Curva robada

Por momentos algo parece rugir ahí arriba, diez metros por encima de nuestras cabezas. Pasa una gaviota y huele a ensamblaje de otro tiempo que enternece y hace un cuello mejor, más fundido con ese cuerpo chorreante que la historia del estadio reclama. “Es un ambiente raro. Todo parece como muerto, o por lo menos es obvio que algo no funciona. En determinados lances algo crece, pero vuelve a caer a toda hostia.” Y muros gigantes entre las gradas. Chicos muy jóvenes jaleando desde abajo, en General. Gafas horteras, chicles, amor bajo un código que no entiendo. Pocos cigarros y menos porros. Un cachas con la cabeza rapada y tatuajes acelera el ritmo, agita los brazos mientras mantiene un gesto de desaprobación constante. Mira a todos esos chavales que ocupan inquietos el lugar donde antes rosmaban el esquelético Jimmy, el insomne Narciso o el mastodonte Meixide. Poca o nula esperanza, pero el balón, dicen, cuando entre el balón. A cinco metros del cachas desolado berrea otro chaval, peinado moderno con flequillo y chaqueta casual, y éste sí que va en serio. Todos los domingos voy a Riazor, a pleno pulmón, como si hubiese algo que rescatar de las catacumbas en Manuel Murguía, como si hubiese que sacar la carcasa de Riazor Blues del mismísimo infierno. No te rindas porque… La grada de Pabellón responde con menos fuerza que un pedo de Juan Domínguez. Agrietados todos, vemos cómo se mueve Fajr entre líneas, tragamos silencio. Volver al estadio tras catorce meses fuera de casa me está provocando mareos. “Los colores”, dicen, “no te gustan los colores”. Es verdad. La remodelación del campo, esas pantallas, la hierba en lugar de las pistas, los colorines azucarados… todo es muy desagradable. La megafonía es la peor mierda que uno se puede tragar. Aplausos tímidos. Todo en su sitio, como en el Sieiro, que ahora tiene también luces estroboscópicas y pantallas de puta madre por ahí repartidas, todo blanco, plano y aseadito como unas botas fosforitas a las que ya no se queda pegado ni el césped húmedo tras una sachada, si es verdad que el césped sigue húmedo como dicen y no es ya algo más, menos bruto. Curva robada, pues. Y la gaviota que sobrevuela Preferencia es un cuervo hinchado con los ojos ardiendo y por qué no habré aprendido a morir antes, asimilando el vacío. Clavo los codos en la barra de un bar de la Ciudad Vieja: “te lo dice un lendoirista, yo al principio me cagaba en la nueva directiva pero ahora hay que decir que lo están haciendo bien, el estadio quedó bien chulo y la plantilla ilusiona bastante.” Cruzo las piernas en la terraza, echándome para atrás: “llevamos unas cuantas temporadas en plan esquizofrénico, la gente está rota, hace falta un poco de tranquilidad y que entre el balón.” Miro hacia la izquierda y veo a Cartabia sobando el pico del área, pero el balón no entra. Riazor vuelve a esbozar una sonrisa pero la comunión no está. Aun así, me emociona ver que en el entrecejo de Ignacio, compadre de fondo, una fuerza sigue tratando de enchufarlo todo alrededor, un impulso que le pone chándal a Víctor Sánchez del Amo y abre en canal la macropantalla, que cae hecha trizas encima de los adolescentes de Pabellón. Ahí están, llenos de sangre y virutas de plasma. Ignacio me saca una foto mientras me ajusto las gafas para divisar mi antigua localidad. Veo al tío que se fumaba los petas en el descanso, siempre acompañado de su novia, pero no al paisano de la boina llena de chapas. Las tenía hasta de Jokanovic, y en sus ojos se adivinaba ya un desastre. Bajaba las escaleras como hastiado y eso que aún no gastábamos colorines. Voy al baño, me sube el hachís. Vuelvo a la grada y le digo a mi compañera que me siento liberado, que ya no le tengo miedo a la desafección, que por lo que a mí respecta ya pueden poner hasta hologramas en el césped, que hay que aprender a asumir que todo acaba y que a los borrachos nos abrazamos así como a las broncas y a las deudas. Ni un rizo de humo. Limpieza patrocinada. Me paso el partido buscando detalles que me salven la visión, pero no lo consigo y caigo en una poza melancólica desde el mismo instante en el que salgo por la Torre de Marathon hasta que me encuentro, ya de madrugada, con los camaradas del matadero. Estoy fuerísima, no hay quien me saque de la dimensión a la que accedía ya por la mañana, cuando no veía ningún fogonazo prepartido por las calles. Alguien repite lo de la pelota que entra y cambia el canal, letanía, asiento y dibujo las imágenes que quiero pero de repente me veo en el ascenso vazquista intentando colgar farrapos de las ventanas que decían “UN DE NÓS” o “CURVA DELIRIO” pero que no se leían y acabaron por caer al pavimento sirviendo de alfombra a aquella procesión descafeinada. Me despido del matadero y en el camino a casa quiero tirarme a los brazos de un viejo que lleva una camiseta verde de las de Feiraco amarrada al cuello. Oler esa piel pergamino y que me diga cuello, chaval, cuello chorreante, cuello pegado al pecho, nexo que no hay dios que funda.

Tristeza

General es la grada que más cerca de mi casa. La grada a la que acude la mayor parte de gente de mi barrio. Pero yo nunca he estado en General. Sí en la superior, donde me hice mucho daño en el dedo gordo de un pie mientras le daba una patada a una valla con motivo de alguna ocasión errada durante aquel infausto Deportivo-Valencia. Solo me he acercado al fondo de General, mi grada si de localización geográfica hablamos, para ver de primera mano las pintadas y para presentar mis respetos a un asesinado. No me siento cómodo rodeado de excitación extrema, de esa mezcla de pasión y locura que reina en los fondos ultra. Los veo de lejos y me gustan, pero no me atrae integrarme en ellos.

Hace tres meses un aficionado del Deportivo fue asesinado. Muchos reclamaron medidas, enmiendas a la totalidad. Hubo aspavientos. Hubo comunicados, desmentidos, notas informativas. Y los que están al mando han, por fin, acudido a complacer a aquella gente que quiso cambiarlo todo. Hoy se hacían públicas una serie de medidas que, en la práctica, significan la ilegalización de Riazor Blues en su casa, que es Riazor. Pero eso no me preocupa. Miento, sí me preocupa, pero me preocupa menos que otro tema. La LFP, dos semanas después de rechazar adherirse a una campaña contra la homofobia, ha decidido que tú eres el culpable de lo que pasó hace tres meses. Prohíbe o insta a prohibir los mensajes reivindicativos, de carácter social o político, de carácter comercial o religioso, sean cánticos o pancartas.

El fútbol, dicen, no es espacio para aquellas cosas que son ajenas al deporte.

El tema de conversación en las redes sociales hoy es, en cambio, un rumor y el desmentido público por parte del presidente más poderoso del fútbol español. Creo que tras 27 años aún no he entendido bien lo que es y lo que no es ajeno al deporte. Bueno, al fútbol.

lfp

Almería – Dépor, J25

Jornada 25 de la Liga BBVA 2014-2015. Sábado 28 de febrero.

Almería C.F. 0 – 0 R.C. Deportivo

Una semana después empiezo a tener la sensación de que se me ha pasado la resaca. Bueno, no. Todavía no tengo ganas de emborracharme otra vez, así que no. Sigo resacoso y deprimido. Resacoso porque bebí como si no hubiese mañana desde 24 horas antes del derbi. Y total, al final no hubo mañana, así que debí hacer bien. Deprimido porque lo suyo sería que todo esto me importase una mierda, como a una grupi del instagram de Lopo que se lo hubiese follado esa misma noche, así a lo cerdo, con la peluca y la tarjeta roja todavía pringando sudor.

Pero no. La abominable realidad es que me siento como un yonki que se cruza con su peor enemigo en el portal de la casa de su camello y al subir las escaleras descubre que “lo siento tío, acabo de vender lo último”. Hay muchos vasos que apestan a ginebra o ron garrafonesco que pueden atestiguar que más de uno y de dos pagaríamos barbaridades por ese último chute que se han llevado. Dame la puta droga y haré gustoso penitencia de un año en Segunda, que de Madrid hacia arriba ya he probado el agüilla del suelo de todos los tugurios.

En el instituto no había tanto alcohol y ni siquiera follaba, pero todo era mejor, sobre todo cuando perdíamos. Los del Vigo se ponían así como son ellos, con ese cándido orgullo de cristal; pero los nuestros hacíamos piña y nos la sudaba todo, porque éramos nosotros. Nosotros, qué palabra jodida. Ahora ya no, ahora somos más como ese colega que siempre quiere pegarse con alguien cuando bebe un poco y con sus propios amigos cuando se lo bebe todo. Damos asco y creo que por eso sigo teniendo resaca, seguramente por eso prefiero autocompadecerme viendo la Paramount en un hotel que tragarme la derrota a medias con Adrián.

De modo que ahora Almería. Los bares cierran aunque estés a punto de convencerla y la liga sigue aunque claves el colmillo en la lona. El mundo se va al carajo, a quién cojones le puede importar Almería por muy sábado que sea de nuevo. Encima les quitan tres puntos justo antes de jugar contra nosotros, verás como somos tan gilipollas de regalarles lo último a nuestro enemigo. Pero si tengo un canuto me lo fumo aunque lo haya dejado y si tengo una navaja me corto las venas. Voy a ver el partido y tendré los benditos huevos de gritar cuando rojadirecta falle y de resoplar cuando piense en por qué no fichamos nosotros a Hemed, a Thievy o a Juan Ignacio.

Ahora me acuerdo de un celeste que conocí el sábado del derbi en la previa. El cabrón me ganó un cubata porque se acordaba exactamente del año en que habían ganado por última vez en Riazor. Bueno, qué digo del año, el tipo se acordaba hasta del árbitro. Mucho tampoco ganó, porque si dejé vendidos a mis colegas no iba a presentarme tras el partido a pagarle la copa, que era lo pactado. No me arrepiento, pero creo que él sí hubiese aparecido si le hubiese tocado pagar; y pienso que a lo mejor son mejores personas que nosotros. Probablemente lo sean y por culpa de eso tengo una cosa más que me importa una mierda en la que pensar.

Total, que al final lo de Almería nada. Dominar, gobernar, controlar, mandar; todo suena demasiado autoritario para la sensación sumisa de que nos están dando por culo a nosotros. Nosotros, qué palabra jodida. Es sábado y sigo teniendo resaca, todavía no tengo ganas de emborracharme de nuevo. Sólo quiero que llegue otro sábado y entonces Sevilla, entonces quizá llegar a tiempo a casa del camello, quizá beber todos los cubatas que perdimos contra los vigueses. Nosotros, no sólo yo ni yo solo.

Emeka Ezeugo

hostal

Dépor – Recreativo de Huelva, J34

Jornada 34 de la Liga Adelante 2013-2014. Domingo 13 de abril.

R.C. Deportivo 2 – 0 R.C. Recreativo de Huelva (Juan Carlos, 6; Ifrán, 69)

Por razones que no vienen al caso, os tengo que confesar que no voy siempre a Riazor, aunque desde hace algunos años sí voy siempre que me es posible. Antes, hastiado del ambiente vicioso de la inferior de Pabellón, decidí que prefería ver los partidos por televisión. Error. En la televisión no salen tipos como Txiki.

Txiki, siempre con gafas de sol, es un tipo con pinta de cuñado graciosete de los que te joden las cenas en Navidad. Se sienta en Pabellón Superior, apenas unas filas por delante de donde me suelo sentar yo. Txiki baila la música de los descansos. Toda. Hasta el Escándalo de los anuncios de la Estrella. Le gusta especialmente el Stamp on the ground the los Italobrothers. No sorprende. Le gusta y ejecuta sus dos pasos de baile preferidos: el nadando de espaldas y el controlador áereo. Pero Txiki, camiseta amarilla de Insua o la blanquiazul con su propio nombre, sobre todo anima. Anima tanto que a veces se lleva un megáfono para intentar alentar a las masas que le rodean, usualmente impertérritas, desde su asiento situado en la primera fila del segundo anfiteatro.

El Deportivo-Recreativo resultó ser una de las mejores actuaciones de los locales en su estadio. Las bajas configuraron un once ofensivo y el Recre colaboró dejándose hacer, perdiendo uno y otro y otro balón cerca de su área. La presión era intensa y era buena, confundiendo a propios y extraños, que no veían este tipo de disposición sin balón desde que otro tipo con gafas se sentaba en los Recaro. Tan fino estuvo el equipo en el robo que cuentan desde el vestuario que en el recuento de bienes se encontraron tres estampitas de San Sebastián, patrón de Huelva, el número de teléfono y las señas de Francisco Guillén y una foto de Cruijff, al parecer sustraída de la cartera del mismísimo Sergi Barjuán.

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Como todos disfrutamos, Txiki se dedicó a otras cosas. Como todos animábamos como en los mejores días, se dedicó a gozar, sin olvidar su labor de líder ungido a partir de su megáfono. En cierto momento de la segunda parte, dos tipos en el control del Canal+ se miraron extrañados, pues un aplauso que no obedecía a ninguna razón lógica se coló por el micrófono ambiente desde cierta zona de la grada. Efectivamente, Txiki había cogido el megáfono y, señalando a un tipo con una gorra roja de esas que incluyen publicidad de un taller mecánico, había pedido un aplauso para el que siempre será nuestro vicepresidente Patxi Dopico. Los que estábamos allí cedimos, cómo no, por convicción o por la sorpresa que supuso reconocer su barba blanca cuando se dio la vuelta agradecido. Fue entonces cuando vimos al verdadero Txiki, probablemente un tipo al que ni me acercaría fuera de un campo de fútbol, que ya se había orientado de vuelta al partido. Fue entonces cuando se volvió de nuevo, veloz, y señalándose cada sien con un dedo índice de cada mano, le espetó un contundente NO OLVIDAMOS al bueno de Patxi. Sin megáfono ni intermediarios. Txiki a Patxi: NO OLVIDAMOS.

Y por eso gozamos tanto contra el Recreativo, lo sabía Paxti y lo sabe Txiki. Gozamos de un liderato asentado sobre un juego que bordea lo desquiciante en muchas ocasiones y de unos resultados buenos únicamente porque son mejores que los de los demás, porque no olvidamos. Y tampoco tenemos pensado empezar ahora.

 

El resultado nos da igual

Hay un banco en la Plaza de Portugal en el que veíamos desde las ventanas de clase cómo el insigne dealer Naranjito le comía los morros día-sí-día-también a la hija del director de estudios. Allí mismo, años más tarde, sin más pelotón de fusilamiento que los nervios, tuve a bien consumir apresuradamente una botella de Brugal añejo para pasar el trago, regalando tan solo una sexta parte de ella a mis amigos no tanto por cortesía sino por temor a que la ingesta me impidiera llegar al campo por mis propios medios. Los hay que al pisar grada se quedan de espaldas; yo asumo que pasaré el encuentro apoyado en el urinario.

Luego Dani pasearía la bandera y todo se magnificaría. Para cuando recogieron los restos de la fiesta, de la orquesta solo quedaba un quinteto de cuerda.
Y el centro de la zaga bastante cojo.

Un año después decidí tomármelo con calma y fui a beber la misma cantidad pero a un sótano y con un solo amigo. Organizamos una especie de misa negra en la que no sabíamos que la cabra a sacrificar era de nuestro rebaño. Al salir y ver la luz hiriente del día reflejada sobre la cascada del Palacio de la Ópera, el golpe fue suficiente para que cuando llegamos a la Plaza de Pontevedra ya nos habíamos perdido el uno del otro. Ya en el partido y desde el baño, recé padrenuestros a moreas para que Riki estuviera marcando hasta con las cejas pero eso jamás llegó a ocurrir así que decidí ir resbalando poco a poco hacia una casa donde resguardarme. Cuando Twitter me confirmó lo inevitable – lo indefectible – me quedé dormido sentado en el suelo apoyado en una pared de la cocina. Así me encontró la madre de la que era mi novia, con la bufanda asida aún en la mano mientras el perro me lamía las lágrimas resecas de las mejillas.

Cuando desperté, el flaco ya no estaba allí.

Al parecer solo se había quedado a consolar a la chica hasta que vinieran las amigas.

No sé si fue la bebida la que hizo que creásemos a un monstruo. En la derrota cruel se abrieron esclusas de llantos, quejas y chivos expiatorios. ¡Nosotros! Que la vida se nos perdió en un minuto, que en el pitido de inicio ya vislumbramos la derrota, ¡nosotros! Ahora nos veníamos con quejas de un Griezmann insufrible, de txuri-urdin que no querían ascender, hasta flotaban rabias lejanas de un Aduriz pidiendo perdón y por poco abroncamos a la media tonelada de toro que mató a Manolete porque Hacienda no quisiera negociar.

 

Nosotros, que éramos reyes.

 

Media hora después de medianoche, Xisco acababa de marcar al Nástic con el lagrimal a punto de caramelo y el encargado de la gasolinera de enfrente de mi casa cruzaba a pie el puente de Alfonso Molina. Cuando vio a los bailarines negociar con las pieles del oso entre los chorros de la fuente les gritó ¡idiotas! pero su voz la apagaron los coches frunciendo bocinas nerviosas. Así nos lucía. Seguro que hay algún bar de Los Mallos bajos en el que siguen gritando el gol de Silvio. Seguro que siguen creyendo que Filipe sacó la otomana por nosotros. Algo habría que aprender del Lugo, de todos aquellos a los que encontramos en aquellas noches en las que, prepotentes, les deseábamos que subiesen a Primera y nos contestaban “¡no me jodas, espero que no!”.

No olviden quiénes son. No olvidemos quiénes somos. Tampoco quienes éramos.

Trece años antes, temblando desde el minuto 4 se apostaron sin miedo en el paraavalanchas los nuestros, esa república del chandal, de camisetas con faldones, mucho antes de que la Roma y la Azzurra tanto daño hicieran a nuestros michelines. Cuando encendieron la tele se vieron allí, pailanes perdidos, y mientras tanto los jugadores volvían a casa a las tantas como quien llega de campamento y sus madres, brazos en jarras inquirieron, ¿pero qué pelo me traes? – yo qué sé mamá, todos lo hicieron y tras ver que Ramudo se levantaba resignado, claro que todos lo hicieron.

Según el único registro válido, la hipérbole de la voz popular, se juró que al igual que en mayo del 68 en la cancha había seiscientascincuentamil personas. A mí no me busquen en la foto, yo estaba recogido alcohol-free en un Barrio de las Flores en el que se le iban cayendo uno a uno los prejuicios de los bolsillos a los señores mientras sus parientas aplaudían apurando un mostito GREIP. No me avergüenzo, Maradó tampoco estaba allí, vigilaba desde su hospitalcito que el de Ñuls o el de Vélez no se hicieran daño con el 10 escondido que llevaban a la espalda por si marcaban. Pero marcó Donato y el resto de la historia ya la conocen: A. Orejuela, va por ti, ánimo. Tanto da, El Diego acabó resucitando al tercer día como era previsible.

Se logró todo y la vida siguió igual. Seguimos siendo un reducto galo hecho de planes a corto plazo, temblorosos e infames, jaleando todavía a Arbeloa, Wilhelmsson, Desmarets. Bancaríamos a cualquiera que nos regalase una lambreta en un domingo lluvioso. Y ahí la belleza.

Vuelve ahora una noche de esas en las que de camino al estadio no se sabe a que hora se volverá. Pase lo que pase, beberemos igual. Y no es que no tenga importancia el resultado, Dios quiera nos contrate la ETT para una nueva temporada en Primera, enorgulleciendo a nuestros padres, llegamos de nuevo sin experiencia exigida, contrato por obra, precariedad y al parecer mucha proyección y posibilidad de contrato fijo. Del salario atractivo ni hablamos y si la comida se la traen en un tupper eso es lo que llevamos adelantado.

Pero estaremos contentos. Pediremos poquito. Que bote Tino, tanto que se le escapen ofertas de trabajo. Que vuelva la wifi a la sala de prensa. Que crezcan enredaderas de la botánica capilar de Sissoko que lo aten a los bancos del Paseo. Que sigan causando ardores en el sur. Que se vengan los buenos. Que vuelvan a acunar al protegido de la Sagrada, que obliguen a que juegue por decreto todos los partidos de Liga, con la bandera de Los Suaves a la espalda, con los latidos de Daniela en la cabeza, con la respiración de la grada en su nuca.

Tengo en el ordenador unas imágenes con Daniel De La Cuesta. Acabábamos de ascender y posábamos para una foto aún dentro de Riazor con nuestras bufandas. Esos tres segundos hasta que el momentáneo fotógrafo se dio cuenta de que estaba grabando un video transcurren con una sonrisa impostada, infantil, agotada, más nerviosa que antes de empezar. Un año más tarde salíamos fatal en todas las fotos. No se olviden de ninguna de esas noches. No se olviden tampoco de la que viene.

Lo mejor de aquel funeral fue el beso que vino a darle Lionel al cadáver. Todos mis amigos tienen fotos con él antes del partido. Yo me las perdí porque me cogió meando por cuarta vez en la previa, en un árbol de un lateral de Las Esclavas. Fue ese momento preciso, al igual que había pronosticado el flaco, en el que sé que empezamos a ascender.

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*por @erikskauch