Dépor – Getafe, J36

Jornada 36 de la Liga BBVA 2015-2016. Domingo 1 de mayo.

R.C. Deportivo 0-2 Getafe C.F. (Pedro León, 41; Vigaray, 85)

Llegó el Getafe y cundió el pánico. Vaya si cundió. Nos decíamos los unos a los otros en nuestras conversaciones previas: que no cunda el pánico. Nos instábamos a evitar el miedo, nos empujábamos a obviar lo que ya estaba ahí. Escondíamos la realidad tras un empate ficticio que nunca llegó a suceder, porque llegó el Getafe y cundió el pánico.

Pedro León, Sarabia peinado como un puto guay, Alvarito el delantero sin gol y una tribu de randoms de los que nadie se va a acordar en tres temporadas. Pánico. Juan Rodríguez en la segunda parte para proteger en el marcador. En ese momento es cuando te das cuenta de que estás en el bando equivocado, de que la batalla está perdida y no tiene sentido más pánico. Pero el pánico no cesa.

El partido tuvo todo eso que tienen los partidos de las últimas jornadas. Ninguno jugó bien, ninguno creó demasiado peligro, ninguno falló demasiado y pocos acertaron con cierta frecuencia. Nadie se siente bien en el pánico y, aunque nosotros llevamos qué sé yo cuántas temporadas seguidas sumergiéndonos en él, seguimos sin sentirnos bien. Jugarse el pánico contra el Getafe, qué buena idea.

Al final el marcador lo decidieron los porteros. Pudo ser un empate, pero Guaita estuvo muy bien y Manu estuvo como siempre, espeso como su barba, tembloroso, ineficaz. Desde luego no se le puede culpar de la caída en picado del rendimiento del equipo, pero su contribución a la tabla de clasificación ha sido prácticamente la misma que la del gordo de la Domus.

Y ahí estamos, agarrados a Fede Cartabia y rodeados de pánico. Enfangados nuevamente en una semana ruidosa, tratando de difuminar las culpas, señalar a los mercenarios y ajusticiar a los culpables. Algunos jugadores no sienten los colores. Es que se habla de todo menos de nuestro próximo rival. Échale huevos, Dépor, échale huevos. Tertulianos y aficionados de la mano, preocupados por lo que se preocupan los tertulianos y los aficionados. Como si eso ayudar a evitar el pánico. Como si eso tuviera algo que ver con conseguir el punto en el Madrigal. Como si fuéramos importantes.

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Dépor – Mirandés, 1/8 Vuelta CdR

Consulta las puntuaciones de los jugadores aquí:

Manu Fdez. 2 picas. Se despidió de la afición que le vio aprender a vendimiar con una actuación sobria y estoica. Supo aguantar los silbidos de los Blues cuando le apremiaban a sacar de puerta. Intentó capturar esa pitada como un souvenir sólido de su regreso turístico a Coruña. Pudo haber hecho algo más en los dos primeros goles del Mirandés. Se me ocurre, no sé, pararlos.

Laureano. 4 de trébol. No se volverá a afeitar, lección aprendida.

Lopo. 20 de Abril del 90. Hola, chata, cómo estás. Te sorprende que te escriba, tanto tiempo, es normal. Pues es que estaba aquí solo. Me había puesto a recordar. Me entró la melancolía y te tenía que hablar.

Robespierre. 1758-1794. Fue uno de los más prominentes líderes de la Revolución francesa, diputado, presidente por dos veces de la Convención Nacional, jefe indiscutible de la facción más radical de los jacobinos y miembro del Comité de Salvación Pública, entidad que gobernó Francia durante el periodo revolucionario conocido como el Terror.

Luisinho. Dorsal 16. De manga corta y con guantes pero con una camisa de fuerza en su espíritu. Julius murió a los dos meses de que lo internasen, no permitamos que pase lo mismo con nuestro Luis.

Juan Domínguez. 4’9999999 sobre 100. Confuso. Hiriéndose a sí mismo. Me hace sufrir mucho. Ayer llevé pantis debajo de los vaqueros para no pasar frío pero ni con esas. Cada vez que miraba a Juando me invadía Siberia. Le miré a los ojos desde Pabellón Inferior y vi cómo colgaban de ellos dos lágrimas congeladas, como si fuese un árbol de Navidad. Me parto en dos.

Pedro Mosquera. Sucesión de Fibonacci. Jugó bastante bien, se habría acoplado a la perfección a la maquinaria mirandesa.

Jonás Gutiérrez. Revolution #9. Funciona de modo análogo a la homeopatía. Jonás corre, brinca y gira sobre sí mismo para diluirse en el césped y combatir así a los miasmas. Y tiene, exactamente, la misma eficacia que la homeopatía.

Federico. II el Grande. Forma una continuidad casi perfecta con Luis Fariña. Es como si uno nunca se hubiese ido y el otro ya hubiese estado aquí cuando VF. No sé, es muy complejo, no me pidáis que me posicione aquí.

El Míguel. 6’95€. Su brunogamismo se atenúa con el paso de los partidos. Cumplía magistralmente la función de jugador número 26 del equipo y ser el 19 le está lastrando. A veces hay que retroceder para tomar impulso.

Origol. 10/10. Oriol todo no lo puede hacer. No, detente ahí. Mira, Oriol no lo puede hacer todo. Oriol todo tampoco lo va a hacer.

Luis Alberto. 20.000 leguas de viaje submarino. Oriol bastante hace, queréis que haga todo y eso tampoco puede ser.

Álex Bergantiños. 7. Estrelló un balón a la escuadra para que fuese imposible ironizar sobre su hombría en Matadero. Es majísimo y debió haber salido de inicio.

Lucas. **. Descubrimos que puede autopropulsarse rosmando. Como un tenista cuando grita al golpear la pelota, pero durante todo el partido. Adquiere velocidades de vértigo a partir del aire que expulsa cada vez que rosma. Fede lo sabe y por eso no le respondió a ninguna de las 10 o 12 amenazas de muerte que le dedicó a lo largo de la segunda parte.

Víctor Sánchez del Amo. Sin calificar. Apenas entró en juego.

Equipo arbitral. Linier calvo para no perder la costumbre. Sencillez y buenhacer, qué más se puede pedir.

1 1 1

Dia das Peñas

Aí chega Rosa, a perruqueira, casoulle a filla. Ven da man de seis gaivotas que a deitan na porta d’O Roxo, ateigada de vellos que brindan con cuncas douradas. Rosa recibe mil bicos que a deixan nunha nube, como cando ía á verbena do Castrillón, cuarenta anos atrás, e fumaba as primeiras veces.

Aí chega Amador, o carniceiro da rúa Primavera, subido na Rieju do seu irmán. Vense cagando no demo e pita tres veces cando cré ver a Mauro Silva disfrazado de municipal, Ronda de Outeiro 272, vento frouxo. Peñistas de Vila de Negreira súbense aos teitos dos urbanos, que carretan empanadas e baixan a ronda facendo eses. Berran, tentan establecer contacto coa xente dos Mariñeiros, que non fai caso porque o mural de Mohammed Ali que teñen na praza acaba de poñerse a falar, dando resultados da temporada 72-73.

Aí chega un zeppelin desde Sorrizo, un vagón orfo desde Uxes e un trailer desde Larín do que baixan cen nenos facendo o que fai Fayçal cando marca un gol. Á Peña dos Camareiros Escépticos non lle fai moita gracia o asunto, e dedican as horas previas ao partido a calcular en que xornada o equipo estará matematicamente descendido. Chegan do mar, chegan do rio, chegan da aldea, chegan famentos. Aí chega Alvarito. Aí chegan os de Cedeira, todos borrachos e desquiciados porque Luisinho non vai convocado. “Pra iso fixemos as putas caretas!”, berra un deles desde un tellado da Falperra. As rúas elévanse petadas polo fume das brasas e os de Carballo aproveitan o momento pra se lanzar a rolos pola Avenida Finisterre, que co chimpo alcanza unha pendente case vertical. Aí chega o meu pai, membro da peña dos que deron as costas, coa súa Ford Transit cuberta por unha bandeira branquiazul.

Eirís, Monelos, Meicende, fábrica de tabacos que trema cando é invadida pola peña dos que levaron golpes na cabeza. Dia grande. Dia dos que en irracional compaña penduran do sol, beben, fuman e comen. Dia dos namorados sen cabeza que rodean Riazor. “Por favor, facédenos caso!”, mentres Beci, convertido nun gato de nove metros por nove, mastica herba nun parterre da rúa Gran Canaria.

Que pensará de todo isto Manuel, que con toda a paciencia do mundo coloca as chapas de Songo’o, de Nando, do Oza Xuvenil, do Sin Querer na súa boina lexendaria? Que pensará el, que non ten mais peña que o seu amigo Fernando? Mira pola xanela e conecta astralmente con Lucas Pérez, que levita hiperconcentrado sobre o monte de San Pedro. É momento de marchar pra o estadio polo camiño de sempre e de que Laure toque na frauta esa sonata que baixará da burbulla á estrela do equipo. Fayçal acompaña a melodia con cancións do deserto. O grupo está. Sidnei quéimase a pel con unha vela e ve que resiste. O grupo manda, o grupo respira coa cidade. Chegan dos eidos, das tabernas, do interior dos motores e dos peixes e das farolas. Falan con linguaxe simple. Quedan tres horiñas. Ide recollendo.

Berenguel del Pino

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Qué manera de correr, perseguido por los perros, Héctor Berenguel del Pino, que respiraba el óxido aquel de alambrada en la silueta de los invernaderos. Eran las seis de la tarde. Se adivinaba ya el galopar amorfo del futurista lateral, jadeando a diez metros de los vigilantes, que con sus bocas repletas de baba acechaban al chico melenudo levantando polvo y virutas de metal. Echar un ojo al océano de plástico podía salir caro. Héctor lo sabía pero allí que se iba, desoyendo los consejos de su tío Horacio, buen conocedor de la oscuridad que escondían algunos rincones de la Almería intensiva. “Agárrate el culo en la charcutería hasta que salga tu padre de trabajar”. Ni caso, bicicleta y kelmes azules para galopar teñido de ocre, saltando socavones, formando la figura con la que años más tarde graznaría en lugares como Elche, Sevilla o Coruña. Y es que los lugares inhóspitos merecen buenos trastos que los recorran, trastos a medio hacer con vacíos en sus maquinarias que queden bien en medio del páramo. “Por el pan baila el perro”, se repetía el chaval sin entender el dicho, refugiado ya en la gasolinera donde repostaban los camiones llenos de melones, sandías, chopped y gasofo. Miguel, conocido por ser el gasolinero que más pitillos fumaba en todo el Campo de Dalías, salía de la garita con cara de mala hostia. “A entrenar hoy va mi prima!”, le espetaba al niño que subido a la bici salía ya a todo meter por la carretera, desconfiado y sufridor. Entrenar le gustaba pero la cabeza se le iba de cuando en vez a Playa Mojácar, lugar de veraneo de la familia Berenguel donde adolescentes inglesas acompañaban aburridas a sus padres, llenando el cosmos de Héctor de pantorrillas blancas y dientes sudorosos. Ojalá besarlas. Ojalá olvidarme de mi cuerpo. Pero aquello que era chaparro parecía servir en el campo de fútbol: carrera atolondrada pero intensa, frenada en seco y disciplina unilateral, cualidades que llevaron al encorvado almeriense a iniciar una carrera que, aunque discreta, dejó para el recuerdo 80 partidos como blanquiazul, ocupando una posición que en el Deportivo reciente es igual a droga dura: lateral derecho. Manuel Pablo, López Rekarte, Scaloni, Laureano Sanabria, elenco cubista que tuvo a Héctor como invitado durante seis años en los que nos deleitó con torsiones inconcebibles y centros precisos directos a nobles cabezas. Escorzo amorfo, pelo medieval. Un icono del pasado al que nos agarramos con dulzura, un futbolista de una clase hoy prohibida, la de los abruptos sin peinados, la de los Joma sin suela y sin publicidad en la raja del culo. Aún hoy, en el bar Puerta del Sol, algunos viejos salen renqueantes tras sus sombras y exclaman bajo un cielo partido “carallo se era feo, o desgraciado!”

Curva robada

Por momentos algo parece rugir ahí arriba, diez metros por encima de nuestras cabezas. Pasa una gaviota y huele a ensamblaje de otro tiempo que enternece y hace un cuello mejor, más fundido con ese cuerpo chorreante que la historia del estadio reclama. “Es un ambiente raro. Todo parece como muerto, o por lo menos es obvio que algo no funciona. En determinados lances algo crece, pero vuelve a caer a toda hostia.” Y muros gigantes entre las gradas. Chicos muy jóvenes jaleando desde abajo, en General. Gafas horteras, chicles, amor bajo un código que no entiendo. Pocos cigarros y menos porros. Un cachas con la cabeza rapada y tatuajes acelera el ritmo, agita los brazos mientras mantiene un gesto de desaprobación constante. Mira a todos esos chavales que ocupan inquietos el lugar donde antes rosmaban el esquelético Jimmy, el insomne Narciso o el mastodonte Meixide. Poca o nula esperanza, pero el balón, dicen, cuando entre el balón. A cinco metros del cachas desolado berrea otro chaval, peinado moderno con flequillo y chaqueta casual, y éste sí que va en serio. Todos los domingos voy a Riazor, a pleno pulmón, como si hubiese algo que rescatar de las catacumbas en Manuel Murguía, como si hubiese que sacar la carcasa de Riazor Blues del mismísimo infierno. No te rindas porque… La grada de Pabellón responde con menos fuerza que un pedo de Juan Domínguez. Agrietados todos, vemos cómo se mueve Fajr entre líneas, tragamos silencio. Volver al estadio tras catorce meses fuera de casa me está provocando mareos. “Los colores”, dicen, “no te gustan los colores”. Es verdad. La remodelación del campo, esas pantallas, la hierba en lugar de las pistas, los colorines azucarados… todo es muy desagradable. La megafonía es la peor mierda que uno se puede tragar. Aplausos tímidos. Todo en su sitio, como en el Sieiro, que ahora tiene también luces estroboscópicas y pantallas de puta madre por ahí repartidas, todo blanco, plano y aseadito como unas botas fosforitas a las que ya no se queda pegado ni el césped húmedo tras una sachada, si es verdad que el césped sigue húmedo como dicen y no es ya algo más, menos bruto. Curva robada, pues. Y la gaviota que sobrevuela Preferencia es un cuervo hinchado con los ojos ardiendo y por qué no habré aprendido a morir antes, asimilando el vacío. Clavo los codos en la barra de un bar de la Ciudad Vieja: “te lo dice un lendoirista, yo al principio me cagaba en la nueva directiva pero ahora hay que decir que lo están haciendo bien, el estadio quedó bien chulo y la plantilla ilusiona bastante.” Cruzo las piernas en la terraza, echándome para atrás: “llevamos unas cuantas temporadas en plan esquizofrénico, la gente está rota, hace falta un poco de tranquilidad y que entre el balón.” Miro hacia la izquierda y veo a Cartabia sobando el pico del área, pero el balón no entra. Riazor vuelve a esbozar una sonrisa pero la comunión no está. Aun así, me emociona ver que en el entrecejo de Ignacio, compadre de fondo, una fuerza sigue tratando de enchufarlo todo alrededor, un impulso que le pone chándal a Víctor Sánchez del Amo y abre en canal la macropantalla, que cae hecha trizas encima de los adolescentes de Pabellón. Ahí están, llenos de sangre y virutas de plasma. Ignacio me saca una foto mientras me ajusto las gafas para divisar mi antigua localidad. Veo al tío que se fumaba los petas en el descanso, siempre acompañado de su novia, pero no al paisano de la boina llena de chapas. Las tenía hasta de Jokanovic, y en sus ojos se adivinaba ya un desastre. Bajaba las escaleras como hastiado y eso que aún no gastábamos colorines. Voy al baño, me sube el hachís. Vuelvo a la grada y le digo a mi compañera que me siento liberado, que ya no le tengo miedo a la desafección, que por lo que a mí respecta ya pueden poner hasta hologramas en el césped, que hay que aprender a asumir que todo acaba y que a los borrachos nos abrazamos así como a las broncas y a las deudas. Ni un rizo de humo. Limpieza patrocinada. Me paso el partido buscando detalles que me salven la visión, pero no lo consigo y caigo en una poza melancólica desde el mismo instante en el que salgo por la Torre de Marathon hasta que me encuentro, ya de madrugada, con los camaradas del matadero. Estoy fuerísima, no hay quien me saque de la dimensión a la que accedía ya por la mañana, cuando no veía ningún fogonazo prepartido por las calles. Alguien repite lo de la pelota que entra y cambia el canal, letanía, asiento y dibujo las imágenes que quiero pero de repente me veo en el ascenso vazquista intentando colgar farrapos de las ventanas que decían “UN DE NÓS” o “CURVA DELIRIO” pero que no se leían y acabaron por caer al pavimento sirviendo de alfombra a aquella procesión descafeinada. Me despido del matadero y en el camino a casa quiero tirarme a los brazos de un viejo que lleva una camiseta verde de las de Feiraco amarrada al cuello. Oler esa piel pergamino y que me diga cuello, chaval, cuello chorreante, cuello pegado al pecho, nexo que no hay dios que funda.

Vomito blanquiazul y se lo traga todo

Él me habla de judíos. Yo le hablo del Dépor. Parece israelí, de hecho, lo confunden por la calle y en los bares, pero es catalán. La primera vez que lo vi me dijo que toda su vida la había vivido sobre mentiras, que se había ido a Tel Aviv el año pasado porque estaba enamorado de una. El vómito lo recoge del suelo. Se lo lleva a la boca directamente desde la plaqueta sucia del baño, lo acumula en sus dedos larguísimos, lo sorbe con interés y luego saca la lengua diciendo “mira, ni una gota”. Un catalán de Santa Maria de Palautordera es la pileta en la que echo toda la mierda deportivista que se me acumula en el cuerpo. Le interesa muchísimo, me acompaña en las jornadas y se preocupa muy honestamente por el devenir del equipo. Aquel partido mañanero contra el Málaga lo vimos sentados en el baño de la casa de un amigo después de una noche de drogas infernal. La gente iba entrando para mear y todos se preguntaban qué hacíamos allí clavados, comiéndonos el portátil. “Fútbol”, decíamos. “El Dépor”, decíamos, y hubo uno que dijo algo así como “¿really?” y a los dos nos dieron ganas de aplastarle el esófago.

Vivir en una ciudad como Berlín y que te guste el fútbol no es agradable, menos si eres del Deportivo. Durante los más de tres años (con cortes) que llevo en esta ciudad no he encontrado una puta oreja a la que le entre ni el más mínimo relato acerca de esta pasión. Sacas el tema y todos te miran, es sabido, con esa condescendencia imbécil acompañada de risita y hasta luego. Mierda pura. Pero ahora tengo un socio. Uno que, después estar horas fumando petas y contarle mil historias sobre Lendoiro llega al día siguiente y te dice que por la noche se puso a leer mil historias sobre Lendoiro. Siendo como es medio hincha (disculpad) del Barcelona todo esto es muy de agradecer. Otros barcelonistas te tratan como Cáritas y se adentran en terrenos pantanosos de los que luego salen pringados hasta las cejas. Él no. Con sus ojos de cernícalo que hace guardia en el Monte del Templo atrapa las sombras de un pasado cuya magia volteo. Arsenio, Stoja, Djalma, los coches tristes por Juan Flórez, las cervezas vacías, a todo le hace un hueco. Ahora vivirá el drama o la salvación, se sentará conmigo a cualquier hora para oír cómo me cago en todos los santos. Será, si me esfuerzo, uno más. Me dejaré la piel, la cabeza, me verá arder. Será mi lugar en el estadio, será el viejo de la boina con las chapas, la visión de los Blues, el olor cargado al entrar por la puerta 11, la Curva Delirio, tan maltrecha, pero que aún se agita. En el próximo partido agarraré su chaqueta porque es muy jodido estar solo. Los nervios se cuecen y la mala hostia cruje teñida de anhelo. Le hablaré de lo que es saltar sudando como un payaso, solo, solo y más solo en tu color, en tu puta cueva, lo que es encarar un pasillo sin luz y echar de menos tantas cosas. Le diré que en el futuro nos sentaremos allí y fumando unos cigarrillos veremos a mi gente temblar.

Captura de pantalla de 2015-05-11 18:30:43

Pánico

¿Y tú? ¿Qué tipo de club quieres ser? ¿Hacia dónde quieres avanzar? ¿En qué quieres convertirte?

¿Y tú? ¿Bojan, Jonas o Mitroglou? ¿Zuculini? ¿La cuarta, la quinta o la sexta opción?

¿Y tú? ¿Entregarle el equipo a Jorge Mendes? No, no, eso por ahora no.

 

No es cuestión de nostalgia, de verdad que no. De verdad que quiero que las cosas cambien, que es bueno que hayan cambiado, para ir decidiendo poco a poco qué tipo de club queremos (¡podemos!) ser. Pero también creo que este equilibrismo, este continuo tirar por el camino del medio, este centrorreformismo eterno no es bueno para nadie.

 

Mientras tanto, las palabras de meses, espesas y grandilocuentes, resonarán en el vacío del recuerdo. Y no hay nada que nos dé más miedo que el vacío, porque es de dónde venimos.

el vacío