Carnaval

Empiezo a escribir esto tirado en el sofá de mi casa. A mi derecha, mi primo se ha quedado a ver el partido después de una comida bastante tardía. A mi izquierda mi padre sitúa un té al lado de un Jack Daniels y a su izquierda mi abuela atiende como Manuel Pablo salta al césped del Santiago Bernabeu en el año de su posible retirada. Le oigo decir “¿pero no es muy mayor?”. Mi abuela, que solo veía el fútbol para ir con el equipo contrario al que iba mi abuelo, siente pena cada vez que un portero comete un fallo. Antes de que saquen de centro desea en voz alta “a ver si con tanta presión no dan ni una”. Yo le doy un sorbo al cubata y le digo a mi padre que no firmo el empate. Mi padre sonríe. En estos dos sofás casi parecemos todos del mismo bando.

Pero allá en Riazor a veces es muy distinto.

A los anarquistas que corrían calle de la Torre arriba cuando a las fuerzas del régimen se les daba por cargar contra la irrealidad de los carnavales, la gente los jaleaba desde las ventanas. Eso escuché o eso quise escuchar. Tal vez todo sea mentira. Tal vez no sea cierto y los vecinos del barrio, de carnochos para arriba, no animasen a los anarquistas a correr y sí les exigieran con insolencia que esquivasen los palos como hacen los piperitos en el estadio desde sus tronos de plástico, siempre con ese halo amenazante de hacerse de otro equipo como si a alguien le fuese a importar lo más mínimo.

A veces quiero pensar que los murmullistas son como nosotros y solo llevan un disfraz para venderse al mundo, para paliar sus inseguridades con una proyección de condescendencia, de negación del fracaso, de ser más listos aún si cabe, condenados por el infortunio a presenciar o vivir las mismas miserias.

De noche, en la calle de la Barrera no cabe ni un alma. Los kilomberos están sonando y me pregunto si siguen estando en Pabellón Inferior porque ya va un tiempo que no les presto atención. Ya hace varios partidos que intentamos okupar algún asiento libre de la parte de arriba. Allí también existe un pequeño avispero de murmullistas; en los tres últimos partidos he tenido que preguntarle al desconocido de turno a quién cojones quería que animase o silbase para que estuviéramos todos de acuerdo. Los murmullistas resucitan las dos Españas en las gradas de Riazor con su ronroneo bovino y sus hierbas resabidas y en ocasiones ganan la partida.

Al salir de la Barrera me encuentro con Adrián y Tomás que están en un mejor estado que yo y balbuceo algo sobre los murmullistas. Noto como Adrián hace esfuerzos por entenderme pero yo no consigo explicarme. No recuerdo si  llevan disfraz al igual que no recuerdo que disfraz le toca ahora a los murmullistas.

Quiero pensar que debajo de las pipas también hay deportivismo, entre tanta amenaza, tanto discurso, tanta emboscada y tanta piel fina. Quiero pensar que no hay dos bandos de aficionados sino uno, solo que a veces algunos son tan débiles que no quieren hacer suyas las derrotas. Quiero pensar que se ponen esas máscaras para desdibujar lo feos que se ven. Quiero pensar que es algo temporal, casi climático. Fuera, la lluvia está mojando los disfraces más elaborados y quizás acabe por empapar también los cartones de los murmullistas.

Como reza la tradición el miércoles se acaba el carnaval. Volvemos a madrugar, nos vestimos de oficina. Imagino que Adrian volverá a ponerse traje y que a Tomás se le habrá pasado el cabreo. Imagino que, como en el sofá de mi casa, los tres somos del mismo bando. Mi abuela ha concluido “han jugado bastante bien, el próximo a ver si lo ganan”. Quiero pensar que sí y que estaremos todos juntos en la derrota o la victoria, sin disfraces, sin murmullos. Somerset Maugham decía que el amor es eso que les pasa a los hombres y mujeres que no se conocen entre ellos. Quiero pensar eso de nosotros, murmullistas, Riazor Blues, lendoiristas, kilomberos, piperitos, lacayos de Tino, violentos irredentos y deportivistas del palo. Que no nos conocemos del todo cuando llevamos el disfraz o la camiseta. Que lo que va a ser que nos pasa en realidad, discutiendo por comunicados como decía Augusto, es que estamos enamorados hasta las trancas.

https://i1.wp.com/imagenes.renr.es/resources/jpg/7/0/1393837845307.jpg(de La Opinión de A Coruña)

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