Leavin’ Las Flores

En el 2006 el biólogo y urbanista Juan Freire escribió un potente artículo contra la planificación urbana en el que concluía, entre otras cosas, que el experimento “Barrio de Las Flores” había fracasado. Planteado como un proyecto innovador y revolucionario, contaba con zonas verdes y espacio para locales comerciales, todos esos soldaditos que años más tarde los concejales de turno manejarían con destreza para sacarse sobresueldos ya por los siglos de los siglos y amén. Con tal visión de futuro el Barrio de las Flores consiguió un hito sin precedentes: se convirtió en un supermercado de droga con premios arquitectónicos.

No es que Juan Freire se viera imbuido de la perspectiva ceniza económica que ahora nos cierne y viese decadencia por doquier; en aquellos días en los que el hombre se reposó en su teclado de ordenador para escribir estas lineas, en este lado de la A9 la mayoría ni imaginábamos que en apenas dos años Lehmann Brothers iba a practicar vuelo sin motor y nos iba a ofrecer la segunda mejor hostia de lo que llevamos de siglo. Pero todo eso aún no había ocurrido: ni la crisis fue excusa válida.

Juan Freire, que llegó a ser decano de la facultad de Ciencias, retrataba aspectos del Barrio de las Flores con frases como “la delincuencia parece ser un problema crítico y las portadas de la prensa local se han llenado este fin de semana con la noticia de la última redada que ha localizado a más de 40 jóvenes gamberros y/o delincuentes”. Comentaba también, dejando ver una esperanza muy desganada que “[en el Barrio de Las Flores] Degradado y muerto económica, social y culturalmente, las instituciones públicas y las organizaciones ciudadanas proponen y reclaman estos días nuevos planes para su revitalización.”

Desde que se cortó la cinta en 1967, al Barrio de las Flores se ha centrado en pocas disciplinas y de momento no nos han dejado ni una folklórica ni un torero medio decente. Si que dió, como no, además de todos aquellos jóvenes más “activos” que sirven para ser puestos de (mal) ejemplo en cualquier taberna, otra generación de chavales nacidos entre hormigón y balonazos que más que a Laura Pausini coreaban a los Diplomáticos, se pedían Ronaldo en las pachangas y comentaban comiendo pipas la última pelea que habían tenido los de su quartier, sin saber que el deporte los estaba salvando.

El arquitecto Miguel Toba cuenta en un libro que si el proyecto del barrio salió adelante fue gracias a una prostituta alcohólica llamada Rabo de Cocho que iba a convencer a las mujeres a los lavaderos de que las expropiaciones eran buenas, bonitas y baratas y que las casas que iban a tener después sí que eran casas de verdad y no donde habían vivido siempre. Cuando todo pasó, seguro que algunas de aquellas mujeres la buscaron para que les explicase también como cojones se podía salir de aquel laberinto, que también era de verdad y tenía pinta de quedarse para siempre. Sin duda a la Historia siempre le faltan respuestas.

Pero cuando Lucas Pérez nació allí, todo esto ya lo habían rodado.

A principios de los noventa, las familias que se venían a vivir a la zona tenían que elegir entre el BF, Elviña o el Birloque, como si tuvieran que escoger de manera prematura en cual de las drogas de moda iban a caer primero sus hijos. El Barrio de las Flores era una utopía que les impusieron a los vecinos, que imaginaron por ellos, dejando un bunker gris lleno de todo menos de futuro, opaco hasta la médula que parecía tragarse cualquier rayo de luz que lo cruzase como si lo devorase un agujero negro.

Cuando se fue de allí la comisaría de policía de Nuevos Ministerios, por algún motivo todo mejoró. Algo.
El año pasado montaron un mercado solidario. Éste un concurso de tortillas y hasta un festival de rock.

Cuando Lucas Pérez cogió el avión en el Aeropuerto Internacional de Macedonia, era la estrella del subcampeón de la liga griega.
Cuando aterrizó en Alvedro, lo más que le pudieron ofrecer fue dar el pregón de las fiestas del BF.
Ese día algún periodista se armó de valor y decidió definir el barrio en su periódico como “aquel en el que siempre es primavera”.

El resultado nos da igual

Hay un banco en la Plaza de Portugal en el que veíamos desde las ventanas de clase cómo el insigne dealer Naranjito le comía los morros día-sí-día-también a la hija del director de estudios. Allí mismo, años más tarde, sin más pelotón de fusilamiento que los nervios, tuve a bien consumir apresuradamente una botella de Brugal añejo para pasar el trago, regalando tan solo una sexta parte de ella a mis amigos no tanto por cortesía sino por temor a que la ingesta me impidiera llegar al campo por mis propios medios. Los hay que al pisar grada se quedan de espaldas; yo asumo que pasaré el encuentro apoyado en el urinario.

Luego Dani pasearía la bandera y todo se magnificaría. Para cuando recogieron los restos de la fiesta, de la orquesta solo quedaba un quinteto de cuerda.
Y el centro de la zaga bastante cojo.

Un año después decidí tomármelo con calma y fui a beber la misma cantidad pero a un sótano y con un solo amigo. Organizamos una especie de misa negra en la que no sabíamos que la cabra a sacrificar era de nuestro rebaño. Al salir y ver la luz hiriente del día reflejada sobre la cascada del Palacio de la Ópera, el golpe fue suficiente para que cuando llegamos a la Plaza de Pontevedra ya nos habíamos perdido el uno del otro. Ya en el partido y desde el baño, recé padrenuestros a moreas para que Riki estuviera marcando hasta con las cejas pero eso jamás llegó a ocurrir así que decidí ir resbalando poco a poco hacia una casa donde resguardarme. Cuando Twitter me confirmó lo inevitable – lo indefectible – me quedé dormido sentado en el suelo apoyado en una pared de la cocina. Así me encontró la madre de la que era mi novia, con la bufanda asida aún en la mano mientras el perro me lamía las lágrimas resecas de las mejillas.

Cuando desperté, el flaco ya no estaba allí.

Al parecer solo se había quedado a consolar a la chica hasta que vinieran las amigas.

No sé si fue la bebida la que hizo que creásemos a un monstruo. En la derrota cruel se abrieron esclusas de llantos, quejas y chivos expiatorios. ¡Nosotros! Que la vida se nos perdió en un minuto, que en el pitido de inicio ya vislumbramos la derrota, ¡nosotros! Ahora nos veníamos con quejas de un Griezmann insufrible, de txuri-urdin que no querían ascender, hasta flotaban rabias lejanas de un Aduriz pidiendo perdón y por poco abroncamos a la media tonelada de toro que mató a Manolete porque Hacienda no quisiera negociar.

 

Nosotros, que éramos reyes.

 

Media hora después de medianoche, Xisco acababa de marcar al Nástic con el lagrimal a punto de caramelo y el encargado de la gasolinera de enfrente de mi casa cruzaba a pie el puente de Alfonso Molina. Cuando vio a los bailarines negociar con las pieles del oso entre los chorros de la fuente les gritó ¡idiotas! pero su voz la apagaron los coches frunciendo bocinas nerviosas. Así nos lucía. Seguro que hay algún bar de Los Mallos bajos en el que siguen gritando el gol de Silvio. Seguro que siguen creyendo que Filipe sacó la otomana por nosotros. Algo habría que aprender del Lugo, de todos aquellos a los que encontramos en aquellas noches en las que, prepotentes, les deseábamos que subiesen a Primera y nos contestaban “¡no me jodas, espero que no!”.

No olviden quiénes son. No olvidemos quiénes somos. Tampoco quienes éramos.

Trece años antes, temblando desde el minuto 4 se apostaron sin miedo en el paraavalanchas los nuestros, esa república del chandal, de camisetas con faldones, mucho antes de que la Roma y la Azzurra tanto daño hicieran a nuestros michelines. Cuando encendieron la tele se vieron allí, pailanes perdidos, y mientras tanto los jugadores volvían a casa a las tantas como quien llega de campamento y sus madres, brazos en jarras inquirieron, ¿pero qué pelo me traes? – yo qué sé mamá, todos lo hicieron y tras ver que Ramudo se levantaba resignado, claro que todos lo hicieron.

Según el único registro válido, la hipérbole de la voz popular, se juró que al igual que en mayo del 68 en la cancha había seiscientascincuentamil personas. A mí no me busquen en la foto, yo estaba recogido alcohol-free en un Barrio de las Flores en el que se le iban cayendo uno a uno los prejuicios de los bolsillos a los señores mientras sus parientas aplaudían apurando un mostito GREIP. No me avergüenzo, Maradó tampoco estaba allí, vigilaba desde su hospitalcito que el de Ñuls o el de Vélez no se hicieran daño con el 10 escondido que llevaban a la espalda por si marcaban. Pero marcó Donato y el resto de la historia ya la conocen: A. Orejuela, va por ti, ánimo. Tanto da, El Diego acabó resucitando al tercer día como era previsible.

Se logró todo y la vida siguió igual. Seguimos siendo un reducto galo hecho de planes a corto plazo, temblorosos e infames, jaleando todavía a Arbeloa, Wilhelmsson, Desmarets. Bancaríamos a cualquiera que nos regalase una lambreta en un domingo lluvioso. Y ahí la belleza.

Vuelve ahora una noche de esas en las que de camino al estadio no se sabe a que hora se volverá. Pase lo que pase, beberemos igual. Y no es que no tenga importancia el resultado, Dios quiera nos contrate la ETT para una nueva temporada en Primera, enorgulleciendo a nuestros padres, llegamos de nuevo sin experiencia exigida, contrato por obra, precariedad y al parecer mucha proyección y posibilidad de contrato fijo. Del salario atractivo ni hablamos y si la comida se la traen en un tupper eso es lo que llevamos adelantado.

Pero estaremos contentos. Pediremos poquito. Que bote Tino, tanto que se le escapen ofertas de trabajo. Que vuelva la wifi a la sala de prensa. Que crezcan enredaderas de la botánica capilar de Sissoko que lo aten a los bancos del Paseo. Que sigan causando ardores en el sur. Que se vengan los buenos. Que vuelvan a acunar al protegido de la Sagrada, que obliguen a que juegue por decreto todos los partidos de Liga, con la bandera de Los Suaves a la espalda, con los latidos de Daniela en la cabeza, con la respiración de la grada en su nuca.

Tengo en el ordenador unas imágenes con Daniel De La Cuesta. Acabábamos de ascender y posábamos para una foto aún dentro de Riazor con nuestras bufandas. Esos tres segundos hasta que el momentáneo fotógrafo se dio cuenta de que estaba grabando un video transcurren con una sonrisa impostada, infantil, agotada, más nerviosa que antes de empezar. Un año más tarde salíamos fatal en todas las fotos. No se olviden de ninguna de esas noches. No se olviden tampoco de la que viene.

Lo mejor de aquel funeral fue el beso que vino a darle Lionel al cadáver. Todos mis amigos tienen fotos con él antes del partido. Yo me las perdí porque me cogió meando por cuarta vez en la previa, en un árbol de un lateral de Las Esclavas. Fue ese momento preciso, al igual que había pronosticado el flaco, en el que sé que empezamos a ascender.

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*por @erikskauch

Augusto a lo lejos

Era “confianza e historia”. Y a alguno seguro que le faltó tiempo para seccionar las palabras y sacar a relucir la fianza que pagará sin lugar a dudas el Deportivo si no quiere evitar ser más que copas manchadas de los días de vino y rosas. Más que fianza para no quedar preso, el equipo pataleó por meterse en una hipoteca como todo hijo de vecino. Pero Augusto juntó las sílabas para su candidatura y apeló a la fe mesiánica que se le tiene por barrios, los mismos que frente al televisor cierran los ojos en el primer penalti y solo vuelven a abrirlos para ver quien levanta la copa del mundo. De esa brecha entre palabras brotaba que daba gusto la disyuntiva ideológica y Lendoiro las ató a brida, consciente como siempre de lo que supone la distancia.

Existe una generación a la que Djukic le cogió con el bocadillo de mortadela, Sergio chuleando la Trango y la despedida de Lendoiro ojeando twitter en el descanso del café de la oficina. Benditos sean, pues ellos son los de la generación del “presi” y sirven de reflejo a una máxima del deportivismo: ser ídolo o villano es una cuestión del momento en el que te agarren para juzgarte y cuanto tiempo estés dispuesto a esperar; si es el suficiente acabarás por ser ambas cosas. Y si quieres sentirte imprescindible solo tienes que anunciar que te largas.

Las razones esgrimidas fueron que no me miras como antes que significa que ahora hay división en el deportivismo. Con esa echada de capote a la espalda, Augusto desató la tempestad. La verdadera división es la del lendoirismo, críticos fieles que ahora pescan en río revuelto para el busto a su memoria y en el otro bando agradecidos de por vida que van cantando por el paseo marítimo que la bruja ha muerto sin saber aún que ningún urbano les lleva a Arkansas, y a ver si con las obras de peatonalización no acabamos en tercera regional.

Dice que quiere dedicarse a escribir y yo lo propongo desde aquí y ahora para el Herralde o incluso para el Nobel. Que lo cortés no quite lo valiente. ¿Se dedicará a la tragedia griega o a la comedia de sainete? Será un gran columnista, ensayista o incluso un bloguera de moda si realmente se lo propone. Aunque uno sospecha que Augusto quiere escribir poesía, deseoso de arrancarse con poemas facilones copiados a Neruda que nos recuerden con rencor propio que nosotros los de entonces ya no somos los mismos sin él. Ya se adivina la influencia del chileno. A veces, en las segundas partes sobre todo, el Deportivo está tan desnudo que es bello y simple como una de las manos de Lux.

Si mi opinión valiera algo diría en principio que no me lo creo un carajo. Y lo veo como un halago. Siempre le ha venido de fábula que no lo creyeran, fingiendo que era de fiar y desconfiando hasta de las ofertas de móviles de las telefónicas. El ejecutivo que tras mear no se lava las manos pero se arregla el traje; Lendoiro sabe que no hay que escatimar en jabón, pero no tanto por higiene, si no por no dejar huellas.

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Augusto ni siquiera se aferra a ese cariño que le dedican sus fans a sus detractores con el “alguien vendrá que bueno te hará”. Se alimenta de un poquito de odio, lo justo que le queda para el postre después de mojetear en El Manjar. Cuando Oltra triunfal se calzaba la remera del ascenso, Lendoiro sonreía con hartura pensando en el santo que se descarallaba. Y estaba todo bien. Pero mejor estuvo cuando la TVG emitió aquel falso documental de las hordas celestes centrándose en cantar el día de su ascenso que la casa del presidente blanquiazul era poco menos que una whiskería (y qué fácil es a veces hacer feliz a un niño). Augusto reclinado en un sillón lloraba de la emoción, ebrio de euforia.

Hasta los enemigos le supieron a poco. Dejando de lado esos entes abstractos contra los que noquea más entenderlos que arremeter (Hacienda, la AFE, el Vecindario o hasta Francisco González), las verdaderas luchas épicas tuvieron a gente con nombre y apellidos. La primera con el coruñesirmo “Paquito” (como él aprobaría) Vázquez contra el que colisionó en un choque de titanes e iguales que aún no sé como no devino todo aquello en fabulosa estatua bélica al lado de la de María Pita. La segunda vino con la riña de guardería contra un rival menor e irrisorio como fue el director del periódico, demostrando con vergüenza para la prensa nacional que en ocasiones acusaciones de ebriedad garabateadas en los márgenes de un panfletillo guardan más calidad periodística que un diario de tirada autonómica.

En ese sueño de una noche de torneo de verano, quizás desayunando en un chalet cerca de Oleiros, frente a la playa, con el enésimo crack secuestrado en la tumbona de al lado, lo que imaginaba Lendoiro para el Deportivo no se podía explicar en una reunión de accionistas en Nochebuena ni cabía en los planos de Eisenman. Augusto quería encumbrarse, claro. Pero llevando al Deportivo con él. Aunque hubiera que engañar a unos cuantos brasucas de que esta ciudad tiene novecientos días de playa al año aun cuando ven que los únicos quince minutos al mes en los que escampa solo lo hace para coger aliento y llover más fuerte.

Salía en el televisor tiempo ha el expresidente merengue Fernando Martín “El breve” en una parodia deliciosa en la que cada vez que se giraba se le veían siete dagas clavadas en el lomo. Augusto no ha esperado tanto y tras la junta decidió que se largaba antes de que le hicieran el guiñol. Porque el de Corcubión siempre tuvo claro que desde que se hizo del Deportivo (quizás varios años después de entrar como presidente, cuando descubrió lo que realmente tenía entre manos) o cuando hizo al Deportivo hacerse de Lendoiro y con ello auparlo al tren del éxito, aquí se viene a ganar y si no, a que pierdan otros. Y evidentemente él no iba a perder.

Probablemente a Augusto haya que verlo con distancia, habrá que sentarse en frío a opinar sobre él cuando todo haya pasado y decidir si declararlo persona non grata o ponerle su nombre a una puerta. Llegará cuando estemos separando los restos del naufragio o recogiendo la cosecha. A Augusto que lo juzguen cuando muerto, como en Polonia, que solo le ponen estatuas a los que ya han fallecido y las únicas dos personas por las que lo han incumplido es por Juan Pablo II y por Josef Stalin. Será mejor así, no lo suban al caballo aún. Habrá que escudriñar a Augusto cuando apenas se le distinga, cuando sea un murmullo de lo que fue, sus obras y actos marchitos y sobre todo sus consecuencias. Habrá que hacer un balance de pérdidas sobre los ecos que nos deje. Que los habrá, que ya lo decía el chileno: a lo lejos alguien canta. Y cantará, ya lo verán. Y a ver si va a ser Jorge Mendes.

El rock’n’roll de las lerchas

En el combate a muerte por los cuartos de los coruñeses que se libró años ha entre las grandes superficies y las tiendas de barrio no está muy claro quien ganó. Para rebajar tensiones, a los márgenes del conflicto se quiso escoger un país neutral al que pintarle la cara (y quien dice pintar la cara dice pintar la fachada y tapar cuatro goteras) y este papel le tocó a los mercados municipales, reinventados con la noble intención de contentar a todos consiguiendo lo esperado, no satisfacer a nadie. Para ello y haciendo gala del dinamismo que necesitan estos tiempos y siempre en nombre de la progresía, algunos se dedicaron en cuerpo y alma a mover los puestos de cada plaza de una planta a otra como en un tetris maquiavélico mientras calculaban cuantos Bershkas podían meter en la ecuación sin que el edificio se viniera abajo.

Aquí en Elviña optaron por armar un sándwich a las hueverías-queserías con un hipermercado y un buffet asiático, así, sin lubricar. En el quincemilcuatro, que hay más guita, apostaron por mantener un núcleo al que le fueron escarchando capas de efnacs, estradivarius y vequios según se estuviera dando la cosecha de ese año o el IBEX35. Por aquella corrala vuelta del revés que era el mercado de la plaza de Lugo, con su verde musgo de los tejados casi patrocinado por Feiraco, no hubo cojones en toda María Pita a marear a las pescaderas.

Los de la banlieue solo las vemos por la tele. Cuando aparecen en antena entre silbatos y aturuxos, alguna tiene tantas tablas ante la cámara que da la impresión de no haber limpiado una lubina en su puta vida. Como cualquiera de esas chicas que sacan las canciones y parece que reciben a los extranjeros a la altura de Palavea con la cara pintada de cincuenta mil colores, las pescaderas también quieren –mamá– ser artistas.

En la víspera del crucial encuentro (que todos lo son), tiñendo de sangre una piel azul y blanca que firma Donato o Romero, le cuelan goles en fuera de juego a la cartera de los señoritos del barrio que no les caen bien, todos esos papás de santamaría y compañía que van a comprar las cigalitas a Rey Barona y paran en la carnicería a que les envuelvan un par de sanjacobos para los niños “que les encantan”.

No sé si les gusta el fútbol, si les importa un carajo la nueva normativa FIFA o el proceso concursal, testifican desde tiempos inmemoriales anuarios de victorias y naufragios con denominador común, el amor por la ciudad y sus gentes cuando se unen en esta suerte de orgullo entre costumbrista y obligado, ser del Deportivo ya sea por defecto o por exceso. La quintaesencia del coruñés de a pie que para a la salida de Riazor a los chavales y les dice “mira, ¿cómo quedó el partido?” y sigue andando sin esperar la respuesta.

Mucho caldo tienen que repartir en las cajas del Primark de Marineda para que se les quede todo este marketing. El día que armen la liga de fútbol indoor de pescaderas nos la llevamos de calle con Champions League y Golden Boy incluido (y evidentemente sin el trofeo al fair play). Y como al Iván Ferreiro se le ocurra volver a entrar para celebrarlo van a tener que repartirse los de seguridad, uno para decirle “¿no te puedes callar un poquito que estas señoras están trabajando?” y nueve para agarrar a la Gitana antes de que lo saque a patadas.

Si se les eriza el vello cuando salta Bichiño a calentar, si son naturales de Corcubión o Muros y si sacan el género bueno cuando vienen las amistades, eso al final da igual. También que no se vayan a quedar a ver como acaba todo. Se las quiere por lerchas, por cuando colorean el telediario de bocinazos, guarachas y nostalgias, de camisetas gastadas y guirnaldas, por meter al Deportivo hasta en la sopa aún con desgana, con ese sentimiento brigantino del que escucha los goles de espaldas al campo, impostando la sonrisa por la calle Barcelona, la Gaiteira, el Cantón Pequeño o la avenida Los Mallos sin tener ni idea de cómo vamos en la clasificación. Cuando las veo, veo aquellos años y aquellos tiempos que indefectiblemente cambian. Quizás ahora nos conformamos con menos porque estamos consiguiendo más. Últimamente entre gritos de lonja solo anuncian los mayos como quien festeja el último cumpleaños de un difunto. Señores, véanlo por el lado positivo. Aquellas primaveras no se escaparon en un furgón repleto de maletines. Se las llevó una caravana de hormigoneras.

La foto es de fotoscanon en Flickr.

El machete entre los dientes

A éste los veranos le cogen que no sabe si meter en la maleta la ropa de invierno o de verano, si las palas o las espinilleras, que si el paraguas o el bañador. Pero en Coruña aún no se había ni propuesto descongelar el refrigerador y el FIFA14 no bajó a comprarlo porque a Carlos Marchena estos pasatiempos modernos le parecen de niñatos de la sub-19, deseando que acabe el partido para sacarse una foto en la cabina del avión y meterla a Instagram. Y eso a él se la trae al pairo, o peor aún, lo devuelve a algún verano de Las Cabezas de San Juan, a una mesa de bar rezando porque llegue la fresca y tocar balón o espinilla, con unos naipes raídos en la mano y palillo entre los dientes, que si no fuera por el 35% de paro veríamos un retrato perfecto del lejano oeste y a Marchena en el papel de sheriff de permiso.

Y todo va en la sonrisa. En la sonrisa de hijo de meretriz. Olviden la dulzura, Marchena si abre la boca es para enseñar los dientes, casi como recurso literario de uno al que no le apetece hablar pues se sabe esclavo, en este país de portada y portería, de cada fonema. Sonrisa como vía de escape del que acaba de intentar quitarle una legaña al delantero con el codo y es más listo que aquel Juanma que levantaba los brazos con circense gesto infantil para decir que él no había empezado la riña. A éste le sobran escuelas y pasantías y ya lo único que se otorga cuando no quiere conceder ni una palabra (porque sabe que ninguna palabra podrá salvarlo) es cerrar esa sonrisa carente de todo tipo de empatía y poner un gesto serio, maduro, con tanta seguridad en sí mismo que a veces parece que el árbitro busca su mirada de aprobación para preguntarle intranquilo si puede continuar con el encuentro.

En esa sonrisa franca de Marchena se ahogaron mil naves y otras tantas rodillas. Arizmendi lo vigila desde una esquina del vestuario y aún se pregunta cómo no le descorchó la cabeza hace ocho años, que como pudo dar un golpe tan preciso y que todo siguiera en su sitio y precisamente por eso fue, quizás, que lo pillaron.

Tiene las gónadas peladas, no por coquetería si no porque hasta el pelo le saltó de la mala hostia. Tanto daño quiso hacer que hasta se convirtió en talismán cuando llevábamos años pensando que todas esas victorias ante San Marino o Malta eran porque Su Alteza Real se dejaba caer por el palco. Tanto daño quiere hacer el sevillano como tanto amor acaba provocando. Ahora que nos rasgamos las vestiduras con tanto seny, tanto savoir faire, fair play y demás bullshit del fútbol moderno, nos olvidamos de que el fútbol se inventó para saber cuál de los dos pueblos de mierda colindantes tenía a los habitantes con la chorra más larga. De esta estirpe de la bronca, de la pillería barata y del tocar los testículos ajenos con voluntad y premeditación (que románticamente salva un Diego Costa admirable en esta generación) nos parió con dolor el estado a este Carlos Marchena al que ves como clava la cabeza desde un córner en una carambola al gol y busca la mirada de todos los contrarios mientras vuelve a su campo a paso adagio y el público se extasía, gritándole y amándole a la vez, pues a los rivales a los que más se adora es a aquellos que ves que usan las cloacas de la cancha para colarse hasta la portería o para esconder los cadáveres, los que mandan callar, los que meten la pierna o la mano en el punto muerto de visión del árbitro. En la biografía que le escribirán a Iago Aspas se reconocerá que fue Marchena quien le tiró un besito desde el suelo y que veinte años más tarde en su ranchito de Moaña aún no podrá explicar cómo cayó en el embrujo.

Está ahora mismo conectando el deshumidificador, que aún no se ha hecho a estas latitudes y eso que viene por el jornal, por dar las gracias, porque si el Deportivo le buscaba cuando estaba en la élite, ahora siguió confiando en él, como quien se va con una exnovia gordita diez años más tarde porque se acuerda de lo bien que se movía en la cama y con esta decisión arriesgada logra pegarse los polvos de su vida. Viene por menos de lo que merece porque a Carlos Marchena, con tener un balón y la posibilidad de hacer el mal durante 90 minutos con él, el resto le da absolutamente igual.

Saltaba al campo ante el Alcorcón entre bufidos de una grada que más que el fútbol le gusta desconfiar. Otros aplaudían a rabiar y los titulares escupían a la mañana siguiente: “no se pasen, no le aplaudan de más”. Aplaudir de más, claro. Lo que había que hacer con Marchena es ir a buscarlo a la salida con un fajo de billetes y números de teléfono y decirle que esa noche ya tiene todo pagado desde la calle de la Torre hasta el puente del Pasaje, que vaya preparando hígado, nariz y pene y luego dejarle que te mire a los ojos con condescendencia de sheriff saliendo del Saloon, que maneja el machete como los indios a los que dispara, y te diga “mira chaval, a Noé le vas a enseñar tú lo que es la lluvia” y te firme un autógrafo en un billete de cien mientras no cierra la sonrisa ni a tiros.

“¿Tú y cuántos más, tolai?”