Going Under

La conocí cuando ganamos la Liga. Se me pegó tanto que me olvidé del triunfo. Todo era tan difuso como una cesión de Romero dentro del área. Me enamoré perdidamente mientras ella leía a Gioconda Belli y me daba a probar drogas telúricas. Yo correspondí dándole un poco de césped. La Copa de Europa nos embistió lanzándonos a un cielo rayado donde su pelo rojizo no desentonaba. Lo recuerdo bien. Walter Pandiani acababa los calentamientos probando su disparo al ritmo de la canción aquella de Evanescence, Luque trepanaba a Buffon, Salihamidzic azuzaba sin suerte a la grada del Olímpico de Munich buscando la remontada que no fue. Y nuestro amor crecía con el equipo y ella, nacida y criada en Vigo, succionaba las olas de la bahía como una loca. Aún no sé a qué clase de encantamiento somete Coruña. “Son los polímeros”, dice mi amigo ateo entre caladas.

El caso fue que abrazó la causa como una más, sorprendiéndome aunque en el fondo estuviese muy seguro de la potencia de mi láser. La canción incorporaba cada vez más tonos, diamantes, ruedas en llamas camino del Burgo, piedras negras. Se iba pareciendo cada vez más a un solo enloquecido como el del final de “Mary, Mary so Contrary”, abarcando agua, cigarrillos, sábanas frías, yo qué sé. Llegamos casi a lo más alto, aquella tarde lluviosa acompañados por Deco y por una amiga que luego se hizo del Celta pero que sigue enamorada del Deportivo. Ella lloró en aquel bar de Calvo Sotelo, y le saqué una foto. Empezó la cuesta abajo. Caparrós sucedió a Irureta y Lotina a Caparrós, y durante todos esos años pulverizamos registros drogadictos, nos insultamos en noches arrebatadas, mordisqueamos el cáncer, empatábamos a ceros todo el tiempo. La ciudad se nos caía encima y tal derrumbe activó un clic inesperado en su cabeza. Perdió el control tras el verano del descenso, no hacía pie en el azulejo de la realidad. Descenso. Paranoia. Brote psicótico. Cabeza blanda. Intenté agarrarla torpemente, ciego, rezando, egoista, pero ya nada valía, ni siquiera las palabras envenenadas tan efectivas un tiempo atrás. Me suplicó que abandonase para no caer, para no caer los dos en la penumbra de la habitación con los ojos desorbitados. Me suplicó que abandonase el paraíso y aquí estoy, un año y pico después, lejos, mirando un cartón de huevos frescos con una pegatina en la que sopla una niña rubia que me sume en una mierda infinita, íntimamente ligada al devenir de mi club, casi muerto pero todavía a latigazos con el mundo. Justo como nuestro amor, símil de aquella plegaria de Zitarrosa “nuestro amor está entero, sólo que se esconde, brilla de enero a enero, sabemos donde”.

Dicen que esto pasa sólo una vez en la vida, que ya nunca volverá a ser como antes y, aunque me resista a pensarlo, acojona ver lo sincronizados que van los pasos en esta historia. Supongo que estas cosas pasan, lo habréis leído ya en Fiebre en las gradas o en alguna revista, pero nunca pensé que pudiera ser el actor principal de algo así. Bajando las escaleras de mi edificio, echándole un ojo a mi llavero con el escudo, sobando el sofá destrozado, todo me lleva al mismo punto, incapaz de dejar atrás todo aquello. Subiendo y bajando. Sabiendo que aún respira.

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