Erasmus na Siberia

Estamos cincuenta ou cen anos atrás dos países avanzados. Temos que compensar esa distancia en dez anos. Ou facemos iso ou eles hannos esmagar.

erasmusnasiberia

Pródigo

Pensábamos que allí solo había plátanos, playas pedregosas, camareros en tanga, yonkis gallegos trabajando en la construcción y matrimonios de mediana edad y media clase dejándose llevar un poco más por la decadencia. Pensábamos que ese sol africano solo podía parir talentosos atacantes de piernas esqueléticamente feas y andares torpemente bellos. O morenos de gimnasio para exportar al Royale y lo que surgiese. Pensábamos. Pensar lleva al error. (Casi) Siempre lleva al error. Un amigo, de visita en su puticlub de confianza (uno de ellos), ya estaba medio empalmado cuando el boss, al verlo aparecer, le dijo que le tenía una maravilla guardada. Se recreó entonces en el whisky asintiendo ilusionado. Por las largas y rojas escaleras enmoquetadas bajó una señora grande, rolliza, con los cuarenta dejados lo suficientemente atrás, pintada como para una guerra y a medio vestir. “Ti es a da limpiesa, ¿non?”, le inquirió sorprendido con palabras mezcladas, valientes y temblorosas, impertinentes y miedosas, entre la decepción, el odio y la desgana.

“NO, YO SOY LA PUTA”, asegura entre risas mi amigo que le espetó con naturalidad la mujer siempre que sacamos al tema. Pensaba en otra clase de maravilla, el pobre infeliz. ¿Quién iba a pensar que un chulo mintiese? ¿O que tuviese mal ojo para las maravillas? ¿Quién no iba a pensar en la inocente dulzura del putero? Por eso es mejor no pensar que de Canarias un portero no podía salir. Cómo va a salir un portero de Canarias. Cómo va a salir un portero de Canarias, si para uno que tuvo el Dépor en curación lo echó, o se fue, o se dejaron ir. Una huida casi tan brusca como cuando me largaron del autobús de donar a sangre a patadas.

Aferrados pues al empirismo de Abegondo y el ojo del César, era imposible que un portero saliese de Canarias. Pensábamos. Y el portero canario del Dépor desapareció por Andalucía buscando sol y gloria y la Primera y la Segunda y nadie sabe qué hizo desde entonces, aunque muchos sostienen que lo hizo bien y trabajó duro y todas esas cosas que se dicen de los que uno no sabe nada, todo eso que se dice y que no vas a comprobar. Mientras, nosotros bajamos, subimos y volvimos a bajar.

Entre tanto, y con un portero riojano porque de La Rioja sí creemos que salen porteros hasta que demuestran lo contrario, fuimos, como ahora, al Calderón del Cholo. El Calderón del Cholo. Ya suena a sadismo de solo decirlo. A fuego, cuero y metal. Madera, clavos y cuerdas. Fustas, sangre y barro. Allí se presentaron Insua y Roderick como dos quinceañeras viendo su primera polla en una peli porno. Pero no era una peli. Sí muy porno. Falcao la sacó y no supieron qué hacer con ella cuando se la restregó por la cara. Nos empotró el Cholismo luego de atarnos a la cama por si se nos ocurría movernos o, peor aún, salir corriendo, que alguno lo hubiese intentado. Nos reventó y volvimos desangrados, si es que volvimos. Se fraguó de nuevo la B en el Calderón del Cholo. Al Cholo lo cabalgas o el Cholo te rompe, dicen. Lobo hambriento, huele el miedo y la carne. No sé quién dice. No sé quién lo cabalgó. “Uno está lleno de dudas. Yo tengo dudas en todo”, decía Arsenio.

Bajamos, pues. Cómo no íbamos a bajar si lo único que queríamos era subir. Llegó entonces, como para hacer bulto, como para que Lux tuviese pinche en los asados, un portero que decía ser canario y, además, portero. Decía, también, ser el mismo que pegó un portazo (sin ruido) al salir. Entre las mechas traía historias del Betis y el Recre y que si una transfusión de caldo que se había hecho en Vimianzo y no sé qué más, pero nadie le hizo caso. Solo le creímos que era él. Le creímos a sabiendas de que de Canarias un portero no podía salir. Le creímos a sabiendas de que nos resultaba lo suficientemente agradable para sentarse en un banquillo y no molestar. Muchos, escépticos, insistían que no, que no era el mismo. Que no podía serlo. Pero, coño, lo parecía. Cómo no íbamos a creerle si en Canarias no salían porteros y éste era el único que ya conocíamos. Decía ser Fabricio. Tenía que ser Fabricio.

Después de bajar subimos, claro, que para eso habíamos ido. Y esta semana volvemos al Calderón sin portero riojano, ni argentino, y llenos de dudas. Dudas y más dudas. Entre tantas, porque tenemos un canario que no ha encajado en cuatro de los últimos cinco, que dice no sé qué web de estadísticas que es el portero más en forma de Europa y es probable que cualquier día lo veamos tirando besos por el Paseo Marítimo subido a una carroza, estrella de rock. Dudamos porque de Canarias no podía salir un portero. Pensábamos.

El chico para, grita, tiene un par de huevos para salir, parece que le falta un hervor y se está comiendo la portería y lo que se lo pone por delante. Estamos seguros de que el mismo no es. Ahí no dudamos. No descartamos que sea un impostor huido de alguna clase de justicia o régimen que prepare porteros de nivel en cualquier búnker secreto con porterías y máquinas escupe pelotas, pero no puede ser aquel tal Fabricio Agosto. No puede ser aquél que echaron, o se fue, o se dejaron ir. Ése que volvió una vez descendidos. No, no. Estamos seguros de que el mismo no es.

Pensábamos que allí en Canarias podía haber muchas cosas, pero no un portero. Pensábamos. Se equivoca mucho uno cuando piensa. Ahora sabemos, ahora no pensamos. Sabemos que los hay. Al menos uno. El nuestro. El que portará la bandera si es que vamos a cabalgar sobre el cholismo en el Calderón.

Mirandés – Dépor, J29

Jornada 29 de la Liga Adelante 2013-2014. Sábado 8 de marzo.

C.D. Mirandés 1-0 R.C. Deportivo (Pablo Infante(p), 78)

Cogió el balón en mediocampo, creo. Nunca nadie se acuerda de cómo empiezan las grandes jugadas cuando no hay tele que te lo recuerde. Y las pequeñas ni te cuento. El caso es que yo lo visualizo recogiendo un balón largo en mediocampo, de espaldas a portería y haciendo como había hecho ya unas cuantas veces a lo largo del partido. Se giró y encaró, solo, a los cuatro defensas del equipo visitante. Desbordó hacia la derecha al primero que le salió, un central alto al que se encontró esta mañana en el portal de su casa y del que se despidió en el peaje de la Barcala, todo el día juntos. Al segundo lo desbordó fácil porque llegó tarde, también hacia la derecha, ya estaba en banda, casi pegado a la cal y a medio camino entre el área y el círculo central. Se detuvo y vio cómo, al fin, sus compañeros acuden a la segunda oleada. Repito. Se para. También el defensa que le había salido al paso. Stop. Todos quietos. Chssss. Congelados. Bicicleta y, en una baldosa, dos toques para una salida rápida por el único hueco que había entre defensor y la línea de banda. Aceleración. Full throttle. Fe en dios e ferro a fondo. Potencia. Caño al último defensor, que se arroja desesperado a intentar pararle.

También os digo que no sé cómo acabó la jugada. Nunca se acuerda nadie de cómo terminan las grandes jugadas que no terminan en gol. Ni te digo las pequeñas.

Sí sé cómo acabó el encuentro. 2-1 y una exhibición de Dani Iglesias en Abegondo. Un resultado que saca al Celta de la primera posición y pone la División de Honor Juvenil en manos del Real Racing Club de Santander. Y yo que me alegro.

0-0 en Anduva. No fue penalti. 50 puntos.

scale

Silenciador

Es una brisa leve, casi imperceptible, la que me besa la frente. Me susurra su nombre, inhóspito, vulgar, y me acuerdo de la sucesión de cafés y pitillos en Abegondo, hace unos años, intentando descifrar a los chavales de Ramallo. Tenía entre ellos algunos amores pero, la verdad, ni a mí ni a ninguno de los allí presentes parecía importarnos una mierda el devenir de la cantera. La visión heladora de los fantasmas de tantos y tantos caídos nos impedía creer. Aun así, el olor a chungazo que emanaba del club nos llevaba a preguntarnos: y si estos flacuchos tienen que tomar las riendas? La era finalmente se descompuso y de sus escombros salen flores que, ahora sí, miramos con atención, pues de su belleza depende nuestro futuro. Una de ellas lleva por nombre Juan Carlos Real Ruiz, y es en estos momentos la que más ciego me pone.

Su influjo llevaba tiempo creciendo en mi cabeza. No sabía muy bien por qué, pero no quería perderlo, así que me acojoné cuando vi peligrar su continuidad en el equipo. Su nombre temblaba en el papel y parecía abocado a desaparecer, pero la llegada de Fernando Vázquez, el nuevo descenso y la Reconstrucción guevarista comandada por el técnico propiciaron un nuevo escenario en el que Juan Carlos es por fin protagonista. Bien en pretemporada, beneficiado por una confección de plantilla lenta que apilaba canteranos en el casting, todo el mundo vio que sí, que valía, que era futbolista del Deportivo. Empezaron a llegar refuerzos, varios de ellos ocupando plaza en tres cuartos de campo, con lo que el asunto se ponía feo para el chico. Yo, guiado por una intuición que me caía a plomo sobre la cabeza, dije desde el primer momento: Juan Carlos debe jugar. Sí, objeciones, obviamente, se pueden poner muchas, pero en agosto yo lo sentía. Ahora, transcurridas siete jornadas de liga, los canteranos son los putos amos del equipo. Con Culio, Cachicote y (disculpen) Arizmendi más bien diarreicos, son Domínguez, el Rubio e Ínsua quienes pilotan. Vázquez, inmerso en sus pausadas conjeturas, decidió tras palmar contra Murcia y Sporting que había que contar con un arma diferente cerca del área rival, un arma que no montase tanto escándalo y pensó, claro, que no era otra cosa que una pistola con silenciador. Suave, con esa elegancia como de humo, apareció Juan Carlos, mediapunta marroquí de hace años. Dos asistencias en otros tantos partidos, dos victorias, y yo sonrío por mi chorra, porque apareció por fin el chaval que me gusta, el socio que quiere Domínguez, el que estudia, no hace ruido y nos recuerda a aquel otro que también se callaba, y era fino pasador.