Elche – Dépor, J34

Jornada 34 de la Liga BBVA 2014-2015. Miércoles 30 de abril de 2015.

Elche C.F. 4 – 0 R.C. Deportivo (Jonathas, 6; Lombán (pen), 20; Pasalic, 54; Garry Rodrigues, 91)

I will not outlive my father.
I will not outrun my debts.
I will only serve to embody each of your regrets.
I am made of broken promises, and I owe them to you.
I am a list of failed romances, won’t you kill me with the truth.

With every passing day that ends up the same,
I’m waiting for silence, I’m waiting for the end.

I give up.

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25 años, 25 frases, 25 fotos

Camina o revienta.

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Vamos a ver, Gonzalo.

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¿Tú quieres el juguete? Toma el juguete, utilízalo bien, y que lo disfrutemos todos.

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Atorrante, esta fue la Operación Avecilla. Empezamos volando bajo y terminamos como el águila, arriba del todo.

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Convencí a Bebeto diciéndole que Coruña era Río y Riazor, Copacabana, y que hacía más sol que en Dortmund.

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Si te lo digo a ti, sabes tanto como yo.

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El que tenía que tirar el penalti era López Rekarte. Él seguro que lo marcaba o le daba a una señora que estaba en la playa.

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Le dije al representante de Flavio: “si no viene al Deportivo, no vuelves a pisar A Coruña”. El Madrid ya lo quería entonces, después se lo vendí por 4.000 millones de pesetas.

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Empezamos cenando y terminamos a las 11:30 horas de la mañana del día siguiente.

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Sin riesgo, es imposible despegar.

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¡Barça! ¡Madrid!, ¡ya estamos aquí!

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Decía el hermano Benjamín: preguntas capciosas no.

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A Miguel Ángel Gil: Valía más una mentira de tu padre, que dos verdades tuyas.

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Discutimos por carta, parecemos dos enamorados.

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Las bazas perdidas las regalo, las que tengo ganadas no las suelto y las que están así, así, las peleo.

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Por cierto, el representante de Makaay siempre venía con unas abogadas impresionantes.

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Los tranvías de Durango, ango. Los tranvías de Durango, ango. Los tranvías de Durango, ango. En Durango no hay tranvías. Y se cantaba el carrasclás a continuación. Bueno, pues aquí pasa tres cuartos de lo mismo. Es que no existen los pagarés de Sergio.

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El Deportivo ha hecho más por promocionar Coruña que la Torre de Hércules.

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Un tío mío, cuando yo era un mocoso, me puso el apodo de trinquete porque decía que lo que cogía ya no lo soltaba.

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Este es uno de los partidos que hacen pensar a muchos pequeños como nosotros que pueden llegar a ganar incluso una Copa del Rey al Madrid en el Bernabéu.

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Levabamos 21 anos en Primeira e agora levamos xusto o dobre, 42.

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Yo siempre dije que Valerón era mejor que Zidane, y la gente me tomaba en broma. Como persona, además, un 20 sobre 10.

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Estoy mejor que nunca, como una pelota, rebotando sobre las bandas.

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¿Qué iba a hacer La Voz de Galicia si no tienen mi bulto a mano?

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Nada más sobre este particular.

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Escenas potenciales para “Sala Calvet” (I)

Deportivo 1950-1951

Pablo Ínsua se levanta en el hotel de concentración. Cabeza floja tras los sueños. Toma café con un viejo. Hablan del Oza Juvenil.

Rosa de los Cuatro Vientos, noche cerrada. Lionel Scaloni pedalea sobre una bicicleta estática. Dos chicas japonesas huyen de las olas.

El Presidente, vestido de frac, practica esgrima en el círculo central de un Riazor vacío. Dos colegas de Los Castros lo observan desde Marathon mientras se lían el primer porro de la mañana.

Roderick Miranda a cámara lenta en el Vicente Calderón. Silencio absoluto. Un muro se desploma en Ramón y Cajal.

En un piso sin amueblar de la Ronda de Nelle, Valerón abre una ventana que da a un patio de luces. Ve óxido y muchas grietas.

Atardecer en la Ría del Burgo: Jorge Andrade, completamente desnudo, rema en una chalana. Unas señoras le lanzan un sombrero vaquero a la altura de La Toquera.

Murmullos sobre negro.

Albert Lopo llora en una mesa del Gasthof, en el Orzán. Los camareros chismorrean y deciden reunirse en la cocina.

Plaza de San Agustín. Un carnicero pega un recorte de Lotina en el cristal de su negocio: pone CABRÓN, COBARDE.

Lugares de nacimiento, carreteras varadas. La Algaba, Sevilla.

Mesón Cuatro Caminos. El camarero repite “eres una canción sin fin, eres una canción sin fin”, mientras ve el telediario.

Mesa plegable en el Portiño. A un lado, Zé Castro lee poemas a una niña. Al otro, Aythami bebe Martini y muy lentamente dice: cooor… teeeeee… liiiiiim… pio.

Manhattan.

Lleno Absoluto.

Cristales Marrones.

Going Under

La conocí cuando ganamos la Liga. Se me pegó tanto que me olvidé del triunfo. Todo era tan difuso como una cesión de Romero dentro del área. Me enamoré perdidamente mientras ella leía a Gioconda Belli y me daba a probar drogas telúricas. Yo correspondí dándole un poco de césped. La Copa de Europa nos embistió lanzándonos a un cielo rayado donde su pelo rojizo no desentonaba. Lo recuerdo bien. Walter Pandiani acababa los calentamientos probando su disparo al ritmo de la canción aquella de Evanescence, Luque trepanaba a Buffon, Salihamidzic azuzaba sin suerte a la grada del Olímpico de Munich buscando la remontada que no fue. Y nuestro amor crecía con el equipo y ella, nacida y criada en Vigo, succionaba las olas de la bahía como una loca. Aún no sé a qué clase de encantamiento somete Coruña. “Son los polímeros”, dice mi amigo ateo entre caladas.

El caso fue que abrazó la causa como una más, sorprendiéndome aunque en el fondo estuviese muy seguro de la potencia de mi láser. La canción incorporaba cada vez más tonos, diamantes, ruedas en llamas camino del Burgo, piedras negras. Se iba pareciendo cada vez más a un solo enloquecido como el del final de “Mary, Mary so Contrary”, abarcando agua, cigarrillos, sábanas frías, yo qué sé. Llegamos casi a lo más alto, aquella tarde lluviosa acompañados por Deco y por una amiga que luego se hizo del Celta pero que sigue enamorada del Deportivo. Ella lloró en aquel bar de Calvo Sotelo, y le saqué una foto. Empezó la cuesta abajo. Caparrós sucedió a Irureta y Lotina a Caparrós, y durante todos esos años pulverizamos registros drogadictos, nos insultamos en noches arrebatadas, mordisqueamos el cáncer, empatábamos a ceros todo el tiempo. La ciudad se nos caía encima y tal derrumbe activó un clic inesperado en su cabeza. Perdió el control tras el verano del descenso, no hacía pie en el azulejo de la realidad. Descenso. Paranoia. Brote psicótico. Cabeza blanda. Intenté agarrarla torpemente, ciego, rezando, egoista, pero ya nada valía, ni siquiera las palabras envenenadas tan efectivas un tiempo atrás. Me suplicó que abandonase para no caer, para no caer los dos en la penumbra de la habitación con los ojos desorbitados. Me suplicó que abandonase el paraíso y aquí estoy, un año y pico después, lejos, mirando un cartón de huevos frescos con una pegatina en la que sopla una niña rubia que me sume en una mierda infinita, íntimamente ligada al devenir de mi club, casi muerto pero todavía a latigazos con el mundo. Justo como nuestro amor, símil de aquella plegaria de Zitarrosa “nuestro amor está entero, sólo que se esconde, brilla de enero a enero, sabemos donde”.

Dicen que esto pasa sólo una vez en la vida, que ya nunca volverá a ser como antes y, aunque me resista a pensarlo, acojona ver lo sincronizados que van los pasos en esta historia. Supongo que estas cosas pasan, lo habréis leído ya en Fiebre en las gradas o en alguna revista, pero nunca pensé que pudiera ser el actor principal de algo así. Bajando las escaleras de mi edificio, echándole un ojo a mi llavero con el escudo, sobando el sofá destrozado, todo me lleva al mismo punto, incapaz de dejar atrás todo aquello. Subiendo y bajando. Sabiendo que aún respira.

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