Fernando in the sky with diamonds

Lo más difícil no es saber lo qué escribir. Lo complicado desde que el primer egipcio manchó el primer papiro es saber cuando escribir. Uno no puede coger a lo loco y arrancar a espumarajos en la hoja vacía en cuanto el bullied que lleva dentro se rebela. Uno tiene que mirar por la ventana a ver qué tiempo hace y si éste no es propicio serenarse, toser, dar un paseo, regar las plantas, tropezar y volver a su asiento a ver si es buen momento, todo mientras el bolígrafo (pretérito teclado, acaso menos triste y táctil) aguanta tembloroso con la resaca adelantada de la ira que se espera que no venga. Que este sábado empieza todo otra vez.

Si el cinismo nos salva la edad adulta, si nos droga para que solo veamos nóminas y sitios para aparcar, si nos olvidamos del sofá raído que bautizó el verano en que devoramos calmantes como alimañas, fue tan solo porque a la vida hay que difuminarla para que no nos corten los bordes. Hace dos temporadas paseábamos en vidas así, sedantes, en la apatía que llega tras la violencia reincidente. Esperando el desastre encendiendo la Play para una nueva copa Konami; apagando cigarrillos en un plato de comida.

Hace dos temporadas vivíamos tan adormilados que veinte minutos después de que acabase el partido seguíamos en Riazor comiendo pipas y comentando lo buenos que eran Pink Floyd. Ni la calculadora sacábamos del hastío.

Aburridos de la cuesta abajo, de la muerte neuronal de tardes de martillos gigantes y mejores amigos que no existían, necesitábamos la magia y alguien la trajo, perdón, alguien trajo la excusa y con ella saltamos al campo recordando que estábamos jugando al fútbol.

Se esfumó pronto también, como deben hacerlo los mitos para no enquistarse, para que no nos aburran. Trajo la magia y la depositó lentamente en nuestras lenguas y nosotros la tragamos, como una oblea que es el mismo Dios. Luego volvimos a nuestras vidas y dejamos que el payaso se despidiese, sin caminos cruzados, sin nostalgia de exparejas.

El sábado empieza todo como cuando nos arrancaste de aquel sofá sin que nadie supiera quien te había dejado entrar al local. Antes que tú solo éramos cuatro amigos organizando una cena que jamás se celebraría. Echábamos a suertes quien se acercaría al supermercado a por cervezas and so on, and so on. Fernando, a menudo yo aún te sueño, sobre todo en esas noches de fichajes que no se cierran, sobre todo en esos empates de mierda y de costras de humo y salitre en las barbas de vuelta a casa. Te sueño aupado en un mar de hombros  gritando “¡al Athletic! ¡al Athletic!”, abofeteando nuestros letargos, desubicado e inmenso. Aunque pernoctes mil veces tras una bala de paja, desahuciado, loco, y te nieguen tres veces aquellos en los que confiaste, yo te creo y otros mil como yo me siguen, recordamos tus lecciones para esta nueva temporada y te vemos, te vemos siempre en nuestros mejores sueños ahora que es el momento, desnudo, sentimental, feliz, bañándote con calma en una bañera oxidada e imperial, hasta arriba de diamantes de primera.

Fernando Vázquez

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Atropella a alguien.

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