Sueño Recurrente nº33

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El derbi de mis sueños se juega en un estadio de cemento. Por cada equipo forman unos treinta jugadores, pelotones deshechos que bailan un Libertango en cada córner. Por allí andan los de siempre: Catanha, Berges, Berenguel del Pino, Hélder, Placente. Jugadores con seis piernas, convertidos en cal, en playas de un metro cuadrado cuando encaran una rodilla cualquiera y al decir estadio de cemento no me refiero a un Cino e Lillo del Duca sino a una estructura brutal, amorfa hasta decir basta, mutante. Las tribunas son búnkeres en el Cinturón de Hierro, llenas de murmullos, y los fondos son tan planos que apenas se puede ver el desarrollo del partido. La grada chirría y, a veces, se da la vuelta como una atracción de feria.

Aúllo con desconocidos por los corredores oscuros mientras veo cómo vuela Claudio Barragán a lo lejos. Torreones, bloques de hormigón, sin cánticos. De repente soy el balón y me estampo contra el pecho de Dutruel. Se siguen sacando catorce córners por segundo. Algunos espectadores permanecen sentados, otros siempre de pie, otros merodean alrededor del rectángulo en procesión infinita. El sonido del larguero agita el corazón muerto, se agranda hasta ser el único sonido verdaderamente nítido sobre el campo. Un acierto se intuye, sólo nuestro. Sólo Donato hinchado de ketamina. No hay ida y vuelta posible pues aquí el Celta representa el papel de súcubo y poco más. El equipo gana holgado, puede que por cuatro, seis goles, y es curioso, porque las caras en la grada enseñan una mezcla de letanía y aturdimiento.

Llega el descanso y camino por una especie de minarete, vomito sobre la gravilla que cubre el suelo, ni frío ni calor, mucha luz, tampoco aire. Me asomo y compruebo que no hay nada allí abajo, tan sólo el mastodóntico estadio moviendo sus piezas. De qué va todo esto? Hay tanto lugar a esa pregunta como a una grieta en la losa. Clima negro, fuego en la piel, vuelve el murmullo de los locos y los ciegos.

Me despierto a las seis y media con resaca por el fútbol y su cena fantasmal de madrugada. Bebo un vaso de agua que no satisface, voy saliendo poco a poco, dejo un rastro: las caras de todos nosotros reflejadas en un mismo candelabro.

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