Adiós, Dani

Tarde o temprano tenía que llegar el día en el que ríos de lava salieran de la Plaza de Pontevedra en dirección a Riazor, vía tuiter. Se anunciaba un cierre de rebajas con ofertas aún más apetitosas para los buitres que aún vuelan en círculos sobre la depauperada carroña blanquiazul. Llegaba y se iba el suplente de Melgarejo, sonaba para volver el Mackay mal escrito y me dejabas, Dani, con un agujero en el pecho y el corazón sangrando a chorro.

Verás.
Yo fui portero. O he sido. O soy y seré, que ya empiezo a no controlar ni los tiempos verbales. No era especialmente torpe con los pies cuando me puse del otro lado, pero sí era pequeño y lo suficientemente hábil evitando goles. Era duro, sí, ejercer de último responsable cuando apenas llegas a los siete años. Me cayeron seis del Montañeros en mi debut antes de que Toshack nos prohibiera volver a catar el césped de la Torre. Empatamos. No puedo negar que muchos de esos domingos por la mañana utilicé la lluvia para camuflar la humedad en los ojos. Se aprende muy temprano que no hay espacio para juegos en las áreas, de ahí que solo intercambiemos miradas con los delanteros, iguales y opuestos.
Disfruté poco durante esos primeros años y, aunque la historia de cómo aprendí a divertirme es otra, creo que el hecho de que nadie me enseñara a hacerlo fue tan relevante como no encontrar un espejo en el que mirarme. No encontré a Dani Aranzubia que, con su pinta de yerno perfecto, encarna un estereotipo que se ajusta a lo que yo era de niño y, probablemente, siga siendo a día de hoy. Siempre de palabra equilibrada, incluso defendiendo lo que es suyo, profesional de etiqueta, como su técnica y su vestir. Se sabe afortunado aún en la desgracia, pasional en su frialdad, fue decisivo en la adversidad y tan discreto que ni siquiera su milagro en Almería consiguió ser nada más que una anécdota para jugadores de trivial. Siempre con tendencia al fallo grosero aún en su elegancia y tan escaso de ese puntito de maldad e indiferencia que muchas veces hace falta para imponerse. Sí, ahí está la clave. Lo cierto es que me veo admirándote en una vida paralela en la que nazco 15 años más tarde. Yo, que sólo guardo esquirlas de aquellos que fueron mis héroes. Me veo siendo feliz de espaldas a las redes tal y como se le puede ver a él bailando Samba(de) en cada entreno.
Se despide tras cinco años de montaña rusa que han parecido cinco lustros, que nos han visto caer para levantarnos de nuevo con un grito que sonó por unas horas a estertor final. Se nos va la vida sin gente como Dani, sin gente comprometida e ilusionada, pero calmada y honesta. Se nos va la vida hacia un caos de los asados y noches en llamas. Se me ponen encima diez años más viéndole irse a un Atleti que no hace tanto nos regalaba toneladas de gloria tras un descenso cáustico.

Pero qué difícil va a ser volver a creer sin ti.

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2 pensamientos en “Adiós, Dani

Atropella a alguien.

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