Sevilla – Dépor, J33

Jornada 33 de la Liga BBVA 2015-2016. Domingo 17 de abril.

Sevilla C.F. 1 – 1 R.C. Deportivo (Iborra, 20; Oriol Riera, 80)

Al Pizjuán llegamos, como un burro atontado girando en la noria, sin objetivos. Por el Pizjuán caminamos sin rumbo y con una línea de cinco que no sirvió de nada delante de un Sevilla que jugaba a medio gas después de la paliza europea. Nos metieron un gol. Llorente, al que casi revivimos si no llega a ser por su ineptitud delante de Manu, tocó e Iborra remató con violencia. Todo mal. Vimos a Lucas correr como un loco detrás de los pases horizontales que se daban Kolo y Carriço. Poco más vimos, quizás un buen rendimiento de Fayçal y a Luisinho de capitán general del desguace. Pero todo mal, fatal. Sin ambición, como si Víctor Fernández estuviese delante de Barritos con los brazos cruzados y apuntando gilipolleces a los centrocampistas. Con Navarro, que lleva dos meses dando pena, volcándonos sobre el lado oscuro de nuestras psiques. Con Lopo haciendo de escudero mediocre. Todos con los ojos vacíos y las piernas imprecisas. Los minutos iban pasando y nos pasaron un dato:

El Deportivo sólo ha remontado un partido a domicilio en sus siete últimas ligas de Primera: 2-3 en Son Moix el 31 de marzo de 2013

Sobrecogedor. Volvimos al partido. Cani, que había salido en la segunda parte por Luisinho para devolver al Dépor su dibujo tradicional, acumulaba papeletas para protagonizar un especial satírico en el nuevo número de nuestro fanzine. Un espectáculo terrible, pero el Sevilla no sentenciaba y parecía confiar en la inoperancia de su rival para llegar al final del choque con poco esfuerzo y tres puntos en el peto. El Deportivo se aprovechó. Sin apretar, sin revolución, pero se aprovechó. Oriol Riera, en el campo desde el minuto 51 por lesión de Luis Alberto, chutó a la red un precioso pase de Lucas, el único vivo de la escuadra junto con Sidnei

Sidnei está fácilmente en el TOP 5 de negros de nuestra historia

para así poner un empate en el marcador que ya no se movió y que sabe a gloria viendo las prestaciones de los de Sánchez del Amo en el feudo hispalense. El burro, que llegaba sudando y con las patas vendadas, se dio cuenta de que allí, bajo el sol y frente a las sevillanas con sus abanicos, no había pena de muerte. Tirado en el suelo, sonrió, y vio la salvación a un paso.

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Berenguel del Pino

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Qué manera de correr, perseguido por los perros, Héctor Berenguel del Pino, que respiraba el óxido aquel de alambrada en la silueta de los invernaderos. Eran las seis de la tarde. Se adivinaba ya el galopar amorfo del futurista lateral, jadeando a diez metros de los vigilantes, que con sus bocas repletas de baba acechaban al chico melenudo levantando polvo y virutas de metal. Echar un ojo al océano de plástico podía salir caro. Héctor lo sabía pero allí que se iba, desoyendo los consejos de su tío Horacio, buen conocedor de la oscuridad que escondían algunos rincones de la Almería intensiva. “Agárrate el culo en la charcutería hasta que salga tu padre de trabajar”. Ni caso, bicicleta y kelmes azules para galopar teñido de ocre, saltando socavones, formando la figura con la que años más tarde graznaría en lugares como Elche, Sevilla o Coruña. Y es que los lugares inhóspitos merecen buenos trastos que los recorran, trastos a medio hacer con vacíos en sus maquinarias que queden bien en medio del páramo. “Por el pan baila el perro”, se repetía el chaval sin entender el dicho, refugiado ya en la gasolinera donde repostaban los camiones llenos de melones, sandías, chopped y gasofo. Miguel, conocido por ser el gasolinero que más pitillos fumaba en todo el Campo de Dalías, salía de la garita con cara de mala hostia. “A entrenar hoy va mi prima!”, le espetaba al niño que subido a la bici salía ya a todo meter por la carretera, desconfiado y sufridor. Entrenar le gustaba pero la cabeza se le iba de cuando en vez a Playa Mojácar, lugar de veraneo de la familia Berenguel donde adolescentes inglesas acompañaban aburridas a sus padres, llenando el cosmos de Héctor de pantorrillas blancas y dientes sudorosos. Ojalá besarlas. Ojalá olvidarme de mi cuerpo. Pero aquello que era chaparro parecía servir en el campo de fútbol: carrera atolondrada pero intensa, frenada en seco y disciplina unilateral, cualidades que llevaron al encorvado almeriense a iniciar una carrera que, aunque discreta, dejó para el recuerdo 80 partidos como blanquiazul, ocupando una posición que en el Deportivo reciente es igual a droga dura: lateral derecho. Manuel Pablo, López Rekarte, Scaloni, Laureano Sanabria, elenco cubista que tuvo a Héctor como invitado durante seis años en los que nos deleitó con torsiones inconcebibles y centros precisos directos a nobles cabezas. Escorzo amorfo, pelo medieval. Un icono del pasado al que nos agarramos con dulzura, un futbolista de una clase hoy prohibida, la de los abruptos sin peinados, la de los Joma sin suela y sin publicidad en la raja del culo. Aún hoy, en el bar Puerta del Sol, algunos viejos salen renqueantes tras sus sombras y exclaman bajo un cielo partido “carallo se era feo, o desgraciado!”