Silenciador

Es una brisa leve, casi imperceptible, la que me besa la frente. Me susurra su nombre, inhóspito, vulgar, y me acuerdo de la sucesión de cafés y pitillos en Abegondo, hace unos años, intentando descifrar a los chavales de Ramallo. Tenía entre ellos algunos amores pero, la verdad, ni a mí ni a ninguno de los allí presentes parecía importarnos una mierda el devenir de la cantera. La visión heladora de los fantasmas de tantos y tantos caídos nos impedía creer. Aun así, el olor a chungazo que emanaba del club nos llevaba a preguntarnos: y si estos flacuchos tienen que tomar las riendas? La era finalmente se descompuso y de sus escombros salen flores que, ahora sí, miramos con atención, pues de su belleza depende nuestro futuro. Una de ellas lleva por nombre Juan Carlos Real Ruiz, y es en estos momentos la que más ciego me pone.

Su influjo llevaba tiempo creciendo en mi cabeza. No sabía muy bien por qué, pero no quería perderlo, así que me acojoné cuando vi peligrar su continuidad en el equipo. Su nombre temblaba en el papel y parecía abocado a desaparecer, pero la llegada de Fernando Vázquez, el nuevo descenso y la Reconstrucción guevarista comandada por el técnico propiciaron un nuevo escenario en el que Juan Carlos es por fin protagonista. Bien en pretemporada, beneficiado por una confección de plantilla lenta que apilaba canteranos en el casting, todo el mundo vio que sí, que valía, que era futbolista del Deportivo. Empezaron a llegar refuerzos, varios de ellos ocupando plaza en tres cuartos de campo, con lo que el asunto se ponía feo para el chico. Yo, guiado por una intuición que me caía a plomo sobre la cabeza, dije desde el primer momento: Juan Carlos debe jugar. Sí, objeciones, obviamente, se pueden poner muchas, pero en agosto yo lo sentía. Ahora, transcurridas siete jornadas de liga, los canteranos son los putos amos del equipo. Con Culio, Cachicote y (disculpen) Arizmendi más bien diarreicos, son Domínguez, el Rubio e Ínsua quienes pilotan. Vázquez, inmerso en sus pausadas conjeturas, decidió tras palmar contra Murcia y Sporting que había que contar con un arma diferente cerca del área rival, un arma que no montase tanto escándalo y pensó, claro, que no era otra cosa que una pistola con silenciador. Suave, con esa elegancia como de humo, apareció Juan Carlos, mediapunta marroquí de hace años. Dos asistencias en otros tantos partidos, dos victorias, y yo sonrío por mi chorra, porque apareció por fin el chaval que me gusta, el socio que quiere Domínguez, el que estudia, no hace ruido y nos recuerda a aquel otro que también se callaba, y era fino pasador.

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3 pensamientos en “Silenciador

  1. Futbolista de tipo curioso, Juan Carlos. A veces parece tan técnico y a veces hasta torpe. Pero me gusta, ha ido cumpliendo mis expectativas a corto plazo. Ahora, a ganar jerarquía en la rotación. Tiene que ser especialmente útil en casa este año. Y le pega muy bien al balón, eso aún lo hemos visto poco.

Atropella a alguien.

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