Vomito blanquiazul y se lo traga todo

Él me habla de judíos. Yo le hablo del Dépor. Parece israelí, de hecho, lo confunden por la calle y en los bares, pero es catalán. La primera vez que lo vi me dijo que toda su vida la había vivido sobre mentiras, que se había ido a Tel Aviv el año pasado porque estaba enamorado de una. El vómito lo recoge del suelo. Se lo lleva a la boca directamente desde la plaqueta sucia del baño, lo acumula en sus dedos larguísimos, lo sorbe con interés y luego saca la lengua diciendo “mira, ni una gota”. Un catalán de Santa Maria de Palautordera es la pileta en la que echo toda la mierda deportivista que se me acumula en el cuerpo. Le interesa muchísimo, me acompaña en las jornadas y se preocupa muy honestamente por el devenir del equipo. Aquel partido mañanero contra el Málaga lo vimos sentados en el baño de la casa de un amigo después de una noche de drogas infernal. La gente iba entrando para mear y todos se preguntaban qué hacíamos allí clavados, comiéndonos el portátil. “Fútbol”, decíamos. “El Dépor”, decíamos, y hubo uno que dijo algo así como “¿really?” y a los dos nos dieron ganas de aplastarle el esófago.

Vivir en una ciudad como Berlín y que te guste el fútbol no es agradable, menos si eres del Deportivo. Durante los más de tres años (con cortes) que llevo en esta ciudad no he encontrado una puta oreja a la que le entre ni el más mínimo relato acerca de esta pasión. Sacas el tema y todos te miran, es sabido, con esa condescendencia imbécil acompañada de risita y hasta luego. Mierda pura. Pero ahora tengo un socio. Uno que, después estar horas fumando petas y contarle mil historias sobre Lendoiro llega al día siguiente y te dice que por la noche se puso a leer mil historias sobre Lendoiro. Siendo como es medio hincha (disculpad) del Barcelona todo esto es muy de agradecer. Otros barcelonistas te tratan como Cáritas y se adentran en terrenos pantanosos de los que luego salen pringados hasta las cejas. Él no. Con sus ojos de cernícalo que hace guardia en el Monte del Templo atrapa las sombras de un pasado cuya magia volteo. Arsenio, Stoja, Djalma, los coches tristes por Juan Flórez, las cervezas vacías, a todo le hace un hueco. Ahora vivirá el drama o la salvación, se sentará conmigo a cualquier hora para oír cómo me cago en todos los santos. Será, si me esfuerzo, uno más. Me dejaré la piel, la cabeza, me verá arder. Será mi lugar en el estadio, será el viejo de la boina con las chapas, la visión de los Blues, el olor cargado al entrar por la puerta 11, la Curva Delirio, tan maltrecha, pero que aún se agita. En el próximo partido agarraré su chaqueta porque es muy jodido estar solo. Los nervios se cuecen y la mala hostia cruje teñida de anhelo. Le hablaré de lo que es saltar sudando como un payaso, solo, solo y más solo en tu color, en tu puta cueva, lo que es encarar un pasillo sin luz y echar de menos tantas cosas. Le diré que en el futuro nos sentaremos allí y fumando unos cigarrillos veremos a mi gente temblar.

Captura de pantalla de 2015-05-11 18:30:43

Dépor – Córdoba, J30

Jornada 30 de la Liga BBVA 2014-2015. Miércoles 8 de abril.

R.C. Deportivo 1 – 1 Córdoba C.F. (Florin, 54; Florin (pp), 85)

Tu vuelo aparatoso de gallineta común se aleja de nuestra ventana. Tras comer tu mierda seca durante casi un año, graznamos con la boca pegada al cristal, retorciéndonos, evaluando un dolor que no dejas, de tan incolora que ha sido tu estampa. Tu anorgásmica facha de entrenador español se va, pero tus inventores se quedan, ampliando los apoyos al club por las parroquias, anunciando a tu substituto desde el portal de la notaría. Desde el primer momento todos te odiamos pero te perdonábamos a cada instante, conscientes del peligro que suponía ponerte contra las cuerdas. Algunos te dieron estopa. Comprenderás que es muy difícil debatirse entre la explosión y lo mejor para uno. No para ti. Te dimos, te dieron, mucho más de lo que merecías. Tu única salvación residía en que hiciésemos un análisis frío de las circunstancias que te envolvían, la directiva primero, los cautelosos después. Detrás, amantes y murmullistas en colisión infernal. Con aquel humo ya te ibas envenenando. Tu canción bochornosa te delataba, a ti y a aquellos a los que te debes. Eres un títere carente de todo sentido, una estafa, pero la culpa, obviamente, no es tuya. A través de tu figura, Tino Fernández nos coló el papel con la sentencia: nada a lo que agarrarse, nostalgia, muerte. Así pasábamos los días. Con la cara de Lendoiro en la sopa. Con Fernando Vázquez subido a los tejados de la Avenida Finisterre. Con la miseria incrustada en la saliva y los órganos perplejos. Aguantando desde los bares una ópera vieja, sin sal, una pieza que no da, que tampoco quita, pero que lleva los colores y hay que dar finalmente por buena por puro miedo al desastre.

Entrenador español, serio y con experiencia. Las patas de vuestro cáncer no tienen fin. Con un punto y un gol en propia puerta te vas y la verdad es que no nos pudiste ofrecer mejor golpe de platillo para describir tus andares, pues eres de aquellos que hacen las cosas a medias y se corren para dentro. Vuelas ahora, pero tus valedores se quedan, firmando lametones, callando para no equivocarse. Nosotros morimos, de puro asco reventamos el mobiliario, nos volvemos irracionales bestias y escupimos por necesidad que todo esto estaba escrito. La mentira, los átomos blanquiazules explotando, el enemigo comiendo en casa, Riazor derrotado con su alma trepando por los muros, asfixiándose por falta de cariño. Nosotros morimos, y queremos que una ráfaga de destrucción providencial llegue y acabe con la película. Una lluvia de serpientes blancas. Sobre el estadio entero. Que se cierna, se acomode, que se coma la epidemia que habéis propagado. Tú, ya de vuelta en cualquier barrio inocuo, pondrás la tele, te olvidarás. Con nuestra pena te harás un sándwich. Probablemente no te darás ni cuenta de cuál era el problema contigo en Coruña. O tu problema con las cosas en general. Tuvimos, con todo, mucha paciencia, y hablamos pacientemente sobre tus andares, y sobre lo insulso de tu presencia hicimos cábalas, y nos cortamos la polla y sonreímos, y nos cortamos la lengua e hicimos fuego, sólo para seguir templados y caminar por encima de toda aquella carroña.

Almería – Dépor, J25

Jornada 25 de la Liga BBVA 2014-2015. Sábado 28 de febrero.

Almería C.F. 0 – 0 R.C. Deportivo

Una semana después empiezo a tener la sensación de que se me ha pasado la resaca. Bueno, no. Todavía no tengo ganas de emborracharme otra vez, así que no. Sigo resacoso y deprimido. Resacoso porque bebí como si no hubiese mañana desde 24 horas antes del derbi. Y total, al final no hubo mañana, así que debí hacer bien. Deprimido porque lo suyo sería que todo esto me importase una mierda, como a una grupi del instagram de Lopo que se lo hubiese follado esa misma noche, así a lo cerdo, con la peluca y la tarjeta roja todavía pringando sudor.

Pero no. La abominable realidad es que me siento como un yonki que se cruza con su peor enemigo en el portal de la casa de su camello y al subir las escaleras descubre que “lo siento tío, acabo de vender lo último”. Hay muchos vasos que apestan a ginebra o ron garrafonesco que pueden atestiguar que más de uno y de dos pagaríamos barbaridades por ese último chute que se han llevado. Dame la puta droga y haré gustoso penitencia de un año en Segunda, que de Madrid hacia arriba ya he probado el agüilla del suelo de todos los tugurios.

En el instituto no había tanto alcohol y ni siquiera follaba, pero todo era mejor, sobre todo cuando perdíamos. Los del Vigo se ponían así como son ellos, con ese cándido orgullo de cristal; pero los nuestros hacíamos piña y nos la sudaba todo, porque éramos nosotros. Nosotros, qué palabra jodida. Ahora ya no, ahora somos más como ese colega que siempre quiere pegarse con alguien cuando bebe un poco y con sus propios amigos cuando se lo bebe todo. Damos asco y creo que por eso sigo teniendo resaca, seguramente por eso prefiero autocompadecerme viendo la Paramount en un hotel que tragarme la derrota a medias con Adrián.

De modo que ahora Almería. Los bares cierran aunque estés a punto de convencerla y la liga sigue aunque claves el colmillo en la lona. El mundo se va al carajo, a quién cojones le puede importar Almería por muy sábado que sea de nuevo. Encima les quitan tres puntos justo antes de jugar contra nosotros, verás como somos tan gilipollas de regalarles lo último a nuestro enemigo. Pero si tengo un canuto me lo fumo aunque lo haya dejado y si tengo una navaja me corto las venas. Voy a ver el partido y tendré los benditos huevos de gritar cuando rojadirecta falle y de resoplar cuando piense en por qué no fichamos nosotros a Hemed, a Thievy o a Juan Ignacio.

Ahora me acuerdo de un celeste que conocí el sábado del derbi en la previa. El cabrón me ganó un cubata porque se acordaba exactamente del año en que habían ganado por última vez en Riazor. Bueno, qué digo del año, el tipo se acordaba hasta del árbitro. Mucho tampoco ganó, porque si dejé vendidos a mis colegas no iba a presentarme tras el partido a pagarle la copa, que era lo pactado. No me arrepiento, pero creo que él sí hubiese aparecido si le hubiese tocado pagar; y pienso que a lo mejor son mejores personas que nosotros. Probablemente lo sean y por culpa de eso tengo una cosa más que me importa una mierda en la que pensar.

Total, que al final lo de Almería nada. Dominar, gobernar, controlar, mandar; todo suena demasiado autoritario para la sensación sumisa de que nos están dando por culo a nosotros. Nosotros, qué palabra jodida. Es sábado y sigo teniendo resaca, todavía no tengo ganas de emborracharme de nuevo. Sólo quiero que llegue otro sábado y entonces Sevilla, entonces quizá llegar a tiempo a casa del camello, quizá beber todos los cubatas que perdimos contra los vigueses. Nosotros, no sólo yo ni yo solo.

Emeka Ezeugo

hostal

Carnaval

Empiezo a escribir esto tirado en el sofá de mi casa. A mi derecha, mi primo se ha quedado a ver el partido después de una comida bastante tardía. A mi izquierda mi padre sitúa un té al lado de un Jack Daniels y a su izquierda mi abuela atiende como Manuel Pablo salta al césped del Santiago Bernabeu en el año de su posible retirada. Le oigo decir “¿pero no es muy mayor?”. Mi abuela, que solo veía el fútbol para ir con el equipo contrario al que iba mi abuelo, siente pena cada vez que un portero comete un fallo. Antes de que saquen de centro desea en voz alta “a ver si con tanta presión no dan ni una”. Yo le doy un sorbo al cubata y le digo a mi padre que no firmo el empate. Mi padre sonríe. En estos dos sofás casi parecemos todos del mismo bando.

Pero allá en Riazor a veces es muy distinto.

A los anarquistas que corrían calle de la Torre arriba cuando a las fuerzas del régimen se les daba por cargar contra la irrealidad de los carnavales, la gente los jaleaba desde las ventanas. Eso escuché o eso quise escuchar. Tal vez todo sea mentira. Tal vez no sea cierto y los vecinos del barrio, de carnochos para arriba, no animasen a los anarquistas a correr y sí les exigieran con insolencia que esquivasen los palos como hacen los piperitos en el estadio desde sus tronos de plástico, siempre con ese halo amenazante de hacerse de otro equipo como si a alguien le fuese a importar lo más mínimo.

A veces quiero pensar que los murmullistas son como nosotros y solo llevan un disfraz para venderse al mundo, para paliar sus inseguridades con una proyección de condescendencia, de negación del fracaso, de ser más listos aún si cabe, condenados por el infortunio a presenciar o vivir las mismas miserias.

De noche, en la calle de la Barrera no cabe ni un alma. Los kilomberos están sonando y me pregunto si siguen estando en Pabellón Inferior porque ya va un tiempo que no les presto atención. Ya hace varios partidos que intentamos okupar algún asiento libre de la parte de arriba. Allí también existe un pequeño avispero de murmullistas; en los tres últimos partidos he tenido que preguntarle al desconocido de turno a quién cojones quería que animase o silbase para que estuviéramos todos de acuerdo. Los murmullistas resucitan las dos Españas en las gradas de Riazor con su ronroneo bovino y sus hierbas resabidas y en ocasiones ganan la partida.

Al salir de la Barrera me encuentro con Adrián y Tomás que están en un mejor estado que yo y balbuceo algo sobre los murmullistas. Noto como Adrián hace esfuerzos por entenderme pero yo no consigo explicarme. No recuerdo si  llevan disfraz al igual que no recuerdo que disfraz le toca ahora a los murmullistas.

Quiero pensar que debajo de las pipas también hay deportivismo, entre tanta amenaza, tanto discurso, tanta emboscada y tanta piel fina. Quiero pensar que no hay dos bandos de aficionados sino uno, solo que a veces algunos son tan débiles que no quieren hacer suyas las derrotas. Quiero pensar que se ponen esas máscaras para desdibujar lo feos que se ven. Quiero pensar que es algo temporal, casi climático. Fuera, la lluvia está mojando los disfraces más elaborados y quizás acabe por empapar también los cartones de los murmullistas.

Como reza la tradición el miércoles se acaba el carnaval. Volvemos a madrugar, nos vestimos de oficina. Imagino que Adrian volverá a ponerse traje y que a Tomás se le habrá pasado el cabreo. Imagino que, como en el sofá de mi casa, los tres somos del mismo bando. Mi abuela ha concluido “han jugado bastante bien, el próximo a ver si lo ganan”. Quiero pensar que sí y que estaremos todos juntos en la derrota o la victoria, sin disfraces, sin murmullos. Somerset Maugham decía que el amor es eso que les pasa a los hombres y mujeres que no se conocen entre ellos. Quiero pensar eso de nosotros, murmullistas, Riazor Blues, lendoiristas, kilomberos, piperitos, lacayos de Tino, violentos irredentos y deportivistas del palo. Que no nos conocemos del todo cuando llevamos el disfraz o la camiseta. Que lo que va a ser que nos pasa en realidad, discutiendo por comunicados como decía Augusto, es que estamos enamorados hasta las trancas.

https://i2.wp.com/imagenes.renr.es/resources/jpg/7/0/1393837845307.jpg(de La Opinión de A Coruña)

Rayo – Dépor, J21

Jornada 21 de la Liga BBVA 2014-2015. Viernes 30 de enero.

Rayo Vallecano 1 – 2 R.C. Deportivo (Borges, 10; Bueno, 22; Borges (p), 71)

Medias caídas, botas sin colorines, peinado de poli panameño y una polla de Mustang bailando la conga. Celso Borges se dejaba querer desde el calentamiento, en silencio, lanzándole la pelotita a Cavaleiro, quien poco menos de media hora después ejecutaba una falta escorada que, rechazada por Toño y cazada por el reciente fichaje blanquiazul de una manera un tanto loca, acababa en la red. El gol, aunque poco revelador, servía para poner al sol la mente de un Deportivo que llegaba al choque con bastantes dudas, aunque poco duró el calambrazo astral. Empujó el Rayo y, con esa vehemencia de proscrito que lleva, consiguió el empate tras una acción en la que Lopo escribió depseje medio borracho y con pintalabios. Aún así, la cosa no empeoró para los chavales de Víctor Mentirita. Es más, se podría decir que todo lo contrario, pues a partir del gol de Bueno fueron los coruñeses quienes dominaron y tuvieron las mejores oportunidades antes del descanso. La mejor, una doble o triple de José Rodríguez primero y Borges después, quien a punto estuvo de firmar un tanto sublime tras disparo con rosca desde la frontal. Mejor el Dépor en acercamientos y, como bloque, muy equilibrado si exceptuamos un par de errores que nos recordaron fríamente la materia blanda de la que está compuesta el equipo. Con esta sensación de estabilidad prosiguió el partido tras la reanudación, momento en el que Cavaleiro quiso adornar la tarta con un latigazo esquizofrénico que se estampó contra el larguero. El portugués no la pega consciente, pero sí brutal, alarmante, que siga probando. Por su parte, Luquitas Pérez, que jugó el partido flotando en una nube de huevito paqui, fue sustituido por un Cuenca bastante claro en sus acciones. Tembloroso, el Dépor transitó por la segunda parte abierto a un sinfín de posibilidades: tres en contra, uno a favor, fundido a empate. Pudo ser cualquier cosa, pero Abdoulaye Ba cometió un penalti que, tras ser transformado por Borges, arregló el panorama para los visitantes en los últimos compases. Seriedad, confianza y ocasiones para una sentencia que no llegó pero casi. Tres puntos balsámicos. Abrazos. Cero tinieblas. Confiemos en la gente.

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Pura Vida tica y magnética en los brazos de Alberto Lopo

PD: Fabricio Agosto estuvo enorme, otra vez.

Dépor – Granada, J20

Jornada 20 de la Liga BBVA 2014-2015. Domingo 25 de enero.

R.C. Deportivo 2 – 2 Granada C.F. (Piti, 6; José Rodríguez, 34; Lucas Pérez, 38; Ibáñez, 83)

Luuuu-caaaas... El personal se relamía de lo lindo con la vuelta del pirómano del Barrio de las Flores después de que su rodilla izquierda fuese enviada al Centro de Observación Incandescente Saturnino. La visita del colista a Riazor parecía el momento apropiado para que el coruñés realizase unas cuantas incisiones con sus colmillos, azuzando a un público inmensamente necesitado de una inyección como la que le meten a Uma Thurman en Pulp Fiction, pero lo cierto es que fueron los pupilos de Carapiedra los que salieron mejor, más presentes, consiguiendo un gol tempranero cocido en la mantequilla mental de Sidnei y Foda-se Caralha.

La grieta provocada por el tanto de Piti empezó entonces a echar pus, y duró unos cuantos minutos, contagiando la atmósfera y mareando no solo a gaviotas sino también a padres de familia que, vestidos de inútil mañana de domingo, se cagaban dulcemente en las palmas de las manos de sus chiquillos. Fueron ellos los primeros en murmurar y muchos los siguieron, dejando claro que esta temporada el estadio ha perdido tanta magia como el propio club. Sin pueblo y con los Blues aún convalecientes, fueron dos de los elementos más carismáticos y por ende más populares del equipo los que se abalanzaron sobre la defensa comandada por Diego Mainz. En manga corta, con guantes y a la izquierda, Luisinho percutía y montaba una oda al rayo junto a un Lucas Pérez que a día de hoy es de lo poco que nos queda, por empuje y por Amor. Así, tocado por este dúo, el Deportivo configuró dos acercamientos eléctricos a la portería granadina que acabaron por remontar el partido antes del descanso. Dos goles, dos lances, dos luces: pase animal de Bergantiños en el primero, arrancada desde Perillo y posterior penetración en el área de Sidnei Rechel da Silva Júnior en el segundo.

Tras el descanso volvieron las sensaciones torcidas y Lucas dejó su sitio a Fariña entre vítores y sueños orzanísimos. Luisito, también ansiado, rompió la monotonía poco después de ingresar soplando un golpeo tanguero que casi se cuela por la escuadra de Oier. Poco más. El tiempo se hacía plomizo y, aun más o menos asentado, el Dépor olía a tontería y mano a la frente. Al final, pasó lo que les pasa a los equipos azotados por vendavales, inestables, sin alma: empatar con el colista en casa, sin saber muy bien por qué, empapado en lugares comunes, sequedad en la boca, ruedas de prensa vacías, cierto mal fario y expulsiones que lo dicen todo. Ahí plantados. En el dolor de cabeza interminable. El que Luquitas Pérez tratará de reventar.

luquitas

Santuario

En el Sol Naciente, bajando la Ronda de Outeiro, se juntaba lo peor de la Sagrada. En aquella cripta, a las cinco de la tarde, Bebeto quemaba y hablaré de la nostalgia aquí, encerrado en mi cuchitril imbécil de Kreuzberg, a miles de kilómetros de Riazor, del que es y el que fue, dibujándose en mis manos como un autógrafo de Aldana. Sacaré un recuerdo forzado para Enrique Mirás alias “El Nocillas”, guitarra negra, AX blanco trucado, novio de mi hermana, cliente habitual y amigo íntimo de Xan Cerqueiro, el de la flauta travesera. Junto a ellos, piratas desdentados y mil cacharros marca Pioneer elegantemente sustraídos en el barrio, “vamos hasta el bar y hacemos inventario”, después de pasar por Katanga, bien recogidos en la barra. Las ocho: un rosario, debajo Bebeto, velas y flores viejas, la camarera: “a mucha honra, hijo de la gran puta”. Llamada del mar, paria padre, aprovecho para cagarme en Dios, también en los artistas que no sangran, los tengo al lado, son los bien pagados por la República Federal, aquellos que dominan las estanterías del Bio-Markt pero no la magia ni el humo adyacente. Palidecen, pues, al lado de Arsenio y mis imágenes benditas, que llaman otra vez, cantan por mí, me piden que vuelva a la vida que fue mía. A veces, desgarrado, pedaleo más fuerte y me río. Voltaremos. Te aplasto, te agarro la cabeza a lo bestia, bonita, ven, que te doy un beso por cada gol y fumamos. Aquellos colgados del Sol Naciente se pasean todavía hoy por el estadio, con boina y chupa de cuero, se ríen bien alto y con la mano abierta golpean victorias y derrotas. “Vaya temazo”, dicen, mientras pillan la noche envueltos en otra canción. Pero no seguiré con esto. Sirva el conato para recordar que hay hostias, nombres, visiones formidables, imposibles de superar. Que te dejan jodido y exhausto, que te torturan a distancia con voz de sirena o marinero muerto:

“si me amas, si de verdad me amas, siempre te acogerán mis olas”

Instrumento

bergan

Mediocentro, portero, ahora central, central zurdo, lo que sea, y siempre solvente. Sus prestaciones llevan un tiempo correteando por los periódicos, por los bares, por las bocas medio pesimistas que pueblan sus barras, del Ventorrillo a Monte Alto. Dicen “carallo pra o chaval…” y “pouca broma, con este chaval…” y también que es algo así como la sección rítmica de Fugazi, con la campanita de la bataca incluída, una gasolina insustituible en este Deportivo que no folla. Tras superar la prueba de las cesiones, un mazo que aplasta las posibles carreras blanquiazules de la mayoría, el rubio lleva dos años notabilísimos, siendo quizás el más regular de todos, sin quejarse, metiendo la pierna sin creerse nunca más de lo que es. Podría alardear, enseñar las cicatrices, pero no lo hace. Pocas palabras y mucha acción. Oscura. De central más oscura todavía, y parece que le pone el asunto. Donde sea y cuando sea, sin promesas chorras. Así funciona Bergantiños. Su actitud eleva el nivel de sulfuro en el campo y en la grada, algo crepita, y mucho tendrán que sachar Kaká o Marchena para quitar de ahí al Imperátor si es que a Vázquez, claro está, le da por mantenerlo en esa posición.

Metiéndonos en el debate sobre si debe o no volver a su mediocampo natural, decir que el rendimiento de Wilk y Frigoríficos Domínguez en esa parcela determina la continuidad de Bergantiños como central. Siendo Ínsua inamovible, la espera de Kaká y Machete es poca cosa, no porque sean mejores ni peores, sino porque todo parece funcionar y, además, porque esto es cuestión de sentimiento y adicción y ahí Álex es insuperable. Así pues, mejor no remover y esperar a que Culio, Cachicote y Juan Carlos dejen de una vez el speed y apuesten por la maruja, que es lo mejor para la cama.

Otro asunto es la capitanía, tema baladí para muchos pero de importancia crucial para los románticos. Sin querer poner en duda todo el capital emocional que rodea a Manolo, su ancestral sabiduría y cumplimiento del deber a pierna cambiada, esperamos con los ojos semicerrados a que el brazalete caiga en el bíceps del 4. Nadie como él para representar la energía que fluye en el grupo: tenaz, intensa, defensiva. We need an instrument, to take a measurement. Si Luisinho entra finalmente en el once lo lógico sería que no tengamos que esperar al año que viene para verlo.

Going Under

La conocí cuando ganamos la Liga. Se me pegó tanto que me olvidé del triunfo. Todo era tan difuso como una cesión de Romero dentro del área. Me enamoré perdidamente mientras ella leía a Gioconda Belli y me daba a probar drogas telúricas. Yo correspondí dándole un poco de césped. La Copa de Europa nos embistió lanzándonos a un cielo rayado donde su pelo rojizo no desentonaba. Lo recuerdo bien. Walter Pandiani acababa los calentamientos probando su disparo al ritmo de la canción aquella de Evanescence, Luque trepanaba a Buffon, Salihamidzic azuzaba sin suerte a la grada del Olímpico de Munich buscando la remontada que no fue. Y nuestro amor crecía con el equipo y ella, nacida y criada en Vigo, succionaba las olas de la bahía como una loca. Aún no sé a qué clase de encantamiento somete Coruña. “Son los polímeros”, dice mi amigo ateo entre caladas.

El caso fue que abrazó la causa como una más, sorprendiéndome aunque en el fondo estuviese muy seguro de la potencia de mi láser. La canción incorporaba cada vez más tonos, diamantes, ruedas en llamas camino del Burgo, piedras negras. Se iba pareciendo cada vez más a un solo enloquecido como el del final de “Mary, Mary so Contrary”, abarcando agua, cigarrillos, sábanas frías, yo qué sé. Llegamos casi a lo más alto, aquella tarde lluviosa acompañados por Deco y por una amiga que luego se hizo del Celta pero que sigue enamorada del Deportivo. Ella lloró en aquel bar de Calvo Sotelo, y le saqué una foto. Empezó la cuesta abajo. Caparrós sucedió a Irureta y Lotina a Caparrós, y durante todos esos años pulverizamos registros drogadictos, nos insultamos en noches arrebatadas, mordisqueamos el cáncer, empatábamos a ceros todo el tiempo. La ciudad se nos caía encima y tal derrumbe activó un clic inesperado en su cabeza. Perdió el control tras el verano del descenso, no hacía pie en el azulejo de la realidad. Descenso. Paranoia. Brote psicótico. Cabeza blanda. Intenté agarrarla torpemente, ciego, rezando, egoista, pero ya nada valía, ni siquiera las palabras envenenadas tan efectivas un tiempo atrás. Me suplicó que abandonase para no caer, para no caer los dos en la penumbra de la habitación con los ojos desorbitados. Me suplicó que abandonase el paraíso y aquí estoy, un año y pico después, lejos, mirando un cartón de huevos frescos con una pegatina en la que sopla una niña rubia que me sume en una mierda infinita, íntimamente ligada al devenir de mi club, casi muerto pero todavía a latigazos con el mundo. Justo como nuestro amor, símil de aquella plegaria de Zitarrosa “nuestro amor está entero, sólo que se esconde, brilla de enero a enero, sabemos donde”.

Dicen que esto pasa sólo una vez en la vida, que ya nunca volverá a ser como antes y, aunque me resista a pensarlo, acojona ver lo sincronizados que van los pasos en esta historia. Supongo que estas cosas pasan, lo habréis leído ya en Fiebre en las gradas o en alguna revista, pero nunca pensé que pudiera ser el actor principal de algo así. Bajando las escaleras de mi edificio, echándole un ojo a mi llavero con el escudo, sobando el sofá destrozado, todo me lleva al mismo punto, incapaz de dejar atrás todo aquello. Subiendo y bajando. Sabiendo que aún respira.

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