera parte tuvo olor a Laure. A sus carreras de obstáculos. Jugó Núñez. Hubo algún córner, y un lanzamiento directo de Culio que no fue gol por poco (bien René, su portero con cara de pájaro). Podías prestarle atención a otras cosas: un pitillo, más cervezas, voces que llegaban de la puta cabalgata. Podía pasar el tiempo, sin más, casi ganando, casi perdiendo, empatando levemente, líderes en las sombras. Es entendible. Muchos queremos arrancarnos la cara a zarpazo limpio, morir, no ver que ya no seremos aquello de antes.

Descanso. Más o menos. Bien? Vale, estrategias: moverse poco. Hacer poco. Arriesgar poco. Sumar lo suficiente. Hay temporal, moverse poco. Escapar de la violencia. Quedarse quieto bajo la tormenta, protegido por la uralita. Pánico al movimiento. Fernando Vázquez está en la casa. Deportivo zen. La segunda parte dejó casi lo mismo, pero entraron Luis y Juan Carlos. Otro lanzamiento de Culio pudo ser gol, y René de nuevo, esta vez sin alas pero con cara o polla, no lo sabemos. Tuvo alguna el Jaén, poca cosa, pensaban que a balón parado sí. Tal vez. Fin. Hacemos cosas bien, pero la parroquia tiene dudas, pues vive amargada por el papeleo y los adioses, tiembla. Podemos confiar pero no tenemos muchas ganas. La cabeza llena nos huele a cemento, masa deforme como su estadio. Miramos al cielo y esperamos, en brazos de un extraño. Enero lúgubre. Cábalas y ceniza. Luisinho, baja ante el Girona.

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Dando vueltas a la plaza

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De brazos cruzados en el Consejo. Pucho Boedo. El ojo injertado por un plato de calamares. Fenomenal reinterpretación de «El Partido con paredes de vidrio», pues mucho aprendimos de Cuba.

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Sobremesa tranquila. Colosal conocimiento refrendado por jueces, traficantes, repartidores de pizza. Saber estar muy de aquí con la dosis exacta de cosmopolitismo. Los Sírex. Los gozos y las sombras.

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La diplomacia, el debate, las picotas, las tiritas, la superficie de todas las cosas. Unas amebas engullen poco a poco la melena de una medusa. Quedémonos estetas. Importante.

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Izquierdistas en la lona, sacaúntos, inspectores, amaviscas, rotativas, cuervos. Hagan juego. Estriñan sus lenguas hasta que la última palabra sacuda el suelo.

El machete entre los dientes

A éste los veranos le cogen que no sabe si meter en la maleta la ropa de invierno o de verano, si las palas o las espinilleras, que si el paraguas o el bañador. Pero en Coruña aún no se había ni propuesto descongelar el refrigerador y el FIFA14 no bajó a comprarlo porque a Carlos Marchena estos pasatiempos modernos le parecen de niñatos de la sub-19, deseando que acabe el partido para sacarse una foto en la cabina del avión y meterla a Instagram. Y eso a él se la trae al pairo, o peor aún, lo devuelve a algún verano de Las Cabezas de San Juan, a una mesa de bar rezando porque llegue la fresca y tocar balón o espinilla, con unos naipes raídos en la mano y palillo entre los dientes, que si no fuera por el 35% de paro veríamos un retrato perfecto del lejano oeste y a Marchena en el papel de sheriff de permiso.

Y todo va en la sonrisa. En la sonrisa de hijo de meretriz. Olviden la dulzura, Marchena si abre la boca es para enseñar los dientes, casi como recurso literario de uno al que no le apetece hablar pues se sabe esclavo, en este país de portada y portería, de cada fonema. Sonrisa como vía de escape del que acaba de intentar quitarle una legaña al delantero con el codo y es más listo que aquel Juanma que levantaba los brazos con circense gesto infantil para decir que él no había empezado la riña. A éste le sobran escuelas y pasantías y ya lo único que se otorga cuando no quiere conceder ni una palabra (porque sabe que ninguna palabra podrá salvarlo) es cerrar esa sonrisa carente de todo tipo de empatía y poner un gesto serio, maduro, con tanta seguridad en sí mismo que a veces parece que el árbitro busca su mirada de aprobación para preguntarle intranquilo si puede continuar con el encuentro.

En esa sonrisa franca de Marchena se ahogaron mil naves y otras tantas rodillas. Arizmendi lo vigila desde una esquina del vestuario y aún se pregunta cómo no le descorchó la cabeza hace ocho años, que como pudo dar un golpe tan preciso y que todo siguiera en su sitio y precisamente por eso fue, quizás, que lo pillaron.

Tiene las gónadas peladas, no por coquetería si no porque hasta el pelo le saltó de la mala hostia. Tanto daño quiso hacer que hasta se convirtió en talismán cuando llevábamos años pensando que todas esas victorias ante San Marino o Malta eran porque Su Alteza Real se dejaba caer por el palco. Tanto daño quiere hacer el sevillano como tanto amor acaba provocando. Ahora que nos rasgamos las vestiduras con tanto seny, tanto savoir faire, fair play y demás bullshit del fútbol moderno, nos olvidamos de que el fútbol se inventó para saber cuál de los dos pueblos de mierda colindantes tenía a los habitantes con la chorra más larga. De esta estirpe de la bronca, de la pillería barata y del tocar los testículos ajenos con voluntad y premeditación (que románticamente salva un Diego Costa admirable en esta generación) nos parió con dolor el estado a este Carlos Marchena al que ves como clava la cabeza desde un córner en una carambola al gol y busca la mirada de todos los contrarios mientras vuelve a su campo a paso adagio y el público se extasía, gritándole y amándole a la vez, pues a los rivales a los que más se adora es a aquellos que ves que usan las cloacas de la cancha para colarse hasta la portería o para esconder los cadáveres, los que mandan callar, los que meten la pierna o la mano en el punto muerto de visión del árbitro. En la biografía que le escribirán a Iago Aspas se reconocerá que fue Marchena quien le tiró un besito desde el suelo y que veinte años más tarde en su ranchito de Moaña aún no podrá explicar cómo cayó en el embrujo.

Está ahora mismo conectando el deshumidificador, que aún no se ha hecho a estas latitudes y eso que viene por el jornal, por dar las gracias, porque si el Deportivo le buscaba cuando estaba en la élite, ahora siguió confiando en él, como quien se va con una exnovia gordita diez años más tarde porque se acuerda de lo bien que se movía en la cama y con esta decisión arriesgada logra pegarse los polvos de su vida. Viene por menos de lo que merece porque a Carlos Marchena, con tener un balón y la posibilidad de hacer el mal durante 90 minutos con él, el resto le da absolutamente igual.

Saltaba al campo ante el Alcorcón entre bufidos de una grada que más que el fútbol le gusta desconfiar. Otros aplaudían a rabiar y los titulares escupían a la mañana siguiente: «no se pasen, no le aplaudan de más». Aplaudir de más, claro. Lo que había que hacer con Marchena es ir a buscarlo a la salida con un fajo de billetes y números de teléfono y decirle que esa noche ya tiene todo pagado desde la calle de la Torre hasta el puente del Pasaje, que vaya preparando hígado, nariz y pene y luego dejarle que te mire a los ojos con condescendencia de sheriff saliendo del Saloon, que maneja el machete como los indios a los que dispara, y te diga «mira chaval, a Noé le vas a enseñar tú lo que es la lluvia» y te firme un autógrafo en un billete de cien mientras no cierra la sonrisa ni a tiros.

«¿Tú y cuántos más, tolai?»