Vigo – Dépor, J9

Jornada 9 de la Liga BBVA 2016-2017. Domingo 23 de octubre.

R.C. Celta 4 – 1 R.C. Deportivo (Hugo Mallo, 32; Aspas, 60(pen), 83; Orellana,78; Albentosa, 37)

“Un símbolo contiene en sí mismo un significado definido, una fórmula intelectual determinada, mientras que la imagen es una metáfora”, Andrei Tarkovski, 1976.

Aceptemos que la derrota está en el símbolo. Es cierto, hay números y sensaciones e intención estratégica y moral y resultados y técnica. Pero no, eso no es nada. La derrota siempre está en el símbolo y este partido llevábamos más de tres años perdiéndolo. Para alguien como yo, veintitantos años de deportivismo, lo del domingo pasado fue la (durísima) confirmación de nuestra primera derrota.

El 1 de junio de 2013, un gol de Natxo Insa nos mandaba de vuelta a Segunda División. La imagen, ¡entonces imagen!, fue la de Aspas recortando a Colotto para poner el pase de gol. Este hecho se encargan de recordárnoslo ellos machaconamente desde la grada de Balaídos con un ritmo copiado de la sección de noticias curiosas del telediario y una métrica paupérrima. Este hecho nos hemos encargado de maquillarlo nosotros durante este tiempo, equilibrando la balanza con muy meritorias y a veces incluso bellísimas victorias parciales, pero sobre todo con esa mezcla de ingenuidad y desprecio hacia todo lo que viene del Sur.

Pero ya no. Al contrario que en 2013, al contrario que el día de Aspas y Colotto, hay una cierta intencionalidad subyacente en lo que pasó el domingo. Por primera vez, lo ocurrido sobre el campo obedecía al discurso extremista del irredentismo vigués. Y no tanto por el juego, ramplón por parte de los dos equipos, sino por la sensación de dominio del discurso que precedía al partido, alineaciones y planes de juego mediante, y sobre todo por la que lo sucedió. El entrenador, nuestro entrenador, reconoció a posteriori con una naturalidad impropia del tenebroso lugar en el que se encontraba la aparentemente evidente superioridad del rival, superioridad que le pagan por disimular. Y lo hizo para justificar una derrota que nunca tuvo que llegar de esta manera, pero que al mismo tiempo acabó pareciendo inevitable.

La hegemonía es suya, se la han ganado y nos la han arrebatado a fuerza de hacer las cositas bien, mientras nosotros nos mantenemos en pie a duras penas sobre una fe que se extingue. Nos la han arrebatado en un partido malo, suyo y nuestro, repleto de desaciertos y sobre el que poco hay que contar. Gaizka, en cuya figura vimos a un irredento gudari pero que cada vez se parece más al Borja Pérez de Basauri, salió a jugarles directo. El equipo compitió con acierto en un partido igualado hasta que se volvió loco tras verse por detrás en el marcador. Entonces, alguien decidió regalar el partido al rival colocando a la línea defensiva más lenta del mundo a no menos de cuatrocientos metros de distancia de un portero que juega agarrado con una cuerda a las vallas de publicidad tras la portería. Más o menos tal y como se describe en el Sagrado Códice de Cosas que no se Deben Hacer contra un equipo como este Celta, que terminó por meternos cuatro.

Tras este partido, tras esta semana de reflexión intensa, la decisión es nuestra y solo nuestra: aceptar la derrota y prepararnos para un invierno polar bien refugiados de las inclemencias o seguir saliendo en manga corta, ignorantes a todo lo que nos rodea y arriesgando la pulmonía. No os vamos a engañar, el debate ha sido crudo en las catacumbas del matadero, pero la opción de aceptar la derrota ha salido ganando. El turno es vuestro, vigueses. El odio es lo único que no se negocia.

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PD: Sea como sea, la derrota siempre está en el símbolo. Y el nuestro, encerrado en un experimento sociológico en el que alterna grada y banquillo, aún no ha debutado esta temporada. La broma ya valió.

Vigo – Dépor, J31

Jornada 31 de la Liga BBVA 2015-2016. Sábado 2 de abril.

R.C. Celta 1 – 1 R.C. Deportivo (Borges, 21; Nolito, 30)

Parte de Balaídos se inunda cuando llueve mucho. Es una parte similar a lo que sería el parking de Riazor-Esclavas y la zona de entrada a la grada de Pabellón. Cuando llueve realmente fuerte, incluso la circulación por las calles aledañas al estadio se ve afectada. Dicen los que dicen que saben que estas inundaciones se deben al río Lagares, que circula por debajo del estadio y parece que desborda cuando su caudal aumenta a causa de las precipitaciones. El río Lagares da nombre a la grada de Río y yo tampoco soy mucho de fiarme de los que dicen que saben, pero no parece una mala teoría. En Vigo llueve mucho con bastante frecuencia.

La grada de Río es la más nueva del estadio y en la que las actuales obras de reforma son más evidentes, visto por televisión. En esta grada te mojas si llueve y hace viento, tal y como en nuestra preferencia. En Vigo llueve y hace viento con bastante frecuencia.

Hay una parte del celtismo a la que se le inunda parte del cerebro cuando llueven las buenas noticias. En Vigo no solían llover las buenas noticias para el Celta con frecuencia, pero sí lo hacen recientemente. Salidos ya de la vorágine financiera y con una generación de jóvenes difícil de repetir, las cabezas están llenas de agua. Y el agua brota como un torrente de palabras que acude a la boca con el único propósito de ser repetidas una vez tras otra. No hace tanto lo más importante era tener muchos jugadores de la cantera. Decenas de ellos. O gallegos, aunque no fueran de la cantera. Otras veces ha sido el fútbol de salón, la IFFHS o que llevan tropecientas temporadas en la máxima categoría. El tema es cambiante e irrelevante, el caso es repetirlo hasta la saciedad. Y en esas estamos, que han impregnado su estadio con un logo horrible que hace pasar por título la más absoluta intrascendencia futbolística, social y competitiva de 50 temporadas en Primera División. De la cantera y de esa generación que será la mejor que jamás vea A Madroa pocos de ellos se acuerdan ya, porque la Champions está a tiro, o eso dicen.

Hay una parte del celtismo empeñada en hacerle el juego hasta al más limitado de los deportivistas, asumiendo un discurso insostenible que supuestamente basan en la realidad pero que está ridículamente fuera de ella. Cojamos como ejemplo la supuesta tradición que, incluso, llega a aparecer en el himno. La tradición resumida en este dato. Ese celtismo nos provee en cada derbi o en cada alusión de una imaginería que igual no hace justicia a todo el conjunto pero que nos gusta pensar que sí. Porque es divertido. Es divertido porque el derbi que nos une es el más igualado que podíamos tener y, de haber diferencias, están en los detalles. Es divertido porque es un derbi que, aún cuando está desequilibrado a nivel de clasificación, sigue siendo igualado. No hay que añadirle mucho más, la verdad, para disfrutarlo.

El Celta es, a día de hoy, mejor equipo que el Deportivo. No duele decirlo y no hace falta adjetivarlo, pero sí colocarle una adversativa. Es mejor, salvo en los derbis. Esto concede un mérito algo limitado al buen trabajo que los nuestros hicieron en campo vigués. Fue un empate y pudo ser una victoria, sí, pero no lo fue y para hablar de méritos se lo dejamos a los expertos en resultados a posteriori. Fernández Borbalán seguramente se equivocó expulsando a Arribas, pero fue un error comprensible, no como los del día de Villarreal. El gol de Borges fue precioso y la vuelta de Sidnei una confirmación de lo radicalmente importante que fue su baja. Con él en el campo, el Dépor se parece más al de la primera vuelta. Por rachas, no le da al equipo para mantener 90 minutos a ese nivel, pero las líneas juntas y la defensa tanto lejos como dentro del área mostraron, igual que en la ida, las carencias de un Celta inane a la hora de atacar la portería defendida por un señor por barba que nadie sabe muy bien dónde encontramos. Lucas y Luis soltaron un par de pishas, Fede acompañó con su habitual galería de aciertos y errores garrafales y la cosa tampoco fue a más porque había un récord que batir. Son 16 empates en esta temporada, récord histórico del club y a uno del récord absoluto de la Primera División. No sé a vosotros, pero a mí me hace mucha ilusión batir récords. Mientras tanto, la imaginería del vigués seguirá creciendo en Coruña a costa de un Balaídos desangelado y un mosaico en la grada de Río que permanecerá para siempre en nuestra memoria colectiva.

 

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Dépor – Celta, J12

Jornada 12 de la Liga BBVA 2015-2016. Sábado 21 de noviembre.

R.C. Deportivo 2-0 R.C. Celta de Vigo (Lucas Pérez, 23; Jonny (en propia), 93)

Así es como siempre ha sido. Bueno, no. Así, tal y como fue, es como yo aprendí que siempre iba a ser. Ellos llegan con su noble xogo, su dignidad, sus aspavientos. Ellos llegan y se van, a veces con los puntos, con las Grandes Palabras en la boca, montados en La Verdad, teniendo La Razón. Sí, así es como lo aprendí yo y así lo vi suceder el sábado. Así los vi yo llegar por la Vedra, buscando desde los autobuses esa Coruña que sólo existe en su imaginación y la de alguno de nuestros anteriores alcaldes, presumiendo de un gallego que nunca encontré salvo como respuesta en siete años infiltrado tras sus líneas. Así es como siempre ha sido y lo demás es engañarse.

Si en el Matadero nos empujara otro -ismo que no fuera el oportunismo, si nos viéramos arrastrados por esa espiral de ventajismo, de revanchismo que genera una victoria, reiríamos. Reiríamos por la jugada de este derbi que recordaremos para siempre, por ese momento en el que El Único Celtista Que Ficharía toca el balón hacia atrás en dirección a su propia portería, reiríamos con la carrera desesperada de Sergio persiguiendo un balón inalcanzable con la grada de Blues justo en frente, reiríamos porque este esperpento fue causado por una ridícula presión de un Lucas cojo. Lucas otra vez, eh. Sonrisa. Pero no. No porque el Matadero es un lobby dispuesto a convenceros de que EÚCQF debe ser abducido para la causa y no pararemos hasta conseguirlo. Así que no, hoy no reiremos.

Decía que bajaba el Celta por la Vedra buscando lo que no existe y ya Lucas estaba fallando una ocasión a puerta vacía. Vimos el sábado a un Deportivo terso, punzante y audaz; pero fueron los minutos inciales los que convencieron a jugadores y aficionados de que aquel Celta que llegaba a Riazor tras haber prendido fuego a todos los estadios que había visitado hasta el momento era el mismo Celta de las Grandes Palabras que siempre hemos conocido. Con Nolito o Jesuli, con Orellana o Nenê. El mismo. En esos minutos quedó claro el plan que Víctor había trazado para competir con el habitualmente elevado caudal ofensivo de los celestes: línea bastante adelantada de presión en campo rival, búsqueda de uno de los dos puntas en profundidad tras recuperación a la espalda de los siempre superados laterales, que tampoco podían ser ayudados por los centrales debido a su insuficiente velocidad.

No fue, en cambio, el enésimo plan de Víctor el que le dio la victoria, sino el comportamiento de los jugadores bajo esas indicaciones. Excelso Mosquera en la generación, los apoyos y el cambio de orientación de los ataques, soberbio Álex en todo lo demás, inteligentes los profundos y bien acompasados movimientos de Lucas y Jona y muy dañina la flexibilidad de Cani y Luisinho, que alternaban jugadas interiores y exteriores con acierto constante. Fue precisamente una jugada del aragonés por la zona central la que generó el primer gol. Con su languidez habitual, retuvo el balón y se deshizo de dos rivales para ponerle un balón maravilloso al desmarque de Álex. El rebote de su remate solo tuvo que empujarlo Lucas en línea de gol. La siguiente jugada, el penalti de Navarro tras una aislada internada de Aspas, puso el protagonismo de Lux al mismo nivel que su implicación. Cani, en su mejor partido como blanquiazul; Álex ganándose el puesto como sustituto de Borges en su primera oportunidad de la temporada; Lucas como siempre; Lux con su merecida aparición para rescatar al equipo. Todo bien, Víctor, todo bien.

Cedió el control del balón el Dépor durante el resto del partido, pero no el dominio. Apenas sufrió hasta el tramo final gracias a que, entre otras cosas, Sidnei y Arribas se impusieron con claridad a todo aquel que se acercaba al área blanquiazul. Si el partido nos dejó algo más fue el bello homenaje de Víctor a Irureta apuntalando el equipo con un doble doble lateral que prácticamente cerró el partido hasta la desafortunada (qué digo desafortunada, desafortunadísima) acción del gol en propia meta de Jonny Castro. Y allí se fueron ellos, los autobuses llenos de datos que desmostraban que el resultado no había hecho Justicia, hablando de Intensidad, hablando de Posesión y otras cosas que nadie acababa de entender muy bien. Allí se fueron como habían llegado, actuando como siempre actúan en la derrota. Bueno, otra vez será. Gracias por venir.

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Mirandés – Dépor, J29

Jornada 29 de la Liga Adelante 2013-2014. Sábado 8 de marzo.

C.D. Mirandés 1-0 R.C. Deportivo (Pablo Infante(p), 78)

Cogió el balón en mediocampo, creo. Nunca nadie se acuerda de cómo empiezan las grandes jugadas cuando no hay tele que te lo recuerde. Y las pequeñas ni te cuento. El caso es que yo lo visualizo recogiendo un balón largo en mediocampo, de espaldas a portería y haciendo como había hecho ya unas cuantas veces a lo largo del partido. Se giró y encaró, solo, a los cuatro defensas del equipo visitante. Desbordó hacia la derecha al primero que le salió, un central alto al que se encontró esta mañana en el portal de su casa y del que se despidió en el peaje de la Barcala, todo el día juntos. Al segundo lo desbordó fácil porque llegó tarde, también hacia la derecha, ya estaba en banda, casi pegado a la cal y a medio camino entre el área y el círculo central. Se detuvo y vio cómo, al fin, sus compañeros acuden a la segunda oleada. Repito. Se para. También el defensa que le había salido al paso. Stop. Todos quietos. Chssss. Congelados. Bicicleta y, en una baldosa, dos toques para una salida rápida por el único hueco que había entre defensor y la línea de banda. Aceleración. Full throttle. Fe en dios e ferro a fondo. Potencia. Caño al último defensor, que se arroja desesperado a intentar pararle.

También os digo que no sé cómo acabó la jugada. Nunca se acuerda nadie de cómo terminan las grandes jugadas que no terminan en gol. Ni te digo las pequeñas.

Sí sé cómo acabó el encuentro. 2-1 y una exhibición de Dani Iglesias en Abegondo. Un resultado que saca al Celta de la primera posición y pone la División de Honor Juvenil en manos del Real Racing Club de Santander. Y yo que me alegro.

0-0 en Anduva. No fue penalti. 50 puntos.

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Sueño Recurrente nº33

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El derbi de mis sueños se juega en un estadio de cemento. Por cada equipo forman unos treinta jugadores, pelotones deshechos que bailan un Libertango en cada córner. Por allí andan los de siempre: Catanha, Berges, Berenguel del Pino, Hélder, Placente. Jugadores con seis piernas, convertidos en cal, en playas de un metro cuadrado cuando encaran una rodilla cualquiera y al decir estadio de cemento no me refiero a un Cino e Lillo del Duca sino a una estructura brutal, amorfa hasta decir basta, mutante. Las tribunas son búnkeres en el Cinturón de Hierro, llenas de murmullos, y los fondos son tan planos que apenas se puede ver el desarrollo del partido. La grada chirría y, a veces, se da la vuelta como una atracción de feria.

Aúllo con desconocidos por los corredores oscuros mientras veo cómo vuela Claudio Barragán a lo lejos. Torreones, bloques de hormigón, sin cánticos. De repente soy el balón y me estampo contra el pecho de Dutruel. Se siguen sacando catorce córners por segundo. Algunos espectadores permanecen sentados, otros siempre de pie, otros merodean alrededor del rectángulo en procesión infinita. El sonido del larguero agita el corazón muerto, se agranda hasta ser el único sonido verdaderamente nítido sobre el campo. Un acierto se intuye, sólo nuestro. Sólo Donato hinchado de ketamina. No hay ida y vuelta posible pues aquí el Celta representa el papel de súcubo y poco más. El equipo gana holgado, puede que por cuatro, seis goles, y es curioso, porque las caras en la grada enseñan una mezcla de letanía y aturdimiento.

Llega el descanso y camino por una especie de minarete, vomito sobre la gravilla que cubre el suelo, ni frío ni calor, mucha luz, tampoco aire. Me asomo y compruebo que no hay nada allí abajo, tan sólo el mastodóntico estadio moviendo sus piezas. De qué va todo esto? Hay tanto lugar a esa pregunta como a una grieta en la losa. Clima negro, fuego en la piel, vuelve el murmullo de los locos y los ciegos.

Me despierto a las seis y media con resaca por el fútbol y su cena fantasmal de madrugada. Bebo un vaso de agua que no satisface, voy saliendo poco a poco, dejo un rastro: las caras de todos nosotros reflejadas en un mismo candelabro.