Tristeza

General es la grada que más cerca de mi casa. La grada a la que acude la mayor parte de gente de mi barrio. Pero yo nunca he estado en General. Sí en la superior, donde me hice mucho daño en el dedo gordo de un pie mientras le daba una patada a una valla con motivo de alguna ocasión errada durante aquel infausto Deportivo-Valencia. Solo me he acercado al fondo de General, mi grada si de localización geográfica hablamos, para ver de primera mano las pintadas y para presentar mis respetos a un asesinado. No me siento cómodo rodeado de excitación extrema, de esa mezcla de pasión y locura que reina en los fondos ultra. Los veo de lejos y me gustan, pero no me atrae integrarme en ellos.

Hace tres meses un aficionado del Deportivo fue asesinado. Muchos reclamaron medidas, enmiendas a la totalidad. Hubo aspavientos. Hubo comunicados, desmentidos, notas informativas. Y los que están al mando han, por fin, acudido a complacer a aquella gente que quiso cambiarlo todo. Hoy se hacían públicas una serie de medidas que, en la práctica, significan la ilegalización de Riazor Blues en su casa, que es Riazor. Pero eso no me preocupa. Miento, sí me preocupa, pero me preocupa menos que otro tema. La LFP, dos semanas después de rechazar adherirse a una campaña contra la homofobia, ha decidido que tú eres el culpable de lo que pasó hace tres meses. Prohíbe o insta a prohibir los mensajes reivindicativos, de carácter social o político, de carácter comercial o religioso, sean cánticos o pancartas.

El fútbol, dicen, no es espacio para aquellas cosas que son ajenas al deporte.

El tema de conversación en las redes sociales hoy es, en cambio, un rumor y el desmentido público por parte del presidente más poderoso del fútbol español. Creo que tras 27 años aún no he entendido bien lo que es y lo que no es ajeno al deporte. Bueno, al fútbol.

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Al principio picamos todos

Juan Domínguez mira repetidamente hacia atrás cuando conduce la pelota por miedo a que venga a buscarlo y se lo lleve otra vez a Isla Canela. Iván Carril dijo que sí a lo de Irak argumentando que había superado dos pretemporadas con él y que ya no le temía a nada. Seguramente Senel se tiró a las drogas cuando trató de entender por qué había sido titular en aquella eliminatoria de Copa en Mestalla en la que ganamos y no hubo pitada porque era a puerta cerrada. El bueno de Leo tiene en su casa de Bérgamo una diana con su cara y cada noche le tira dardos con la blanquiazul puesta. Taborda se descojonaba el otro día en el banquillo de Riazor pensando que él lo había pedido para un equipo que acababa de jugar la Champions. A Cristian Sincuello le dijo eso de que los extremos primero tienen que defender antes que atacar y se lo tomó tan en serio que enterró la cabeza, se olvidó de cómo se jugaba al fútbol y se centró en construir una carrera mítica. A Pedrito, cuando era nuestro mejor jugador, lo mandó de vuelta a Santander para traer a un israelí mafioso que nunca supo parar y a Antonio Tomás, cámara de gas. Los trató a todos tan bien, que Coloccini no dudó en dedicarle un gol cuando volvió por primera vez a la que nunca fue su casa.

Como buen generador de desconcierto, fue lejos de aquí cuando empezó a favorecernos en algo de vez en cuando. No quiso a Dani y permitió que pasara en las terracitas de Plaza de Vigo los mejores años de su carrera. Y tuvimos que verle las entradas once veces para ganarle siete, empatar tres y dejarle ganar una última jornada en la que nos jugábamos tan poco que salimos con Manu de titular.

Ahora, mientras sodomiza a nuestro Riki, seguramente solo por motivos deportivos, empieza a engañar a una afición que ahora mismo estará ilusionada. Al principio picamos todos. Al principio.

El fin de los 100 días

Ya va un mes y yo aún no sé qué modelo de club quieres, no sé en qué quieres convertir a mi equipo, no sé. Igual soy yo, que no me entero de las cosas, pero según tú, ibas a hacer esfuerzos para que me enterara mejor.

Aún no sé y me preocupa. Me preocupa más que antes y creo que no lo estás teniendo en cuenta.

Y para que veas que esto no es lo que tú decías que era, que no es un negocio más, voy dando por finalizados los cien días de cortesía. Queremos acción, necesitamos hechos. Concreción. Llamas. Sangre. Dialéctica materialista. Mourinhismo. Valors, humildat, seny, pit i collons. Una demanda de Hacienda. Un juicio contra el Vecindario. Un embargo. La casa de Lendoiro es un puticlú. Enrique Cerezo, queremos tu pescuezo. #PresaVeteYa. Un andamio en A Madroa. Ultranacionalismo ucranio. Barricadas en las calles. Venta ambulante. Copazos en el ambigú. Un bote de gases lacrimógenos rodando Manuel Murguía abajo, haciendo la rotonda en las Esclavas y subiendo de nuevo, sin pararse en los semáforos.

Queremos algo. Y lo queremos ya.

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Augusto a lo lejos

Era “confianza e historia”. Y a alguno seguro que le faltó tiempo para seccionar las palabras y sacar a relucir la fianza que pagará sin lugar a dudas el Deportivo si no quiere evitar ser más que copas manchadas de los días de vino y rosas. Más que fianza para no quedar preso, el equipo pataleó por meterse en una hipoteca como todo hijo de vecino. Pero Augusto juntó las sílabas para su candidatura y apeló a la fe mesiánica que se le tiene por barrios, los mismos que frente al televisor cierran los ojos en el primer penalti y solo vuelven a abrirlos para ver quien levanta la copa del mundo. De esa brecha entre palabras brotaba que daba gusto la disyuntiva ideológica y Lendoiro las ató a brida, consciente como siempre de lo que supone la distancia.

Existe una generación a la que Djukic le cogió con el bocadillo de mortadela, Sergio chuleando la Trango y la despedida de Lendoiro ojeando twitter en el descanso del café de la oficina. Benditos sean, pues ellos son los de la generación del “presi” y sirven de reflejo a una máxima del deportivismo: ser ídolo o villano es una cuestión del momento en el que te agarren para juzgarte y cuanto tiempo estés dispuesto a esperar; si es el suficiente acabarás por ser ambas cosas. Y si quieres sentirte imprescindible solo tienes que anunciar que te largas.

Las razones esgrimidas fueron que no me miras como antes que significa que ahora hay división en el deportivismo. Con esa echada de capote a la espalda, Augusto desató la tempestad. La verdadera división es la del lendoirismo, críticos fieles que ahora pescan en río revuelto para el busto a su memoria y en el otro bando agradecidos de por vida que van cantando por el paseo marítimo que la bruja ha muerto sin saber aún que ningún urbano les lleva a Arkansas, y a ver si con las obras de peatonalización no acabamos en tercera regional.

Dice que quiere dedicarse a escribir y yo lo propongo desde aquí y ahora para el Herralde o incluso para el Nobel. Que lo cortés no quite lo valiente. ¿Se dedicará a la tragedia griega o a la comedia de sainete? Será un gran columnista, ensayista o incluso un bloguera de moda si realmente se lo propone. Aunque uno sospecha que Augusto quiere escribir poesía, deseoso de arrancarse con poemas facilones copiados a Neruda que nos recuerden con rencor propio que nosotros los de entonces ya no somos los mismos sin él. Ya se adivina la influencia del chileno. A veces, en las segundas partes sobre todo, el Deportivo está tan desnudo que es bello y simple como una de las manos de Lux.

Si mi opinión valiera algo diría en principio que no me lo creo un carajo. Y lo veo como un halago. Siempre le ha venido de fábula que no lo creyeran, fingiendo que era de fiar y desconfiando hasta de las ofertas de móviles de las telefónicas. El ejecutivo que tras mear no se lava las manos pero se arregla el traje; Lendoiro sabe que no hay que escatimar en jabón, pero no tanto por higiene, si no por no dejar huellas.

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Augusto ni siquiera se aferra a ese cariño que le dedican sus fans a sus detractores con el “alguien vendrá que bueno te hará”. Se alimenta de un poquito de odio, lo justo que le queda para el postre después de mojetear en El Manjar. Cuando Oltra triunfal se calzaba la remera del ascenso, Lendoiro sonreía con hartura pensando en el santo que se descarallaba. Y estaba todo bien. Pero mejor estuvo cuando la TVG emitió aquel falso documental de las hordas celestes centrándose en cantar el día de su ascenso que la casa del presidente blanquiazul era poco menos que una whiskería (y qué fácil es a veces hacer feliz a un niño). Augusto reclinado en un sillón lloraba de la emoción, ebrio de euforia.

Hasta los enemigos le supieron a poco. Dejando de lado esos entes abstractos contra los que noquea más entenderlos que arremeter (Hacienda, la AFE, el Vecindario o hasta Francisco González), las verdaderas luchas épicas tuvieron a gente con nombre y apellidos. La primera con el coruñesirmo “Paquito” (como él aprobaría) Vázquez contra el que colisionó en un choque de titanes e iguales que aún no sé como no devino todo aquello en fabulosa estatua bélica al lado de la de María Pita. La segunda vino con la riña de guardería contra un rival menor e irrisorio como fue el director del periódico, demostrando con vergüenza para la prensa nacional que en ocasiones acusaciones de ebriedad garabateadas en los márgenes de un panfletillo guardan más calidad periodística que un diario de tirada autonómica.

En ese sueño de una noche de torneo de verano, quizás desayunando en un chalet cerca de Oleiros, frente a la playa, con el enésimo crack secuestrado en la tumbona de al lado, lo que imaginaba Lendoiro para el Deportivo no se podía explicar en una reunión de accionistas en Nochebuena ni cabía en los planos de Eisenman. Augusto quería encumbrarse, claro. Pero llevando al Deportivo con él. Aunque hubiera que engañar a unos cuantos brasucas de que esta ciudad tiene novecientos días de playa al año aun cuando ven que los únicos quince minutos al mes en los que escampa solo lo hace para coger aliento y llover más fuerte.

Salía en el televisor tiempo ha el expresidente merengue Fernando Martín “El breve” en una parodia deliciosa en la que cada vez que se giraba se le veían siete dagas clavadas en el lomo. Augusto no ha esperado tanto y tras la junta decidió que se largaba antes de que le hicieran el guiñol. Porque el de Corcubión siempre tuvo claro que desde que se hizo del Deportivo (quizás varios años después de entrar como presidente, cuando descubrió lo que realmente tenía entre manos) o cuando hizo al Deportivo hacerse de Lendoiro y con ello auparlo al tren del éxito, aquí se viene a ganar y si no, a que pierdan otros. Y evidentemente él no iba a perder.

Probablemente a Augusto haya que verlo con distancia, habrá que sentarse en frío a opinar sobre él cuando todo haya pasado y decidir si declararlo persona non grata o ponerle su nombre a una puerta. Llegará cuando estemos separando los restos del naufragio o recogiendo la cosecha. A Augusto que lo juzguen cuando muerto, como en Polonia, que solo le ponen estatuas a los que ya han fallecido y las únicas dos personas por las que lo han incumplido es por Juan Pablo II y por Josef Stalin. Será mejor así, no lo suban al caballo aún. Habrá que escudriñar a Augusto cuando apenas se le distinga, cuando sea un murmullo de lo que fue, sus obras y actos marchitos y sobre todo sus consecuencias. Habrá que hacer un balance de pérdidas sobre los ecos que nos deje. Que los habrá, que ya lo decía el chileno: a lo lejos alguien canta. Y cantará, ya lo verán. Y a ver si va a ser Jorge Mendes.

Augusto y Juan Carlos a Contraluz, futuro de subjuntivo

A medida que pasaban los años, la imagen acabó pareciéndole casi el recuerdo de una vida anterior, deformado, disfrazado, con fragmentos olvidados, esa capital de los sueños en la que había vivido, en la que incluso había figurado entre su legítima nobleza. Al principio le había suplicado a Merle, llorando como solo ella sabía llorar, que por favor regresaran, por favor, y él nunca supo cómo explicarle que a esas alturas seguramente la mayor parte del recinto ferial había sido reducido a cenizas, desmantelado, trasladado a vertederos, saldado, destrozado, con el staff y las estructuras de madera a merced de los elementos, de los malos tiempos, traídos por la mano humana, que se habían abatido sobre Chicago y la nación. Al cabo de unos meses, sus lágrimas sólo reflejaban la luz, pero ya no caían, y ella se sumía en el silencio, y éste también, poco a poco, fue perdiendo su matiz de resentimiento.*

*tomado de Contraluz, de Thomas Pynchon.

Dando vueltas a la plaza

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De brazos cruzados en el Consejo. Pucho Boedo. El ojo injertado por un plato de calamares. Fenomenal reinterpretación de “El Partido con paredes de vidrio”, pues mucho aprendimos de Cuba.

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Sobremesa tranquila. Colosal conocimiento refrendado por jueces, traficantes, repartidores de pizza. Saber estar muy de aquí con la dosis exacta de cosmopolitismo. Los Sírex. Los gozos y las sombras.

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La diplomacia, el debate, las picotas, las tiritas, la superficie de todas las cosas. Unas amebas engullen poco a poco la melena de una medusa. Quedémonos estetas. Importante.

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Izquierdistas en la lona, sacaúntos, inspectores, amaviscas, rotativas, cuervos. Hagan juego. Estriñan sus lenguas hasta que la última palabra sacuda el suelo.