Libertad

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*Adaptación de Maps to the Stars (David Cronenberg, 2014)
y Liberté (Paul Éluard, 1942).

Tristeza

General es la grada que más cerca de mi casa. La grada a la que acude la mayor parte de gente de mi barrio. Pero yo nunca he estado en General. Sí en la superior, donde me hice mucho daño en el dedo gordo de un pie mientras le daba una patada a una valla con motivo de alguna ocasión errada durante aquel infausto Deportivo-Valencia. Solo me he acercado al fondo de General, mi grada si de localización geográfica hablamos, para ver de primera mano las pintadas y para presentar mis respetos a un asesinado. No me siento cómodo rodeado de excitación extrema, de esa mezcla de pasión y locura que reina en los fondos ultra. Los veo de lejos y me gustan, pero no me atrae integrarme en ellos.

Hace tres meses un aficionado del Deportivo fue asesinado. Muchos reclamaron medidas, enmiendas a la totalidad. Hubo aspavientos. Hubo comunicados, desmentidos, notas informativas. Y los que están al mando han, por fin, acudido a complacer a aquella gente que quiso cambiarlo todo. Hoy se hacían públicas una serie de medidas que, en la práctica, significan la ilegalización de Riazor Blues en su casa, que es Riazor. Pero eso no me preocupa. Miento, sí me preocupa, pero me preocupa menos que otro tema. La LFP, dos semanas después de rechazar adherirse a una campaña contra la homofobia, ha decidido que tú eres el culpable de lo que pasó hace tres meses. Prohíbe o insta a prohibir los mensajes reivindicativos, de carácter social o político, de carácter comercial o religioso, sean cánticos o pancartas.

El fútbol, dicen, no es espacio para aquellas cosas que son ajenas al deporte.

El tema de conversación en las redes sociales hoy es, en cambio, un rumor y el desmentido público por parte del presidente más poderoso del fútbol español. Creo que tras 27 años aún no he entendido bien lo que es y lo que no es ajeno al deporte. Bueno, al fútbol.

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Dépor – Eibar , J22

Jornada 22 de la Liga BBVA 2014-2015. Viernes 6 de febrero.

R.C. Deportivo 2 – 0  S.D. Eibar (Lucas Pérez, 52; Iván Cavaleiro, 79)

Cuatro días completos. Cuatro días de incertidumbre en los que la gente caminaba inquieta por las calles mirándose y empero no atreviéndose a comentar nada,  crepitando mientras tanto la política en los bares ante la ausencia de un tema más adecuado. Cuatro días raros, desconectados de toda la vorágine de destrucción en la que se había sumido la ciudad en los últimos tiempos. Cuatro días fueron los que tardó la LFP en confirmar que lo que algunos habían experimentado en persona y otros habían visto desde la distancia era cierto. No fue hasta el martes a mediodía que por fin lo supimos. De una manera curiosa, además. Al mismo tiempo que confirmábamos lo que todo el mundo sabía pero nadie se había atrevido a expresar, toda la jornada 22 en primera división parecía reducirse a lo sucedido el viernes por la noche en Riazor.

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Menos mal que así lo quiso Tebas y por fin lo confirmó el martes, acabando de este modo con la incertidumbre que nos asolaba. Menos mal que así lo quiso, pues de no haber querido igual nadie se daba cuenta y esos tres puntos conseguidos en viernes nunca habrían subido a la clasificación. Y habiendo esperado cuatro días, tampoco nadie se iba a quejar por tener que esperar hasta la última frase para confirmar lo que todos y cada uno de nosotros estábamos esperando. Ahí estaba: el resto de espectadores presentes en el estadio se habían comportado de forma correcta. Nadie había consumido ninguna sustancia prohibida, nadie había empujado a otro en la, imaginamos ordenada, salida hacia la calle. A nadie ni siquiera se le había resbalado la cáscara de un fruto seco hacia el espectador presente en el asiento anterior, de tal manera que le podría haber causado una ligera sensación de molestia, de incomodidad. No. Todo había salido a la perfección.

Asumimos por tanto que los jugadores del Eibar, espectadores el viernes y equipo revelación hasta ese mismo día, también hicieron lo posible por comportarse de manera correcta, que es lo más importante en estos tiempos. Comportarse de manera correcta, ser generosos con el anfitrión, rechazar sus ofertas con un sincero “no, gracias”. “¿Algo para beber, SD Eibar?”, “no, gracias, vengo de tomarme un café”. “¿Te traigo una silla?”, “no, gracias, que llevo todo el día sentado y así estiro las piernas”. Es más, asumimos también que comportarse de manera correcta es ahora no intentar perturbar la victoria local, ayudarlo si acaso. Facilitarle la tarea hasta donde sea posible. Un error del portero por aquí, otro del central por allá. ¿Que el niño bonito de la afición no es capaz de marcar su golito? Tómala botando en la frontal, que no se hable de descortesía por nuestra parte. ¿Que al jugador más sacrificado de los locales no le salen las cosas? Un pase atrás un poco corto y malo será que no llegue para empujarla a gol. ¿Que la gran esperanza de la cantera no está teniendo una temporada demasiado convincente? Pues no nos acercamos al área y asunto arreglado, no vayamos a causarle un disgusto.

Tal fue la corrección vivida el viernes en Riazor, y así lo sentimos todos nosotros en aquel momento, que no tuvo Tebas más remedio que destacarla en su comunicado del martes. Destacarla incluso frente al resto de correcciones vividas en los otros nueve campos en los que se disputó la jornada 22 de la primera división. Correcciones todas ellas de gran nivel, seguro, pero no de tanto como la vivida el viernes en Riazor. Y si yo mismo pudiera haber redactado ese comunicado, que ya no se llama comunicado sino nota informativa, solamente habría añadido una pequeña acotación que acentuara aún más la corrección con la que todo el resto de los allí presentes, menos los señalados, se comportó el viernes por la noche.

Dichos cánticos no fueron seguidos ni coreados en ningún momento por el resto de espectadores presentes en el estadio, cuyo comportamiento fue correcto en todo momento. Menos los murmullistas, que son todos unos hijos de puta, se comporten como se comporten.

 

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Larga vida al Estado Islámico de Coruña (الدولة الإسلامية في لاكورونيا)

Algo se mueve en el noroeste, empezaron diciendo. Parece peligroso, se escuchaba. Nadie parecía creerlo.

Una nueva figura emergió. Se hizo llamar Califa y todos le veneraron sin saber muy bien de qué iba la cosa. Estaban armados. Mucho. Eran, en efecto, peligrosos.

Les gustaba cortar cabezas a aquellos que no se adherían a su interpretación laxa de la doctrina islámica. También eran frecuentes las crucifixiones y las ejecuciones públicas. Las armas de fuego solo eran para amedrentar, pues disfrutaban ejerciendo la violencia con sus manos y sus pies.

Cuando, años después, contaron su historia, nadie pudo negar que todo empezó cuando llegó aquel Califa.

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Miembros de la brigada de infantería ligera del IS Deportivo. Al frente, su líder, el Califa Haris.

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Un miembro de la guerrilla enseña al pueblo la nueva bandera desde la Torre de Maratón.

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Fosa común con los cadáveres acumulados tras las diez primeras jornadas. No se ha logrado identificar la mayoría de los cuerpos debido al salvajismo con el que fueron desfigurados.

 

 باقية وتتمدد, Bāqiyah wa-Tatamaddad. Resistir y expandirse.

El machete entre los dientes

A éste los veranos le cogen que no sabe si meter en la maleta la ropa de invierno o de verano, si las palas o las espinilleras, que si el paraguas o el bañador. Pero en Coruña aún no se había ni propuesto descongelar el refrigerador y el FIFA14 no bajó a comprarlo porque a Carlos Marchena estos pasatiempos modernos le parecen de niñatos de la sub-19, deseando que acabe el partido para sacarse una foto en la cabina del avión y meterla a Instagram. Y eso a él se la trae al pairo, o peor aún, lo devuelve a algún verano de Las Cabezas de San Juan, a una mesa de bar rezando porque llegue la fresca y tocar balón o espinilla, con unos naipes raídos en la mano y palillo entre los dientes, que si no fuera por el 35% de paro veríamos un retrato perfecto del lejano oeste y a Marchena en el papel de sheriff de permiso.

Y todo va en la sonrisa. En la sonrisa de hijo de meretriz. Olviden la dulzura, Marchena si abre la boca es para enseñar los dientes, casi como recurso literario de uno al que no le apetece hablar pues se sabe esclavo, en este país de portada y portería, de cada fonema. Sonrisa como vía de escape del que acaba de intentar quitarle una legaña al delantero con el codo y es más listo que aquel Juanma que levantaba los brazos con circense gesto infantil para decir que él no había empezado la riña. A éste le sobran escuelas y pasantías y ya lo único que se otorga cuando no quiere conceder ni una palabra (porque sabe que ninguna palabra podrá salvarlo) es cerrar esa sonrisa carente de todo tipo de empatía y poner un gesto serio, maduro, con tanta seguridad en sí mismo que a veces parece que el árbitro busca su mirada de aprobación para preguntarle intranquilo si puede continuar con el encuentro.

En esa sonrisa franca de Marchena se ahogaron mil naves y otras tantas rodillas. Arizmendi lo vigila desde una esquina del vestuario y aún se pregunta cómo no le descorchó la cabeza hace ocho años, que como pudo dar un golpe tan preciso y que todo siguiera en su sitio y precisamente por eso fue, quizás, que lo pillaron.

Tiene las gónadas peladas, no por coquetería si no porque hasta el pelo le saltó de la mala hostia. Tanto daño quiso hacer que hasta se convirtió en talismán cuando llevábamos años pensando que todas esas victorias ante San Marino o Malta eran porque Su Alteza Real se dejaba caer por el palco. Tanto daño quiere hacer el sevillano como tanto amor acaba provocando. Ahora que nos rasgamos las vestiduras con tanto seny, tanto savoir faire, fair play y demás bullshit del fútbol moderno, nos olvidamos de que el fútbol se inventó para saber cuál de los dos pueblos de mierda colindantes tenía a los habitantes con la chorra más larga. De esta estirpe de la bronca, de la pillería barata y del tocar los testículos ajenos con voluntad y premeditación (que románticamente salva un Diego Costa admirable en esta generación) nos parió con dolor el estado a este Carlos Marchena al que ves como clava la cabeza desde un córner en una carambola al gol y busca la mirada de todos los contrarios mientras vuelve a su campo a paso adagio y el público se extasía, gritándole y amándole a la vez, pues a los rivales a los que más se adora es a aquellos que ves que usan las cloacas de la cancha para colarse hasta la portería o para esconder los cadáveres, los que mandan callar, los que meten la pierna o la mano en el punto muerto de visión del árbitro. En la biografía que le escribirán a Iago Aspas se reconocerá que fue Marchena quien le tiró un besito desde el suelo y que veinte años más tarde en su ranchito de Moaña aún no podrá explicar cómo cayó en el embrujo.

Está ahora mismo conectando el deshumidificador, que aún no se ha hecho a estas latitudes y eso que viene por el jornal, por dar las gracias, porque si el Deportivo le buscaba cuando estaba en la élite, ahora siguió confiando en él, como quien se va con una exnovia gordita diez años más tarde porque se acuerda de lo bien que se movía en la cama y con esta decisión arriesgada logra pegarse los polvos de su vida. Viene por menos de lo que merece porque a Carlos Marchena, con tener un balón y la posibilidad de hacer el mal durante 90 minutos con él, el resto le da absolutamente igual.

Saltaba al campo ante el Alcorcón entre bufidos de una grada que más que el fútbol le gusta desconfiar. Otros aplaudían a rabiar y los titulares escupían a la mañana siguiente: “no se pasen, no le aplaudan de más”. Aplaudir de más, claro. Lo que había que hacer con Marchena es ir a buscarlo a la salida con un fajo de billetes y números de teléfono y decirle que esa noche ya tiene todo pagado desde la calle de la Torre hasta el puente del Pasaje, que vaya preparando hígado, nariz y pene y luego dejarle que te mire a los ojos con condescendencia de sheriff saliendo del Saloon, que maneja el machete como los indios a los que dispara, y te diga “mira chaval, a Noé le vas a enseñar tú lo que es la lluvia” y te firme un autógrafo en un billete de cien mientras no cierra la sonrisa ni a tiros.

“¿Tú y cuántos más, tolai?”