Breve lembranza do bo

2315d2625d77529f24b9c95ddcd22ba9Wilhelmsson pensouno mellor. Volta a Mjällby para botar unhas carreiras co equipo que o veu medrar, comer un pouco de peixe, sentar no porto e, nun solpor quizá opiáceo, lembrar aquela temporada na que xogou para nós ás ordes de Lotina. A mellor temporada en primeira desde Jabo? Incluso mellor que algunha das últimas de Jabo. Facede memoria: o equipo comezara fatal e trás vinte partidos aparece unha defensa de cinco na que sobresae un Coloccini épico. Pablo Amo e Lopo acompañan ao arxentino, que naquel tempo era o mellor central do universo segundo os grosos tomos da Delirante Literatura Deportivista, e todos visten de Canterbury of New Zealand. Ten lugar o debut do lexendario Piscu, que chega a xogar bastantes minutos porque Lopo andaba coa hernia aquela. Vemos como agroma Manuel Pablo, zumbando e alcanzando a liña de fondo, frenando en seco para non bater contra a publicidade. Vemos espasmos maravillosos. Os penaltis de Sergio, infalibles. Goles que pesaron toneladas, como o de Pablo Amo ao Betis no Villamarín tras centro proverbial do Peluca. Vivimos a segunda volta enchidos dunha enerxia atronadora que nos voou aquelas cabezas murchas coas que cargábamos. Tíñamos corpo, sangue, festa e puntos, tamén de sutura, e se non que fale Xisco, que portou a venda branca non se sabe se por necesidade ou tolemia pura, e que nunha tarde-noite de Marzo esmagou ao Murcia de Clemente con tres dianas. Fois ese ano o de Colocho brincando diante de Caparrós na vitoria frente ao Athletic en Riazor, ensinándolle as credenciais, o do 0-1 no Sadar con Taborda de titular e con penalti que non era, o daquela ostia de Munúa a Aouate que nos deu para 247 cafés no Delicias, o do retorno de Valerón, repetimos, naquel partido clave diante do Valladolid no que a Lotina se lle dá por poñer defensa de cinco e todo funciona. Levábamos catro meses sen gañar na casa. A partir daí o sueco, que chegara no mercado invernal chiscando un ollo, multiplicou a súa figura en desmarques asombrosos, e fíxose de querer. As frechas torcíanse excitantes no noso escáner mental: Filipe por aqui, Guardado por alá e Willy pisando as verzas, pedíndoa, matando pantasmas. Tamén foi o ano no que un xardineiro municipal vestido de xardineiro municipal berraba en Preferencia “enamorao de Lafita, aunque a veces duela!”, mentres fumaba ducados rubios. Preto del, un veterano con boina murmuraba aquilo de que “o Deportivo importa o mesmo que todas as cousas, o caso é a literatura que lle poñas”.

Paga a pena sentar como o sueco na madeira do porto pequeno e alucinar un pouco con aquelas imaxes, agardando que esta temporada xurdan de novo maxia, droga e sorrisos de Valcobo ao Matadero.

Carnaval

Empiezo a escribir esto tirado en el sofá de mi casa. A mi derecha, mi primo se ha quedado a ver el partido después de una comida bastante tardía. A mi izquierda mi padre sitúa un té al lado de un Jack Daniels y a su izquierda mi abuela atiende como Manuel Pablo salta al césped del Santiago Bernabeu en el año de su posible retirada. Le oigo decir “¿pero no es muy mayor?”. Mi abuela, que solo veía el fútbol para ir con el equipo contrario al que iba mi abuelo, siente pena cada vez que un portero comete un fallo. Antes de que saquen de centro desea en voz alta “a ver si con tanta presión no dan ni una”. Yo le doy un sorbo al cubata y le digo a mi padre que no firmo el empate. Mi padre sonríe. En estos dos sofás casi parecemos todos del mismo bando.

Pero allá en Riazor a veces es muy distinto.

A los anarquistas que corrían calle de la Torre arriba cuando a las fuerzas del régimen se les daba por cargar contra la irrealidad de los carnavales, la gente los jaleaba desde las ventanas. Eso escuché o eso quise escuchar. Tal vez todo sea mentira. Tal vez no sea cierto y los vecinos del barrio, de carnochos para arriba, no animasen a los anarquistas a correr y sí les exigieran con insolencia que esquivasen los palos como hacen los piperitos en el estadio desde sus tronos de plástico, siempre con ese halo amenazante de hacerse de otro equipo como si a alguien le fuese a importar lo más mínimo.

A veces quiero pensar que los murmullistas son como nosotros y solo llevan un disfraz para venderse al mundo, para paliar sus inseguridades con una proyección de condescendencia, de negación del fracaso, de ser más listos aún si cabe, condenados por el infortunio a presenciar o vivir las mismas miserias.

De noche, en la calle de la Barrera no cabe ni un alma. Los kilomberos están sonando y me pregunto si siguen estando en Pabellón Inferior porque ya va un tiempo que no les presto atención. Ya hace varios partidos que intentamos okupar algún asiento libre de la parte de arriba. Allí también existe un pequeño avispero de murmullistas; en los tres últimos partidos he tenido que preguntarle al desconocido de turno a quién cojones quería que animase o silbase para que estuviéramos todos de acuerdo. Los murmullistas resucitan las dos Españas en las gradas de Riazor con su ronroneo bovino y sus hierbas resabidas y en ocasiones ganan la partida.

Al salir de la Barrera me encuentro con Adrián y Tomás que están en un mejor estado que yo y balbuceo algo sobre los murmullistas. Noto como Adrián hace esfuerzos por entenderme pero yo no consigo explicarme. No recuerdo si  llevan disfraz al igual que no recuerdo que disfraz le toca ahora a los murmullistas.

Quiero pensar que debajo de las pipas también hay deportivismo, entre tanta amenaza, tanto discurso, tanta emboscada y tanta piel fina. Quiero pensar que no hay dos bandos de aficionados sino uno, solo que a veces algunos son tan débiles que no quieren hacer suyas las derrotas. Quiero pensar que se ponen esas máscaras para desdibujar lo feos que se ven. Quiero pensar que es algo temporal, casi climático. Fuera, la lluvia está mojando los disfraces más elaborados y quizás acabe por empapar también los cartones de los murmullistas.

Como reza la tradición el miércoles se acaba el carnaval. Volvemos a madrugar, nos vestimos de oficina. Imagino que Adrian volverá a ponerse traje y que a Tomás se le habrá pasado el cabreo. Imagino que, como en el sofá de mi casa, los tres somos del mismo bando. Mi abuela ha concluido “han jugado bastante bien, el próximo a ver si lo ganan”. Quiero pensar que sí y que estaremos todos juntos en la derrota o la victoria, sin disfraces, sin murmullos. Somerset Maugham decía que el amor es eso que les pasa a los hombres y mujeres que no se conocen entre ellos. Quiero pensar eso de nosotros, murmullistas, Riazor Blues, lendoiristas, kilomberos, piperitos, lacayos de Tino, violentos irredentos y deportivistas del palo. Que no nos conocemos del todo cuando llevamos el disfraz o la camiseta. Que lo que va a ser que nos pasa en realidad, discutiendo por comunicados como decía Augusto, es que estamos enamorados hasta las trancas.

https://i2.wp.com/imagenes.renr.es/resources/jpg/7/0/1393837845307.jpg(de La Opinión de A Coruña)

El resultado nos da igual

Hay un banco en la Plaza de Portugal en el que veíamos desde las ventanas de clase cómo el insigne dealer Naranjito le comía los morros día-sí-día-también a la hija del director de estudios. Allí mismo, años más tarde, sin más pelotón de fusilamiento que los nervios, tuve a bien consumir apresuradamente una botella de Brugal añejo para pasar el trago, regalando tan solo una sexta parte de ella a mis amigos no tanto por cortesía sino por temor a que la ingesta me impidiera llegar al campo por mis propios medios. Los hay que al pisar grada se quedan de espaldas; yo asumo que pasaré el encuentro apoyado en el urinario.

Luego Dani pasearía la bandera y todo se magnificaría. Para cuando recogieron los restos de la fiesta, de la orquesta solo quedaba un quinteto de cuerda.
Y el centro de la zaga bastante cojo.

Un año después decidí tomármelo con calma y fui a beber la misma cantidad pero a un sótano y con un solo amigo. Organizamos una especie de misa negra en la que no sabíamos que la cabra a sacrificar era de nuestro rebaño. Al salir y ver la luz hiriente del día reflejada sobre la cascada del Palacio de la Ópera, el golpe fue suficiente para que cuando llegamos a la Plaza de Pontevedra ya nos habíamos perdido el uno del otro. Ya en el partido y desde el baño, recé padrenuestros a moreas para que Riki estuviera marcando hasta con las cejas pero eso jamás llegó a ocurrir así que decidí ir resbalando poco a poco hacia una casa donde resguardarme. Cuando Twitter me confirmó lo inevitable – lo indefectible – me quedé dormido sentado en el suelo apoyado en una pared de la cocina. Así me encontró la madre de la que era mi novia, con la bufanda asida aún en la mano mientras el perro me lamía las lágrimas resecas de las mejillas.

Cuando desperté, el flaco ya no estaba allí.

Al parecer solo se había quedado a consolar a la chica hasta que vinieran las amigas.

No sé si fue la bebida la que hizo que creásemos a un monstruo. En la derrota cruel se abrieron esclusas de llantos, quejas y chivos expiatorios. ¡Nosotros! Que la vida se nos perdió en un minuto, que en el pitido de inicio ya vislumbramos la derrota, ¡nosotros! Ahora nos veníamos con quejas de un Griezmann insufrible, de txuri-urdin que no querían ascender, hasta flotaban rabias lejanas de un Aduriz pidiendo perdón y por poco abroncamos a la media tonelada de toro que mató a Manolete porque Hacienda no quisiera negociar.

 

Nosotros, que éramos reyes.

 

Media hora después de medianoche, Xisco acababa de marcar al Nástic con el lagrimal a punto de caramelo y el encargado de la gasolinera de enfrente de mi casa cruzaba a pie el puente de Alfonso Molina. Cuando vio a los bailarines negociar con las pieles del oso entre los chorros de la fuente les gritó ¡idiotas! pero su voz la apagaron los coches frunciendo bocinas nerviosas. Así nos lucía. Seguro que hay algún bar de Los Mallos bajos en el que siguen gritando el gol de Silvio. Seguro que siguen creyendo que Filipe sacó la otomana por nosotros. Algo habría que aprender del Lugo, de todos aquellos a los que encontramos en aquellas noches en las que, prepotentes, les deseábamos que subiesen a Primera y nos contestaban “¡no me jodas, espero que no!”.

No olviden quiénes son. No olvidemos quiénes somos. Tampoco quienes éramos.

Trece años antes, temblando desde el minuto 4 se apostaron sin miedo en el paraavalanchas los nuestros, esa república del chandal, de camisetas con faldones, mucho antes de que la Roma y la Azzurra tanto daño hicieran a nuestros michelines. Cuando encendieron la tele se vieron allí, pailanes perdidos, y mientras tanto los jugadores volvían a casa a las tantas como quien llega de campamento y sus madres, brazos en jarras inquirieron, ¿pero qué pelo me traes? – yo qué sé mamá, todos lo hicieron y tras ver que Ramudo se levantaba resignado, claro que todos lo hicieron.

Según el único registro válido, la hipérbole de la voz popular, se juró que al igual que en mayo del 68 en la cancha había seiscientascincuentamil personas. A mí no me busquen en la foto, yo estaba recogido alcohol-free en un Barrio de las Flores en el que se le iban cayendo uno a uno los prejuicios de los bolsillos a los señores mientras sus parientas aplaudían apurando un mostito GREIP. No me avergüenzo, Maradó tampoco estaba allí, vigilaba desde su hospitalcito que el de Ñuls o el de Vélez no se hicieran daño con el 10 escondido que llevaban a la espalda por si marcaban. Pero marcó Donato y el resto de la historia ya la conocen: A. Orejuela, va por ti, ánimo. Tanto da, El Diego acabó resucitando al tercer día como era previsible.

Se logró todo y la vida siguió igual. Seguimos siendo un reducto galo hecho de planes a corto plazo, temblorosos e infames, jaleando todavía a Arbeloa, Wilhelmsson, Desmarets. Bancaríamos a cualquiera que nos regalase una lambreta en un domingo lluvioso. Y ahí la belleza.

Vuelve ahora una noche de esas en las que de camino al estadio no se sabe a que hora se volverá. Pase lo que pase, beberemos igual. Y no es que no tenga importancia el resultado, Dios quiera nos contrate la ETT para una nueva temporada en Primera, enorgulleciendo a nuestros padres, llegamos de nuevo sin experiencia exigida, contrato por obra, precariedad y al parecer mucha proyección y posibilidad de contrato fijo. Del salario atractivo ni hablamos y si la comida se la traen en un tupper eso es lo que llevamos adelantado.

Pero estaremos contentos. Pediremos poquito. Que bote Tino, tanto que se le escapen ofertas de trabajo. Que vuelva la wifi a la sala de prensa. Que crezcan enredaderas de la botánica capilar de Sissoko que lo aten a los bancos del Paseo. Que sigan causando ardores en el sur. Que se vengan los buenos. Que vuelvan a acunar al protegido de la Sagrada, que obliguen a que juegue por decreto todos los partidos de Liga, con la bandera de Los Suaves a la espalda, con los latidos de Daniela en la cabeza, con la respiración de la grada en su nuca.

Tengo en el ordenador unas imágenes con Daniel De La Cuesta. Acabábamos de ascender y posábamos para una foto aún dentro de Riazor con nuestras bufandas. Esos tres segundos hasta que el momentáneo fotógrafo se dio cuenta de que estaba grabando un video transcurren con una sonrisa impostada, infantil, agotada, más nerviosa que antes de empezar. Un año más tarde salíamos fatal en todas las fotos. No se olviden de ninguna de esas noches. No se olviden tampoco de la que viene.

Lo mejor de aquel funeral fue el beso que vino a darle Lionel al cadáver. Todos mis amigos tienen fotos con él antes del partido. Yo me las perdí porque me cogió meando por cuarta vez en la previa, en un árbol de un lateral de Las Esclavas. Fue ese momento preciso, al igual que había pronosticado el flaco, en el que sé que empezamos a ascender.

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*por @erikskauch

Nuevas impresiones de Luisinho

(((((Tales: -en el Marineda City, hacia mediodía, hoy jueves, segunda semana de sanción. Explota. Contra su mujer, contra sus hijos, contra lo que sea. Golpea la mesa, el pequeño Nuno quiere repetir en los karts. Luís va y lo agarra del mullet. Valeu, cona!;

14:37 – La costilleta arrinconada después de un mordisco;

FODA-SE;

– Entrenamiento. Entrenamiento. Casa: en el balcón le pega una patada a cierta garrafa de agua cortada. Una triste flor asoma la cabecita. A tomar por el culo todo. Espanha merda, porca, foda-se Espanha. Nuno y Rui desayunan callados en la cocina, bebiéndose el Sunny Delight a toda pastilla. Una bronca está al caer;

– Santa Comba, Cedeira, Lalín, Cambados, Lira: ocho mil luisinhos dando vueltas en el coche, crucifijo-ambientador, los greatest hits de Eros repicando en el volante, el dedo gordo, la ceja temblando, el olor a fibra, las discotecas, la ceniza esquiando por el chándal;

Chándal blanco de Adidas, bandas doradas

– Luís sí que es gallego, y no el puto Rafinha. “Somos iguais”, dijo el dueño de Bacalhau Da Loira (Cariño) al visitar Vila Franca de Xira, terra de touros e toureiros;

– Luisinho nació en Porto, jugó en el Benfica, pero es del Sporting. Se dice que su afición viene de un banderín de los leones que su padre llevaba colgado del retrovisor, con el escudo tapado por una tía en pelotas;

– El grito mañanero, la cama de 1’90 desencajada. Bulle descalzo por las habitaciones, cagándose en el periquito, salpicando de café la encimera. Mete-a-cabeça-no-cu. Palhaço. Hostiazo a la jaula. Se tumba un poco para no arder, y se va hasta el 2006, hasta Moreira con su viejo amigo Lassie, a la playa a hacer saltos mortales. Eles gostavam de mamar nos peitos da cabritinha;

– Se ha pirado Claudiano Bezerra, le han metido cuatro partidos, está que revienta. Se levanta y sus ojos loquísimos buscan unas chancletas o ropa tendida o el maldito mando de la tele envuelto en su puta funda de plástico al igual que la puta História-Concisa-de-Portugal dividida en ocho tomos. Foda, foda-se tudo. Bicha;

– El galo de Barcelos manchado de huevo. La Virgen de Fátima con gafas de sol. Los problemas crecen. Son las cosas de la vida, van unidas siempre así y el amor, sí, el amor os salvará de vosotros mismos cuando perdáis el control. Quatro fodidas partidas…

– Otra vez la ceja espasmódica. Já foi, caralho! Otra vez cerca de Porto: una romaria, iglesias ribeteadas con luces, farturas, cachorros quentes. Ve pasar los coches, los mira uno tras otro, con las manos en los bolsillos.

Hamburguesas, batatas, come as batatas, Nuno, uma batatinha, vai…

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25 años, 25 frases, 25 fotos

Camina o revienta.

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Vamos a ver, Gonzalo.

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¿Tú quieres el juguete? Toma el juguete, utilízalo bien, y que lo disfrutemos todos.

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Atorrante, esta fue la Operación Avecilla. Empezamos volando bajo y terminamos como el águila, arriba del todo.

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Convencí a Bebeto diciéndole que Coruña era Río y Riazor, Copacabana, y que hacía más sol que en Dortmund.

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Si te lo digo a ti, sabes tanto como yo.

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El que tenía que tirar el penalti era López Rekarte. Él seguro que lo marcaba o le daba a una señora que estaba en la playa.

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Le dije al representante de Flavio: “si no viene al Deportivo, no vuelves a pisar A Coruña”. El Madrid ya lo quería entonces, después se lo vendí por 4.000 millones de pesetas.

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Empezamos cenando y terminamos a las 11:30 horas de la mañana del día siguiente.

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Sin riesgo, es imposible despegar.

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¡Barça! ¡Madrid!, ¡ya estamos aquí!

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Decía el hermano Benjamín: preguntas capciosas no.

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A Miguel Ángel Gil: Valía más una mentira de tu padre, que dos verdades tuyas.

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Discutimos por carta, parecemos dos enamorados.

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Las bazas perdidas las regalo, las que tengo ganadas no las suelto y las que están así, así, las peleo.

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Por cierto, el representante de Makaay siempre venía con unas abogadas impresionantes.

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Los tranvías de Durango, ango. Los tranvías de Durango, ango. Los tranvías de Durango, ango. En Durango no hay tranvías. Y se cantaba el carrasclás a continuación. Bueno, pues aquí pasa tres cuartos de lo mismo. Es que no existen los pagarés de Sergio.

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El Deportivo ha hecho más por promocionar Coruña que la Torre de Hércules.

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Un tío mío, cuando yo era un mocoso, me puso el apodo de trinquete porque decía que lo que cogía ya no lo soltaba.

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Este es uno de los partidos que hacen pensar a muchos pequeños como nosotros que pueden llegar a ganar incluso una Copa del Rey al Madrid en el Bernabéu.

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Levabamos 21 anos en Primeira e agora levamos xusto o dobre, 42.

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Yo siempre dije que Valerón era mejor que Zidane, y la gente me tomaba en broma. Como persona, además, un 20 sobre 10.

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Estoy mejor que nunca, como una pelota, rebotando sobre las bandas.

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¿Qué iba a hacer La Voz de Galicia si no tienen mi bulto a mano?

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Nada más sobre este particular.

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Augusto a lo lejos

Era “confianza e historia”. Y a alguno seguro que le faltó tiempo para seccionar las palabras y sacar a relucir la fianza que pagará sin lugar a dudas el Deportivo si no quiere evitar ser más que copas manchadas de los días de vino y rosas. Más que fianza para no quedar preso, el equipo pataleó por meterse en una hipoteca como todo hijo de vecino. Pero Augusto juntó las sílabas para su candidatura y apeló a la fe mesiánica que se le tiene por barrios, los mismos que frente al televisor cierran los ojos en el primer penalti y solo vuelven a abrirlos para ver quien levanta la copa del mundo. De esa brecha entre palabras brotaba que daba gusto la disyuntiva ideológica y Lendoiro las ató a brida, consciente como siempre de lo que supone la distancia.

Existe una generación a la que Djukic le cogió con el bocadillo de mortadela, Sergio chuleando la Trango y la despedida de Lendoiro ojeando twitter en el descanso del café de la oficina. Benditos sean, pues ellos son los de la generación del “presi” y sirven de reflejo a una máxima del deportivismo: ser ídolo o villano es una cuestión del momento en el que te agarren para juzgarte y cuanto tiempo estés dispuesto a esperar; si es el suficiente acabarás por ser ambas cosas. Y si quieres sentirte imprescindible solo tienes que anunciar que te largas.

Las razones esgrimidas fueron que no me miras como antes que significa que ahora hay división en el deportivismo. Con esa echada de capote a la espalda, Augusto desató la tempestad. La verdadera división es la del lendoirismo, críticos fieles que ahora pescan en río revuelto para el busto a su memoria y en el otro bando agradecidos de por vida que van cantando por el paseo marítimo que la bruja ha muerto sin saber aún que ningún urbano les lleva a Arkansas, y a ver si con las obras de peatonalización no acabamos en tercera regional.

Dice que quiere dedicarse a escribir y yo lo propongo desde aquí y ahora para el Herralde o incluso para el Nobel. Que lo cortés no quite lo valiente. ¿Se dedicará a la tragedia griega o a la comedia de sainete? Será un gran columnista, ensayista o incluso un bloguera de moda si realmente se lo propone. Aunque uno sospecha que Augusto quiere escribir poesía, deseoso de arrancarse con poemas facilones copiados a Neruda que nos recuerden con rencor propio que nosotros los de entonces ya no somos los mismos sin él. Ya se adivina la influencia del chileno. A veces, en las segundas partes sobre todo, el Deportivo está tan desnudo que es bello y simple como una de las manos de Lux.

Si mi opinión valiera algo diría en principio que no me lo creo un carajo. Y lo veo como un halago. Siempre le ha venido de fábula que no lo creyeran, fingiendo que era de fiar y desconfiando hasta de las ofertas de móviles de las telefónicas. El ejecutivo que tras mear no se lava las manos pero se arregla el traje; Lendoiro sabe que no hay que escatimar en jabón, pero no tanto por higiene, si no por no dejar huellas.

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Augusto ni siquiera se aferra a ese cariño que le dedican sus fans a sus detractores con el “alguien vendrá que bueno te hará”. Se alimenta de un poquito de odio, lo justo que le queda para el postre después de mojetear en El Manjar. Cuando Oltra triunfal se calzaba la remera del ascenso, Lendoiro sonreía con hartura pensando en el santo que se descarallaba. Y estaba todo bien. Pero mejor estuvo cuando la TVG emitió aquel falso documental de las hordas celestes centrándose en cantar el día de su ascenso que la casa del presidente blanquiazul era poco menos que una whiskería (y qué fácil es a veces hacer feliz a un niño). Augusto reclinado en un sillón lloraba de la emoción, ebrio de euforia.

Hasta los enemigos le supieron a poco. Dejando de lado esos entes abstractos contra los que noquea más entenderlos que arremeter (Hacienda, la AFE, el Vecindario o hasta Francisco González), las verdaderas luchas épicas tuvieron a gente con nombre y apellidos. La primera con el coruñesirmo “Paquito” (como él aprobaría) Vázquez contra el que colisionó en un choque de titanes e iguales que aún no sé como no devino todo aquello en fabulosa estatua bélica al lado de la de María Pita. La segunda vino con la riña de guardería contra un rival menor e irrisorio como fue el director del periódico, demostrando con vergüenza para la prensa nacional que en ocasiones acusaciones de ebriedad garabateadas en los márgenes de un panfletillo guardan más calidad periodística que un diario de tirada autonómica.

En ese sueño de una noche de torneo de verano, quizás desayunando en un chalet cerca de Oleiros, frente a la playa, con el enésimo crack secuestrado en la tumbona de al lado, lo que imaginaba Lendoiro para el Deportivo no se podía explicar en una reunión de accionistas en Nochebuena ni cabía en los planos de Eisenman. Augusto quería encumbrarse, claro. Pero llevando al Deportivo con él. Aunque hubiera que engañar a unos cuantos brasucas de que esta ciudad tiene novecientos días de playa al año aun cuando ven que los únicos quince minutos al mes en los que escampa solo lo hace para coger aliento y llover más fuerte.

Salía en el televisor tiempo ha el expresidente merengue Fernando Martín “El breve” en una parodia deliciosa en la que cada vez que se giraba se le veían siete dagas clavadas en el lomo. Augusto no ha esperado tanto y tras la junta decidió que se largaba antes de que le hicieran el guiñol. Porque el de Corcubión siempre tuvo claro que desde que se hizo del Deportivo (quizás varios años después de entrar como presidente, cuando descubrió lo que realmente tenía entre manos) o cuando hizo al Deportivo hacerse de Lendoiro y con ello auparlo al tren del éxito, aquí se viene a ganar y si no, a que pierdan otros. Y evidentemente él no iba a perder.

Probablemente a Augusto haya que verlo con distancia, habrá que sentarse en frío a opinar sobre él cuando todo haya pasado y decidir si declararlo persona non grata o ponerle su nombre a una puerta. Llegará cuando estemos separando los restos del naufragio o recogiendo la cosecha. A Augusto que lo juzguen cuando muerto, como en Polonia, que solo le ponen estatuas a los que ya han fallecido y las únicas dos personas por las que lo han incumplido es por Juan Pablo II y por Josef Stalin. Será mejor así, no lo suban al caballo aún. Habrá que escudriñar a Augusto cuando apenas se le distinga, cuando sea un murmullo de lo que fue, sus obras y actos marchitos y sobre todo sus consecuencias. Habrá que hacer un balance de pérdidas sobre los ecos que nos deje. Que los habrá, que ya lo decía el chileno: a lo lejos alguien canta. Y cantará, ya lo verán. Y a ver si va a ser Jorge Mendes.

Augusto y Juan Carlos a Contraluz, futuro de subjuntivo

A medida que pasaban los años, la imagen acabó pareciéndole casi el recuerdo de una vida anterior, deformado, disfrazado, con fragmentos olvidados, esa capital de los sueños en la que había vivido, en la que incluso había figurado entre su legítima nobleza. Al principio le había suplicado a Merle, llorando como solo ella sabía llorar, que por favor regresaran, por favor, y él nunca supo cómo explicarle que a esas alturas seguramente la mayor parte del recinto ferial había sido reducido a cenizas, desmantelado, trasladado a vertederos, saldado, destrozado, con el staff y las estructuras de madera a merced de los elementos, de los malos tiempos, traídos por la mano humana, que se habían abatido sobre Chicago y la nación. Al cabo de unos meses, sus lágrimas sólo reflejaban la luz, pero ya no caían, y ella se sumía en el silencio, y éste también, poco a poco, fue perdiendo su matiz de resentimiento.*

*tomado de Contraluz, de Thomas Pynchon.

El rock’n’roll de las lerchas

En el combate a muerte por los cuartos de los coruñeses que se libró años ha entre las grandes superficies y las tiendas de barrio no está muy claro quien ganó. Para rebajar tensiones, a los márgenes del conflicto se quiso escoger un país neutral al que pintarle la cara (y quien dice pintar la cara dice pintar la fachada y tapar cuatro goteras) y este papel le tocó a los mercados municipales, reinventados con la noble intención de contentar a todos consiguiendo lo esperado, no satisfacer a nadie. Para ello y haciendo gala del dinamismo que necesitan estos tiempos y siempre en nombre de la progresía, algunos se dedicaron en cuerpo y alma a mover los puestos de cada plaza de una planta a otra como en un tetris maquiavélico mientras calculaban cuantos Bershkas podían meter en la ecuación sin que el edificio se viniera abajo.

Aquí en Elviña optaron por armar un sándwich a las hueverías-queserías con un hipermercado y un buffet asiático, así, sin lubricar. En el quincemilcuatro, que hay más guita, apostaron por mantener un núcleo al que le fueron escarchando capas de efnacs, estradivarius y vequios según se estuviera dando la cosecha de ese año o el IBEX35. Por aquella corrala vuelta del revés que era el mercado de la plaza de Lugo, con su verde musgo de los tejados casi patrocinado por Feiraco, no hubo cojones en toda María Pita a marear a las pescaderas.

Los de la banlieue solo las vemos por la tele. Cuando aparecen en antena entre silbatos y aturuxos, alguna tiene tantas tablas ante la cámara que da la impresión de no haber limpiado una lubina en su puta vida. Como cualquiera de esas chicas que sacan las canciones y parece que reciben a los extranjeros a la altura de Palavea con la cara pintada de cincuenta mil colores, las pescaderas también quieren –mamá– ser artistas.

En la víspera del crucial encuentro (que todos lo son), tiñendo de sangre una piel azul y blanca que firma Donato o Romero, le cuelan goles en fuera de juego a la cartera de los señoritos del barrio que no les caen bien, todos esos papás de santamaría y compañía que van a comprar las cigalitas a Rey Barona y paran en la carnicería a que les envuelvan un par de sanjacobos para los niños “que les encantan”.

No sé si les gusta el fútbol, si les importa un carajo la nueva normativa FIFA o el proceso concursal, testifican desde tiempos inmemoriales anuarios de victorias y naufragios con denominador común, el amor por la ciudad y sus gentes cuando se unen en esta suerte de orgullo entre costumbrista y obligado, ser del Deportivo ya sea por defecto o por exceso. La quintaesencia del coruñés de a pie que para a la salida de Riazor a los chavales y les dice “mira, ¿cómo quedó el partido?” y sigue andando sin esperar la respuesta.

Mucho caldo tienen que repartir en las cajas del Primark de Marineda para que se les quede todo este marketing. El día que armen la liga de fútbol indoor de pescaderas nos la llevamos de calle con Champions League y Golden Boy incluido (y evidentemente sin el trofeo al fair play). Y como al Iván Ferreiro se le ocurra volver a entrar para celebrarlo van a tener que repartirse los de seguridad, uno para decirle “¿no te puedes callar un poquito que estas señoras están trabajando?” y nueve para agarrar a la Gitana antes de que lo saque a patadas.

Si se les eriza el vello cuando salta Bichiño a calentar, si son naturales de Corcubión o Muros y si sacan el género bueno cuando vienen las amistades, eso al final da igual. También que no se vayan a quedar a ver como acaba todo. Se las quiere por lerchas, por cuando colorean el telediario de bocinazos, guarachas y nostalgias, de camisetas gastadas y guirnaldas, por meter al Deportivo hasta en la sopa aún con desgana, con ese sentimiento brigantino del que escucha los goles de espaldas al campo, impostando la sonrisa por la calle Barcelona, la Gaiteira, el Cantón Pequeño o la avenida Los Mallos sin tener ni idea de cómo vamos en la clasificación. Cuando las veo, veo aquellos años y aquellos tiempos que indefectiblemente cambian. Quizás ahora nos conformamos con menos porque estamos consiguiendo más. Últimamente entre gritos de lonja solo anuncian los mayos como quien festeja el último cumpleaños de un difunto. Señores, véanlo por el lado positivo. Aquellas primaveras no se escaparon en un furgón repleto de maletines. Se las llevó una caravana de hormigoneras.

La foto es de fotoscanon en Flickr.