Al principio picamos todos

Juan Domínguez mira repetidamente hacia atrás cuando conduce la pelota por miedo a que venga a buscarlo y se lo lleve otra vez a Isla Canela. Iván Carril dijo que sí a lo de Irak argumentando que había superado dos pretemporadas con él y que ya no le temía a nada. Seguramente Senel se tiró a las drogas cuando trató de entender por qué había sido titular en aquella eliminatoria de Copa en Mestalla en la que ganamos y no hubo pitada porque era a puerta cerrada. El bueno de Leo tiene en su casa de Bérgamo una diana con su cara y cada noche le tira dardos con la blanquiazul puesta. Taborda se descojonaba el otro día en el banquillo de Riazor pensando que él lo había pedido para un equipo que acababa de jugar la Champions. A Cristian Sincuello le dijo eso de que los extremos primero tienen que defender antes que atacar y se lo tomó tan en serio que enterró la cabeza, se olvidó de cómo se jugaba al fútbol y se centró en construir una carrera mítica. A Pedrito, cuando era nuestro mejor jugador, lo mandó de vuelta a Santander para traer a un israelí mafioso que nunca supo parar y a Antonio Tomás, cámara de gas. Los trató a todos tan bien, que Coloccini no dudó en dedicarle un gol cuando volvió por primera vez a la que nunca fue su casa.

Como buen generador de desconcierto, fue lejos de aquí cuando empezó a favorecernos en algo de vez en cuando. No quiso a Dani y permitió que pasara en las terracitas de Plaza de Vigo los mejores años de su carrera. Y tuvimos que verle las entradas once veces para ganarle siete, empatar tres y dejarle ganar una última jornada en la que nos jugábamos tan poco que salimos con Manu de titular.

Ahora, mientras sodomiza a nuestro Riki, seguramente solo por motivos deportivos, empieza a engañar a una afición que ahora mismo estará ilusionada. Al principio picamos todos. Al principio.

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Adiós, Dani

Tarde o temprano tenía que llegar el día en el que ríos de lava salieran de la Plaza de Pontevedra en dirección a Riazor, vía tuiter. Se anunciaba un cierre de rebajas con ofertas aún más apetitosas para los buitres que aún vuelan en círculos sobre la depauperada carroña blanquiazul. Llegaba y se iba el suplente de Melgarejo, sonaba para volver el Mackay mal escrito y me dejabas, Dani, con un agujero en el pecho y el corazón sangrando a chorro.

Verás.
Yo fui portero. O he sido. O soy y seré, que ya empiezo a no controlar ni los tiempos verbales. No era especialmente torpe con los pies cuando me puse del otro lado, pero sí era pequeño y lo suficientemente hábil evitando goles. Era duro, sí, ejercer de último responsable cuando apenas llegas a los siete años. Me cayeron seis del Montañeros en mi debut antes de que Toshack nos prohibiera volver a catar el césped de la Torre. Empatamos. No puedo negar que muchos de esos domingos por la mañana utilicé la lluvia para camuflar la humedad en los ojos. Se aprende muy temprano que no hay espacio para juegos en las áreas, de ahí que solo intercambiemos miradas con los delanteros, iguales y opuestos.
Disfruté poco durante esos primeros años y, aunque la historia de cómo aprendí a divertirme es otra, creo que el hecho de que nadie me enseñara a hacerlo fue tan relevante como no encontrar un espejo en el que mirarme. No encontré a Dani Aranzubia que, con su pinta de yerno perfecto, encarna un estereotipo que se ajusta a lo que yo era de niño y, probablemente, siga siendo a día de hoy. Siempre de palabra equilibrada, incluso defendiendo lo que es suyo, profesional de etiqueta, como su técnica y su vestir. Se sabe afortunado aún en la desgracia, pasional en su frialdad, fue decisivo en la adversidad y tan discreto que ni siquiera su milagro en Almería consiguió ser nada más que una anécdota para jugadores de trivial. Siempre con tendencia al fallo grosero aún en su elegancia y tan escaso de ese puntito de maldad e indiferencia que muchas veces hace falta para imponerse. Sí, ahí está la clave. Lo cierto es que me veo admirándote en una vida paralela en la que nazco 15 años más tarde. Yo, que sólo guardo esquirlas de aquellos que fueron mis héroes. Me veo siendo feliz de espaldas a las redes tal y como se le puede ver a él bailando Samba(de) en cada entreno.
Se despide tras cinco años de montaña rusa que han parecido cinco lustros, que nos han visto caer para levantarnos de nuevo con un grito que sonó por unas horas a estertor final. Se nos va la vida sin gente como Dani, sin gente comprometida e ilusionada, pero calmada y honesta. Se nos va la vida hacia un caos de los asados y noches en llamas. Se me ponen encima diez años más viéndole irse a un Atleti que no hace tanto nos regalaba toneladas de gloria tras un descenso cáustico.

Pero qué difícil va a ser volver a creer sin ti.

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